Lena Carla imparte clases en el área de ciencias a estudiantes de 5to. grado. Autor: Alien Fernández Martínez Publicado: 17/12/2025 | 12:52 am
SANCTI SPÍRITUS.— Todavía recuerdan entre risas cuando, prácticamente, la ciudad se puso de cabeza para complacer el anhelo de la pequeña de la casa. Una pizarra de cartón para enseñar, primero a las muñecas, y luego repasar los contenidos escolares, exigió de más de una carrera. Lena Carla Jiménez Pérez, juego a juego, cumplió su sueño: ser maestra.
«Lo deseé toda mi vida —cuenta y deja escapar una sonrisa que confirma la satisfacción—. Por eso, hoy estoy muy orgullosa por haberlo logrado porque ha implicado e implica mucho trabajo y sacrificios».
Tiene 19 años y desde hace solo tres meses ha convertido el aula del 5to. B de la institución educativa Serafín Sánchez Valdivia, de la urbe del Yayabo, en su templo.
«Mientras hacía las prácticas preprofesionales siempre solicité hacerlas aquí porque en este centro estudié 5to. y 6to. grados. De mis maestras aprendí el amor por esta profesión. Por eso, sé que ellas se sienten orgullosas de verme frente a un aula».
Cada paso por las diferentes enseñanzas fue un goce. Mas al hablar se detiene en la escuela pedagógica Rafael María de Mendive, de Sancti Spíritus. Desde su primer día allí, ella confirmó que andaba por el camino correcto.
«Fueron cuatro años maravillosos. Aunque me prepararon para impartir todas las asignaturas, conocí a un profesor que me hizo enamorarme de la Matemática. Hoy apuesto por que mis estudiantes sientan ese mismo sentimiento hacia los números porque, en ocasiones, sienten rechazo, temen, expresan que no les gusta».
Cuentan que Lena Carla sonríe mientras la pizarra se convierte en el sostén de las largas combinadas. Su compañera, la experimentada maestra Ivis Simón, disfruta de sus clases. Todavía habla con admiración de cómo la jovencita, mientras ella padeció chikungunya, llegaba antes de la siete de la mañana para revisar las libretas, incluso alumbrada por la luz del celular, para que el trabajo de ambas no se acumulara.
Foto: Alien Fernández Martínez.
«Siento que tengo mucho apoyo y confianza. Mis padres jamás me cuestionaron mi decisión de ser maestra. Mi compañera es mi guía certera y mis niños, mi orgullo».
En el aula son más de 30 preadolescentes con inquietudes y comportamientos diversos. Lena Carla los conoce hasta con los ojos cerrados. Han logrado forjar una familia.
«No podemos traer los problemas de la casa al aula. Ellos, por ejemplo, muestran sueño por los largos apagones o expresan preocupaciones que repiten como patrón de sus entornos. Entonces, mi lema es que llegar aquí es como estar en otro mundo, desconectar de la vida actual. Con una sonrisa de bienvenida se motivan. Igualmente sucede con la utilización de muchos medios de enseñanza, y a los alumnos hay que dejarlos hablar para que se escuchen entre ellos. Además, he logrado que sientan confianza en mí y me digan sus preocupaciones.
«En un aula se transpira el ambiente que tú como adulto inspires. Los alumnos saben que todo tiene que ser recíproco. Si yo soy despierta, alegre, ellos tienen que serlo conmigo. Es un método que me funciona. Incluso, cuando se portan mal, mi sonrisa no puede faltar».
No es una fórmula exacta. Todos los días son de nuevos aprendizajes, sobre todo en el vínculo con las familias. Lena alterna la autopreparación con las responsabilidades que se le exigen por estudiar el primer año de la Licenciatura en Educación Primaria en la Universidad de Sancti Spíritus José Martí.
«Me imagino que muchos padres pegaron el grito en el cielo cuando supieron que a sus niños les daría clases del área de ciencias una muchachita de 19 años. En el imaginario colectivo no es secreto que se cree que los jóvenes no somos buenos maestros y hay muchos ejemplos que demuestran cuán equivocados se está.
«Lo importante es la vocación. Por eso, siempre se lo digo a quienes me rodean: si amas enseñar no duden en ejercer esta profesión. No escuchen los comentarios negativos sobre la educación, que si no alcanza el salario, que si los niños hoy día son muy indisciplinados, que las familias no apoyan… Los estudiantes se educan más allá de pararse frente a ellos. Son como una plastilina que tomas en las manos y moldeas poco a poco. No hay nada más satisfactorio que verlos como una semillita que un día crece, florece y llega a ser un frondoso árbol».
—¿Es ese tu concepto del magisterio?
—Sin esa profesión no existen las demás. Todo parte de lo que se aprende en las primeras edades, siempre en diálogo familia-escuela. A veces pienso que no somos muchos jóvenes en el magisterio porque esta labor implica muchos sacrificios y no siempre se valora en su justa medida.
«Pero cuando se está enamorado todo se disfruta. De ahí que no se trata de complacer a familias, estadísticas o para salir del paso, para ser maestra hay que amar la profesión».
—¿Cómo se ve Lena Carla cuando mira hacia delante?
—Quiero seguir superándome. Aspiro a cursar una maestría y un doctorado en Ciencias y, claro, seguiré aquí en mi escuela Serafín Sánchez. Falta bastante tiempo, pero en el aula me jubilo.
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