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Corona culé con dedicatoria al cielo

Con dos goles en apenas 20 minutos el Barcelona sentenció el clásico para levantar al cielo de Cataluña un nuevo título liguero

Autor:

Por Rubén Darío García Caballero

No era un domingo más en la ciudad condal. Era el domingo de hacer historia, y de por primera vez en la historia levantar el trofeo de campeones de liga delante de los ojos de su máximo rival. Los goles de Marcus Rashford y Ferrán Torres, en apenas nueve minutos de la primera parte, desataron la fiesta en el Camp Nou y dieron al club su título 29 de liga, el segundo consecutivo bajo la batuta de Hansi Flick. Un triunfo incontestable que, sin embargo, tuvo un sabor agridulce para el técnico alemán.

Porque el destino, caprichoso, le tenía reservada a Flick la prueba más dura. Apenas unas horas antes de la gesta, el entrenador recibió la noticia del fallecimiento de su padre. Lejos de derrumbarse, el equipo encontró en el dolor una motivación extra y se conjuró para dedicarle la victoria al cielo. Las palabras de su futbolista más talentoso, Pedri, resumieron el sentir del vestuario: una corona ganada en la tierra, pero con una dedicatoria muy especial para el que ya no está. El momento no solo humaniza el éxito, sino que engrandece una gesta que ya forma parte del acervo popular del barcelonismo.

Fue el broche de oro a una temporada mágica a nivel nacional. Más allá de la impactante dimensión humana del título, el Barcelona de Flick ha desplegado un fútbol de altos quilates que lo ha convertido en un justo vencedor. Llegó a este Clásico como líder destacado y supo noquear a su rival por la vía rápida, confirmando el abismo que separa a ambos proyectos. Con un estilo reconocible y una contundencia pasmosa, selló el alirón frente a su eterno enemigo. Semejante superioridad no solo premia el presente, sino que alimenta la ambición de un grupo que aspira a cerrar la temporada rozando los cien puntos, una cifra que ni siquiera el Barça de Pep Guardiola o el de Luis Enrique lograron alcanzar y que convertiría esta 29na. Liga en una de las más dominantes de su historia.

Un pilar fundamental de este éxito ha sido la imparable progresión de una de sus mayores joyas: Lamine Yamal. Con solo 18 años recién cumplidos, el canterano ha vuelto a dinamitar otro puñado de récords de precocidad. En el plano personal, y a pesar de arrastrar molestias físicas en algunos tramos del curso, cierra la Liga con 16 goles y 11 asistencias, unas cifras de figura mundial que han sido vitales para sobreponerse al bajón de rendimiento de otros atacantes.

Y al caer la noche, cuando el árbitro decretó el final sin tiempo añadido como guiño definitivo al campeón, Barcelona detuvo el tiempo. La explosión de júbilo en el césped fue solo el preludio de una rúa que tiñó de azulgrana el centro de la ciudad. Miles de almas, en una celebración que se vivió como una liberación colectiva, recordaron que los escudos no ganan partidos, pero volvieron a hacer eterna su leyenda. El fútbol, ese juego de pasiones irracionales, hizo del dolor deportivo de un entrenador y la ilusión de una afición la mezcla perfecta para un nuevo reinado: el de una corona que esta vez supo, inevitablemente, a esa eternidad que solo se encuentra cuando se mira al cielo.

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