El joven atleta mexicano Randall Willars Valdez es campeón mundial en plataforma Autor: Redes Publicado: 05/08/2026 | 11:29 am
Aun cuando se niegue o no se le quiera ver, el deporte es arte. Muchas veces este concepto ha permanecido en las llamadas bellas artes: la música, la pintura, la literatura, la escultura y todas las demás que se conocen.
Por lo tanto, ese mundo de músculos, sudores y esfuerzos y hasta de rudezas, ha terminado por verse muy alejado de lo que tradicionalmente se entiende por lo artístico.
Sin embargo, en ocasiones hay que ir a las esencias de los conceptos, a su naturaleza más auténtica y profunda, para ubicar en la mente lo que la propia realidad demuestra.
Porque si lo fuéramos a tomar en su definición primera, entonces cuando habláramos de arte estaríamos ante esa actividad donde las habilidades humanas se llevan a su máximo posible.
El resultado de ese esfuerzo es lo inaudito, la maestría, el asombro. En muchos casos, se podría decir que el acercamiento a la perfección. Pero el asunto no queda solo ahí. El asunto va a la singularidad de las personas. Lo que uno tiene y que otros no poseen o no están dispuestos a desarrollar.
Si lo fuéramos a mirar por el lado de los entrenadores, entonces el tema camina por una complejidad mayor. Porque ahí están los maestros: los que tienen la capacidad para percibir lo que otros no ven y sacarlo a la luz
Luego viene esa práctica constante, callada, dura y donde se termina por transitar en la búsqueda de tus carencias para enfrentarte a ellas, comprenderlas primero para luego superarlas o intentarlo.
Se dice muy fácil, y no lo es. ¿Cuánto tiempo le lleva a un pintor encontrarse con los trazos y el concepto de un cuadro? ¿Cuántas horas debe ensayar un pianista o una concertista para lograr esas melodías que arrancan aplausos en los teatros o que nos estremecen y nos pone a pensar en lo que somos?
Algo de eso decía la nadadora cubana Andrea Becali, cuando al final de su actuación en los actuales Centroamericanos reconocía un camino que debía recorrer para terminar donde ella sentía que podía llegar. La joven lo codificaba en unas palabras, que es la base para ese propósito: «He aprendido a escuchar a mi cuerpo».
En el acto creativo, ¿cuántos transitan por esa búsqueda interior que termina en un guion de cine, un buen cuento o novela o los acordes al piano de un Richard Clayderman o un Frank Fernández?
Pero en el deporte, la concreción de esa maestría, que tanto lleva por dentro, se aprecia en la propia actuación. Los ejemplos son muchos, aunque pondremos uno solo: el joven atleta mexicano Randal Willars Valdez.
Willars es campeón mundial en plataforma. De estatura mediana, tiene un cuerpo que parece de cemento armado. En un trampolín de diez metros de altura, el joven llega impasible, acomoda la toalla en el piso para no resbalar.
Luego viene lo grande. En unos movimientos bien calmados, que ocultan el acto de concentración mental, Willars apoya las manos en el piso y, con suavidad, se para de cabeza. No hay prisa, no hay temblores. Es una máquina que funciona con una serenidad extrema y cuyo resultado final es una figura bien alineada, recta. Entonces ocurre. Con unos gestos suaves, Willars se proyecta de espaldas, da tres vueltas y medias de costado, sin torcerse, sin perder alineación alguna, para finalmente sumergirse con una elegancia que hace que el agua de la piscina se abra en un murmullo de idilios. Luego vienen las ovaciones, las calificaciones máximas de los jueces; pero lo que queda en lo más íntimo es esa admiración callada por un acto que nos pone a pensar en qué somos realmente nosotros, los humanos. Y si eso no es arte, por favor: pues que venga Dios y nos diga qué es.
