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La Revolución, el socialismo y la hora de los hornos

Cuba no está agachando la cabeza ni le hace reverencias al nuevo momento, no… Lo hace porque la realidad nos impone cambios urgentes y necesarios para salvar nuestro proyecto de justicia social, que es también la imperiosa necesidad de dignificar a su pueblo

Autor:

Raciel Guanche Ledesma

 

Mientras escribo estas líneas aún detallo —con detenimiento y paciencia— cada una de las transformaciones económicas y sociales que fueron aprobadas el 18 de junio último, en la 3ra. sesión extraordinaria de la Asamblea Nacional del Poder Popular. Aún intento comprender todo su contenido, porque los cambios, cuando son con profundidad, te hacen releer hasta los pensamientos.

No soy economista, ciertamente, pero entiendo la dimensión del camino que hemos emprendido ahora que nos impone cambios urgentes y necesarios. Tampoco es secreto: estamos en presencia de un momento sin precedentes en los últimos 67 años y ante la encrucijada más profunda de la Revolución.

Salvarse o perecer, es esa la disyuntiva de estos tiempos ignotos, donde lo económico sigue siendo con más fuerza la piedra angular en la ecuación por desaparecernos. Como una muestra está el 2026, un año donde ya hemos sentido la sórdida acción del Gobierno estadounidense, promoviendo un genocidio por la vía energética, comercial y financiera contra Cuba.

Si bien el objetivo final, el de rendirnos por hambre y malestar, no lo han logrado; el peso del contexto sobre nuestra gente, sobre nuestra vida diaria y la economía, es plenamente visible y real. Lo sentimos en cada noche de apagón, en la mesa de la casa, en el bolsillo que se vacía cada vez más rápido.

Y no todo es culpa de la llave que estrangula, porque bajo estos escenarios de máxima presión tampoco hemos estado exentos de errores ni del fantasma oportunismo. Pero seamos francos ante la realidad cruda y dura que tenemos en frente… ¿Qué país puede «echar pa´lante» cuando tiene hoy casi toda la economía paralizada, ahogada entre sanciones externas, atada para comerciar con el mundo?

Digámoslo también con claridad, por qué no, vivimos un nuevo orden internacional que merece estudiarse en profundamente con urgencia, a partir de los sucesos del tres de enero en Venezuela y todo lo que ello desencadenó. Las relaciones económicas han cambiado en un mundo envuelto —indistintamente— en varios conflictos. ¿Significa esto que nos hemos quedado solos? Claro que no, incluso, las muestras de apoyo internacionales han sido en muchos casos firmes.

Sin embargo, que Cuba acceda a créditos, a mercados foráneos (incluso teniendo el dinero «en mano») o a ayudas, se torna, bajo los efectos de un bloqueo blindado y las amenazas, cada vez en extremo difícil. En la mayoría de los casos, durante estos seis meses del año, nos ha quedado claro cuáles son las reglas del juego desigual y perverso que impone la actual administración estadounidense a todo el que ose invertir o comerciar con Cuba.

Solo basta recordar que, de los más de 40 barcos de combustibles que debían haber entrado al país hasta la fecha, solo ha podido romper la línea roja del cerco energético un solo buque petrolero. Se dice fácil, pero lo sufre un pueblo entero ante los ojos impasibles del mundo.

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Entiendo que a Cuba le quedan entonces dos caminos: esperar que ese mundo tan convulso que se mueve a su alrededor —de alguna manera— cambie, o tomar la iniciativa para ir generando una realidad distinta a la actual. Con las trasformaciones económicas y sociales aprobadas, primero, por los miembros del Comité Central del Partido y luego por el Parlamento cubano, es evidente que apostamos al cambio soberano, a un nuevo escenario que abre más la diversificación, participación y ampliación de oportunidades en todos los ámbitos de la economía cubana.

Que será riesgoso: Sí. Pensar lo contrario sería directamente proporcional a engañarnos, porque hablamos de un momento duro, de una economía contraída y cercada, a la que debemos sumarle que pisará, junto a este pueblo, un terreno inédito en varios aspectos.

