Ramiro siempre hablaba de los otros, porque de sí mismo habló su obra. Autor: Archivo de JR Publicado: 23/06/2026 | 12:51 pm
ARTEMISA.— Ha muerto Ramiro Valdés Menéndez, y el barrio La Matilde, en Artemisa, llora la partida de un hijo. Allí nació el 28 de abril de 1932, en una casa humilde, pero con una madre extremadamente consagrada, que supo transmitir a sus hijos el valor de la honradez y las ideas de Céspedes y Martí.
Poco sabemos quienes no lo conocimos de esa etapa del niño y adolescente que fue, porque Ramiro era esquivo a responder preguntas y hablar de sí mismo. Por eso, la colega Arleen Rodríguez Derivet asumió con tanta emoción la entrevista que le concedió el Comandante de la Revolución para el espacio En persona, del espacio televisivo Mesa Redonda.
Entonces le dijo que lo hacía cumpliendo indicaciones, porque no le gustaba el protagonismo, porque siempre quiso que sus acciones fueran las que hablaran y dijeran quién era realmente.
Así lo recuerdo yo, que me inicié en esta profesión cuando sus visitas a Artemisa eran frecuentes, por su condición de diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular por la entonces naciente provincia. Desde su silla en la Asamblea Provincial analizaba cada una de las intervenciones, y cuando pedía la palabra, sus análisis eran certeros y pegados al sentir de la gente.
Recuerdo su insistencia en el programa de la vivienda, pues era de los problemas señalados por Fidel en La Historia me Absolverá, el asunto en el que menos se había avanzado en los últimos años. Insistía en sentir como propio el dolor de las personas que aún no tenían una vivienda digna, pues solo desde la empatía se buscarían soluciones reales desde lo local, dado el déficit de cemento, áridos y otros elementos tradicionales.
Consecuente con esto eran frecuentes sus visitas a módulos de producción local de materiales, utilizando como base la arcilla y otros productos disponibles. Cada visita era una enseñanza, y un llamado a multiplicar las buenas experiencias, pero también un espacio para señalar lo mal hecho.
Lo recuerdo también en el Mausoleo a los Mártires de Artemisa, rindiendo homenaje a sus amigos de la infancia, a los muchachos de La Matilde que lo acompañaron en la epopeya de asaltar la segunda mayor fortaleza de Cuba. Yo lo vi, mano en el pecho ante la tumba de Ciro, quien también estuvo con él en el Granma y en la Sierra, y develando ofrendas florales para sus hermanos de lucha.
Y es que Ramiro no solo inauguró este espacio, sino que siempre se mantuvo al tanto de su conservación, de que las nuevas generaciones lo visitaran, y de que no faltara el tributo a quienes ofrendaron su vida por la Revolución.
Ramiro siempre hablaba de los otros, porque de sí mismo habló su obra. Estuvo siempre en la primera línea de combate, entre los más corajudos.
El muchacho que nació muy débil, con el cordón umbilical enrollado en el cuello, el mimado por Ofelia, su madre, se forjó primero como un joven trabajador y luego como un luchador a toda prueba, leal a la causa y a sus compañeros.
Dentro de la Revolución desempeñó múltiples responsabilidades. Fue dos veces Ministro del Interior, y figura clave en la frustración de atentados contra Fidel y otros dirigentes.
Fungió además como Ministro de Comunicaciones y Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros. En estos últimos años estuvo también muy ligado al programa de cambio de matriz energética, siempre al pendiente de la ejecución y puesta en marcha de los parques fotovoltaicos.
Hoy, el Mausoleo a los Mártires de Artemisa abrió sus puertas para el tributo. Aunque sus restos no descansarán aquí, sino en Villa Clara, junto a su jefe y amigo, Ernesto Guevara de la Serna, en La Matilde quedará siempre la gratitud para el hijo digno, el muchacho de la generación que no dejó morir al Apóstol en el año de su centenario.
