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Historias de Rebeldes

A lo largo de su vida, Fidel Castro vivió sus cumpleaños en medio de la acción revolucionaria: expedición en Cayo Confites, fundación de un movimiento y artículos en El Acusador, prisión, exilio y preparativos del Granma...

Autor:

Daily Sánchez Lemus

No ha sido dado a celebraciones personales, pero, desde que triunfó la Revolución, ha sido el 13 de agosto una fecha de festejo colectivo entre quienes lo queremos, como decía el Indio Naborí, más por cosa de cumplesueños que por cumpleaños.

Desde muy joven había tenido onomásticos en medio de sus luchas. En 1947 cumple sus 21 años en Cayo Confites, preparándose en una expedición internacionalista para liberar a República Dominicana del dictador Trujillo. Poco después de su cumpleaños 25, fallecería el líder de la ortodoxia, Eduardo Chibás, el 16 de agosto de 1951, y ello sería una conmoción para él y un giro definitivo en sus luchas.

Y es que ya al año siguiente, por esas mismas fechas estaría fundando un movimiento revolucionario e inmerso en los preparativos de la edición especial del periódico clandestino El Acusador, que rendiría especial tributo a Chibás y en el cual él publica dos artículos Yo acuso y Recuento Crítico del PPC, bajo el seudónimo de Alejandro.

Era entonces 1952 y desde el 10 de marzo Cuba vivía la dictadura de Fulgencio Batista. Ya para entonces Fidel estaba convencido de que se habían cerrado las puertas de la lucha cívica en Cuba y que habría que iniciar una etapa insurreccional.

Le sucederían entonces muchos cumpleaños en combate: el número 27, ya preso tras las acciones del 26 de julio de 1953; el 28, en el Reclusorio Nacional para Hombres en Isla de Pinos, por esa misma causa; y el número 29 en el exilio en México, tras ser liberado junto a sus compañeros el 15 de mayo de 1955 por la presión popular para lograr la amnistía, y el cumpleaños 30 en los preparativos de la expedición del Granma.

Ya en la lucha de la Sierra Maestra, en 1958, el cumpleaños 32 tuvo un matiz diferente: hacía muy pocos días que se había vencido la Ofensiva de la tiranía batistiana sobre el Primer Frente, y la guerra había tomado un curso definitivo de victorias para los rebeldes.

El combatiente Francisco Escalona Martínez narró para Verde Olivo en el año 1990 el recuerdo de ese 13 de agosto: «Celia nos reúne a todos los que estamos en la casa de Bismark, en Las Vegas de Jibacoa, donde acampa con frecuencia la Comandancia General del Ejército Rebelde. Somos unos cuantos entre ayudantes, transeúntes y habitantes permanentes. En voz baja nos dice que tiene preparada una sorpresa para el Comandante, y necesita que estemos atentos y presentes cuando él se despierte. Su dinamismo nos asombra ­siempre, y en este momento tratamos de adivinar, en las miradas que intercambiamos, todo lo que hay de secreto en la sorpresa anunciada.

[…] Celia vigila el sueño del Comandante. Está impaciente y ansiosa porque se despierte, pero a la vez cuida porque no se haga ruido o alguien hable demasiado alto. Cuando cree conveniente o tal vez notando la expectativa despertada en nosotros, se nos acerca de nuevo y nos explica:

—Hoy es el cumpleaños de Fidel y tenemos que alegrarlo celebrándolo.

Hace una seña de que esperemos y se dirige hacia otra parte de la casa. Luego regresa con dos cajas de cartón. En la cocina abre las cajas. En la grande aparece un hermoso cake adornado con abundante merengue y de la pequeña extrae velitas que va colocando.

Ya el asombro está expresado en el brillo de todos los ojos. A la vista de tan apetitoso manjar nuestras glándulas salivales se reactivan, las tripas se alborotan. Nos tocamos en los ­hombros unos a otros y señalamos hacia la caja grande estirando los ­labios y enarcando las cejas. Nos hemos transformado en muchachos golosos.

—¡Un cake…!

—¡Con velitas…!

—¡En plena Sierra…!

Y Celia mandando a callar. Se pone en movimiento hacia donde duerme el Comandante. Sus pasos son suaves y silenciosos, amortiguados por las blancas alpargatas que calza y que contrastan con su uniforme verde olivo.

Estamos como hipnotizados, haciéndonos la boca agua y tratando de adivinar sabores.

Celia se demora unos segundos y regresa agitada.

—¡Ahora, vamos pronto…!

Comenzamos a encender las velitas. Sin esperar a que estén todas prendidas, Celia toma el cake con ambas manos. Todavía se detiene un segundo más para decirnos lo que vamos a cantar. Antes de llegar a la puerta del cuarto hace una parada y mira hacia atrás para ver si todos la seguimos. Penetramos, y ella es la primera que rompe a cantar en voz baja. Nosotros la imitamos elevando las ­voces para inundar de alegría el cuarto del Comandante.

Los aplausos, la risa, el júbilo. El Comandante se sienta en la cama sin dejar de mirar el cake. Se pasa una mano por la cabeza, se toca la barba; y riendo como un muchacho grande, emocionado, exclama:

—¡Oye…! ¿Pero yo cumplo tantos años…?

Su entusiasmo es notable, familiar, hace pensar que experimenta la misma ansiedad de nosotros ante el cake. No es extraño, el estado general de desnutrición en la vida guerrillera crea un anhelo perenne por el dulce y posiblemente él sea quien más haya sufrido su carencia. Ahora su alegría es contagiosa y nos lleva a la conclusión de que vale la pena cualquier sacrificio para disfrutarla. Lo observamos bien, sigue sentado en la cama y se inclina para ­soplar las velitas. Hace un comentario desconfiado, como vislumbrando una broma, y sin dejar de reír, cuenta las velitas hasta cerciorarse que no hay más de treinta y dos.

Ese día no se detuvo la guerra. Todo siguió cambiando para bien del cubano. A nosotros nos pareció extraordinario, sorprendente y común al mismo tiempo. Todos los que estábamos en la casa y los que pasaron por ella comimos un cake con sabor distinto al que se pueda imaginar, sabor a libertad.

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