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El último café del bandido

Tras 15 años, 131 partidos y una Bota de Oro, James Rodríguez cuelga para siempre la camiseta de Colombia

Autor:

Ruben Darío García Caballero

 

El bandido se sentó a tomar su último café. No hubo estruendo ni balacera, apenas el silencio de un video de tres minutos y treinta y cinco segundos publicado un día de septiembre. James David Rodríguez Rubio, el hombre que un día hizo temblar al mundo con una volea imposible, anunció su retiro de la selección colombiana a los 35 años. «Llegó el momento. Gracias por cada partido, cada alegría, cada lágrima y cada sueño compartido», dijo, con la voz quebrada de quien sabe que deja atrás algo más que una camiseta. Se va como el futbolista con más partidos en la historia de la Tricolor —131, empatado con David Ospina—, como el máximo asistidor (43) y como el segundo goleador (31), a cinco de Falcao.

Hay que retroceder a Brasil 2014, a aquellos días entre samba, bailes y GTA V, para entender al bandido. Colombia volvía a un Mundial después de dieciséis años de ausencia, y la lesión de Falcao dejaba el liderazgo en manos de un muchacho de Cúcuta que brillaba en el Mónaco. James tomó el equipo al hombro como quien carga un costal de café: con esfuerzo, con orgullo, con una naturalidad que desarmaba. Marcó en los cinco partidos que disputó —Grecia, Costa de Marfil, Japón, Uruguay y Brasil—, seis goles en total. Su gol ante Uruguay, esa volea desde fuera del área que bajó con el pecho y explotó contra el palo antes de entrar, fue elegido el mejor del torneo y recibió el Premio Puskás. Colombia alcanzó los cuartos de final, su techo histórico, y James se llevó la Bota de Oro. Parecía el inicio de una dinastía. Mas no lo fue.

Lo que vino después fue un bandido perseguido por sus propios fantasmas. Las lesiones, ese enemigo silencioso, se ensañaron con él como una maldición bíblica. En Rusia 2018 llegó entre dudas, brilló a ratos —dos asistencias ante Polonia en la goleada 3-0— y se marchó antes de tiempo por una molestia física. La Copa América 2019 lo vio desde la tribuna, ausente por decisión de Reinaldo Rueda, quien argumentó que no estaba en condiciones. «No recibir la confianza del cuerpo técnico rompe con todo y me genera enorme dolor», confesó después James, un hombre que había dicho que había «dejado hasta la vida» por esa camiseta. El bandido, acostumbrado a sacar su prime en la selección cuando los clubes le daban la espalda, se encontró esta vez sin refugio.

Pero el bandido siempre vuelve. Y volvió en la Copa América 2024, con 33 años y un contrato en São Paulo que pocos miraban. Néstor Lorenzo le tendió la mano, James se preparó como un novicio y el resultado fue una reivindicación en Technicolor: seis asistencias —récord histórico del torneo, superando las cinco de Messi en 2021—, un gol, y el Balón de Oro al mejor jugador de la competición. Colombia llegó a la final ante Argentina, cayó 1-0 con gol de Lautaro Martínez en el tiempo suplementario, y se quedó a un paso de la gloria. Pero James, el hombre que había estado en el ostracismo, volvió a ser el faro. Y aunque no llegó a llover en Miami, el café, esa vez, supo a victoria moral.

El Mundial 2026 fue su último baile, y los bailes finales nunca son como uno los sueña. Colombia avanzó hasta los octavos de final, donde se enfrentó a Suiza en Vancouver. James jugó 65 minutos, los últimos de su vida con la amarilla. El partido terminó 0-0 y se fue a penales. Colombia perdió. James no marcó ni asistió en cinco partidos y se le vio mermado físicamente, un bandido con la pólvora mojada y el caballo cansado. Días después, el Atlético Nacional de Medellín lo anunciaba como su nuevo jugador, su noveno club en seis años. El regreso a casa olía a despedida.

El bandido terminó su café. Dejó la taza sobre la mesa, se ajustó el sombrero y se marchó sin hacer ruido. Quedan los números —131 partidos, 31 goles, 43 asistencias—, queda la Bota de Oro, queda el Puskás, queda el Balón de Oro de la Copa América. Queda, sobre todo, la memoria de una zurda que un día hizo soñar a un país entero. Colombia se queda sin su 10, sin su capitán, sin el hombre que siempre sacaba su prime cuando la camiseta amarilla pesaba más que cualquier otra. El bandido se fue. Y el café, por estos días, sabe un poco más amargo.

 

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