Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

La lluvia

A los visitantes de pronto les llegó el mismo frescor de hojas nuevas que habían dejado en Cuba y la primera claridad les mostró lo que no imaginaron ver

Autor:

Luis Raúl Vázquez Muñoz

El avión atravesó una cortina de nubes grises y con el impulso de un caballo feliz se deslizó por toda la pista del aeropuerto internacional de Las Américas. Eran las tres de la madrugada del jueves 23 de julio, y desde las ventanillas, a medida que se descendía de los 4 000 pies de altura, los pasajeros trataban de divisar su destino final: la noble ciudad de Santo Domingo de Guzmán, la capital de República Dominicana y el primer gran asentamiento creado por Cristóbal Colón en las Américas.

En el avión viajaban los atletas de los equipos de Cuba en las disciplinas de vela, voleybal y una parte de los competidores del atletismo a los XXV Juegos Centroamericanos y del Caribe. Muchos llegaban por primera vez al país y puede que muchos, en medio de la tranquilidad de sus gestos a la hora de recoger el equipaje y chequear la llegada, se hicieran la pregunta natural del día: ¿cómo era la ciudad?

Desde el aire, apenas habían podido divisar algo. Había sido un viaje de noche y sin estrellas, que se reforzó con una cortina de nubes grises a mitad de vuelo, cargadas de lluvias, que resplandecían a los destellos del avión.

Solo cuando se percibió el temblor de la cabina y se escucharon los ruidos de los alerones, desde las butacas se supo que comenzaba el descenso y desde lo alto se empezó a divisar un bosque denso, gris, con unas líneas brillantes que lo atravesaban en varias direcciones, como si fueran las venas de aquella selva salvaje que maravilló a los españoles a su llegada en 1492.

A esa hora de la madrugada, desde el aire, Santo Domingo parecía eso: un bosque interminable de líneas brillantes que flotaba tranquilamente en medio de un vacío negro, que no hacía más que reforzar una pregunta: ¿cómo era ella en verdad?

La interrogante se mantuvo a lo largo de las próximas horas, primero cuando se avanzaba en las colas del aeropuerto y luego cuando los ómnibus transitaron por una ciudad dormida que apenas se dejaba ver en la noche y por los cristales oscuros de las ventanillas.

Sin embargo, había motivos para las preguntas. Ella era la primera ciudad de las Américas, la primera que había levantado una catedral, la primera en tener un palacio de virreyes mandado a construir por el rey Fernando el Católico en persona para Diego Colón, el hijo de Cristóbal Colón. Esa era la ciudad donde se ha había construido la primera gran fortaleza del Nuevo Mundo, un castillo que parecía sacado de una meseta castellana para ser colocado por una mano gigante en medio de las selvas infinitas del trópico y en las riberas grandes del río Ozama con el mar Caribe.

Esa era la ciudad del gobernador Nicolás de Ovando, el férreo enviado de los Reyes Católicos al Nuevo Mundo y ese era también el recinto que padeció la toma del pirata Francis Drake en 1586 o el mismo que rechazó la invasión inglesa. Todo eso y mucho más era Santo Domingo, la urbe colmada de leyendas y misterios, que siglos después rechazó una flota inglesa que se lanzó a ocuparla con la intención manifiesta de tomar después la isla completa de La Española.

Sin embargo la ciudad no aparecía. No se dejaba ver, hasta que olvidados de la hora, a los visitantes de pronto les llegó el mismo frescor de hojas nuevas que habían dejado en Cuba y la primera claridad les mostró lo que no imaginaron ver: el mismo cielo azul marino, los mismos laureles, las mismas palmas, la misma humedad del verano, los mismos resplandores, los mismos cantos de pájaros y unos flamboyenes idénticos a los que habían dejado en su tierra, llenos de flores rojas que a esa hora de la mañana se abrieron bajo una lluvia fina y densa, en una señal de bienvenida callada y firme. Y esa era la primera señal que mostraba Santo Domingo a los visitantes de estos Juegos Centroamericanos. Su señal de amistad.

 

 

 

 

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