Marcelo Bielsa renunció al banquillo de Uruguay después de una fase de grupos desastrosa para la garra charrúa. Autor: AP Publicado: 02/07/2026 | 01:28 pm
La Copa del Mundo 2026 está escribiendo su historia con tinta de sangre y lágrimas. No solo en el césped, donde los jugadores dejan la vida en cada jugada, sino también en los banquillos. Siete entrenadores han sido devorados por el monstruo de la eliminación. Una cifra que convierte este torneo en un cementerio de proyectos y en el mayor carnicero de técnicos de la historia reciente del fútbol. Cada pitido final ha significado, para algunos, no solo la despedida del torneo, sino también el fin de una era.
El primero en caer fue el más fulminante. Sabri Lamouchi apenas tuvo tiempo de instalarse en el banquillo de Túnez. Un solo partido, una humillante goleada por 5-1 a manos de Suecia el 15 de junio, y la Federación tunecina desenfundó su guillotina con una rapidez que dejó boquiabiertos a propios y extraños. Su sustituto, Hervé Renard, tampoco pudo enderezar el rumbo y las Águilas de Cartago se despidieron sin gloria. La danza de los banquillos acababa de comenzar, y el Mundial, caprichoso, ya había cobrado su primera víctima.
El 28 de junio, un día después de que se cerrara la fase de grupos, la guillotina volvió a caer dos veces más. Hong Myung-Bo presentó su renuncia en Corea del Sur tras quedar eliminados en el Grupo A, por detrás de México y Sudáfrica. Sus Guerreros de Taeguk, que soñaban con dar la campanada, se marcharon con solo tres puntos en el bolsillo. Apenas unas horas después, Steve Clarke anunció su dimisión como técnico del Ejército Tartán de Escocia. Siete años al frente del combinado escocés, una sola victoria en el torneo (contra Haití), y dos derrotas ante Marruecos y Brasil. Suficiente para que el banquillo se quedara vacío y la nación empezara a buscar a un nuevo salvador.
Al día siguiente, el 29 de junio, Miroslav Koubek cerró su etapa al frente de la República Checa. Su equipo, que regresaba a un Mundial después de dos décadas de ausencia, se marchó sin haber conocido la victoria. Un solo punto de nueve posibles y el último puesto del Grupo A sellaron su sentencia. La Federación checa aceptó la salida del técnico de mutuo acuerdo, consciente de que el sueño del regreso se había convertido en la pesadilla más absoluta.
Pero la guillotina no se detuvo. El 1ro. de julio, el argentino Marcelo Bielsa anunció su despedida de la selección de Uruguay. La Celeste, que llegaba al Mundial con la ilusión de un pueblo y la genialidad de un estratega visionario, se estrelló en la fase de grupos. Tercer puesto del Grupo H con solo dos puntos, una eliminación imprevista que Bielsa calificó como una «frustración muy grande». El técnico argentino admitió que su gestión no fue suficiente y asumió toda la responsabilidad, aunque subrayó que tanto el cuerpo técnico como la plantilla hicieron «lo máximo». Horas más tarde, el neerlandés Ronald Koeman informó a la Federación de Países Bajos que no renovaría su contrato, tras la eliminación de esa nación en los dieciseisavos de final a manos de Marruecos en los penales.
El séptimo, y por ahora el último, fue Sebastián Beccacece. El técnico argentino, que había devuelto la ilusión a Ecuador con su estilo audaz y su discurso motivador, se desvinculó de la Tri tras la derrota por 2-0 ante México en los dieciseisavos de final. Beccacece se convirtió en la séptima víctima del torneo, uniéndose a una lista que ya es demasiado larga.
El balance final antes de encarar la ronda de los mejores 16 equipos del Mundial es demoledor: el torneo norteamericano se ha convertido en el mayor devorador de banquillos de la historia reciente. Desde la destitución más fulminante (Lamouchi, un solo partido) hasta las renuncias más dolorosas (Bielsa y Koeman, dos pesos pesados del fútbol mundial). Cada eliminación ha dejado un banquillo vacío y un proyecto roto. Cada técnico caído es la metáfora de un sueño que no pudo ser.
El Mundial 2026 seguirá su curso, con los octavos de final a la vuelta de la esquina. Pero la ola de despidos ya ha dejado su huella imborrable en la historia del torneo. Porque en el fútbol, a veces, los perdedores también dejan su nombre escrito en la memoria. Y estos siete entrenadores, con sus fracasos y sus despedidas, ya forman parte de la leyenda. Una leyenda que, como todas, tiene su precio. Y el precio, en este caso, ha sido el puesto de trabajo de siete hombres que soñaron con la gloria y encontraron la guillotina.