En medio del vendaval que vivimos, quizá en lo adelante el «cómo» sea lo más difícil. Sobre el papel están escritas líneas que transforman y redefinen el modelo de gestión de los actores económicos, las relaciones de propiedad, el sistema de planificación de la economía, el sector presupuestado, la autonomía municipal, el sector social, energético, agrícola y turístico, el sistema bancario, financiero y tributario, la inversión extranjera y comercio exterior… Sin dudas, aristas que transversalizan la vida y funcionamiento del país.

Pero ante cambios tan profundos, cómo lograr un alivio progresivo, cómo engranar el catalejo para no perder de vista que los sectores vulnerables se vuelvan aún más vulnerables, en un escenario donde, además, la concentración de la riqueza casi seguro aumentará.

«Peor hubiese sido quedarnos inmóviles en medio de las complejidades», me decía un amigo por estos días. Y aunque pueda tener mis reservas sobre ese criterio, coincido con él en que, nos guste o no compartamos a plenitud todas las cosas, algo debíamos hacer para salvar al país; y les corresponde al Partido, al Estado y al pueblo hacerlo, porque nadie —en lo absoluto— lo hará por nosotros.

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A una economía detenida no por voluntad propia, sino por las acciones genocidas de la principal potencia extranjera, le resulta hoy en extremo difícil generar, al menos, una parte las riquezas que necesita para mantener sectores tan estratégicos como conquistas históricas ganadas por la Revolución.

Ello propicia a su vez, como es lógico, un desgaste sistemático en el capital humano y simbólico del país. Si no existe otra salida, si no se buscan otras alternativas al momento: ¿Qué repartimos?, ¿Qué perspectivas podemos esperar?

Una sociedad superior con justicia social solo es posible sobre una base económica sólida, ha referido el Presidente cubano. Sin embargo, cómo lograrlo en la Cuba de hoy cuando, en estos meses, hemos visto empresas extranjeras retirándose o pausando sus actividades en el país debido a las órdenes ejecutivas del Gobierno estadounidense, por solo citar un ejemplo.

Es lógico que ahora una avalancha de opiniones –de todo tipo- navegue por las redes, en cada rincón, en cada hogar o en la esquina del barrio. Ninguna de estas trasformaciones nos es ajena, al menos conceptualmente, aun cuando generen dudas y también —digámoslo— determinadas contradicciones.

Vienen desde los Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución aprobados en el 6to. Congreso de la organización de vanguardia de la sociedad cubana; y más recientemente dentro del Programa de Gobierno Económico y Social 2026 discutido por el pueblo a finales del pasado año.

Ciertamente hoy algunas personas se preguntan si existe la capacidad de liderazgo, por ejemplo, a nivel empresarial o municipal para comprender y llevar adelante estas transformaciones. Hay lugares en los que sí, y capital humano e intelectual suficiente para impulsarlas de la mejor manera posible.

En aquellos que no, habrá que crearlas, como también el municipio debe hacer cumplir una política fiscal y tributaria sólida. De lo contrario, el alcance de estas trasformaciones será limitado. Ese es uno de los desafíos mayores de los tiempos que vienen durante su implementación.

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La historia es una aventura de constante ir y venir. La realidad supera muchas veces lo idóneo, y en ocasiones —aunque nos duela— debemos encontrar otras vías para alcanzar un mismo fin. Pero tampoco podemos romantizar la construcción del socialismo, esa sociedad justa que nos hemos empeñado en edificar con la Revolución, desafiando los gigantescos molinos del hegemonismo imperial.

Se apela ahora a otros derroteros, otros escenarios que, no por arte de magia, pensemos que resolverán todos nuestros problemas. Cuba no está agachando la cabeza ni le hace reverencias al nuevo momento, no… Lo hace para salvar nuestro proyecto de justicia social, que es también la imperiosa necesidad de dignificar a su pueblo.

Tal vez el inmovilismo hubiese sido el principal enemigo; pero en estas «horas de los hornos», no queda otro principio que edificar —martianamente—, con «todos los que tienen un pecho con que arremeter, y mente para ver de lejos, y manos con que ejecutar. Y sin recelos y sin exclusiones. Y sin olvido de lo verdadero y de lo justo. Y sin antipatías tenaces».

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