Reunión en el ingenio La Mejorana. Autor: Archivo de JR Publicado: 05/05/2026 | 11:35 am
El 5 de mayo de 1895, en el ingenio La Mejorana, a unos cinco kilómetros del poblado santiaguero de Dos Caminos, los tres grandes jefes que habían puesto entrega y pasión en la Revolución iniciada el 24 de febrero, se encontraban por vez primera en los campos cubanos.
Se imponía discutir la organización de la guerra, la marcha de las acciones, el camino a seguir y también disipar resquemores, exorcizar demonios.
Las tres grandes leyendas de la Revolución se abrazarían en el antiguo ingenio de Germán Álvarez y el hecho, atestiguaron cronistas de la época, devino sonado acontecimiento, preparado como fiesta, con almuerzo para cien, gentío, ir y venir, tabacos, ron, gallina y lechón…, según descripción del propio José Martí.
«Con un caballo dorado en traje de holanda gris…», al decir martiano; airado, con demasiados reproches y dolores del pasado en la cabeza, pudiera decirse a la luz de hoy, llegó el general Antonio Maceo, el jefe de las tropas del Oriente, al encuentro pactado con el General Máximo Gómez y con José Martí, el infatigable organizador de aquella gesta.
Desde la ruptura del Plan Gómez-Maceo, una década atrás, el Generalísimo y el Titán no estaban en buenos términos; también pesaba en la mente del Héroe de Baraguá su disgusto por la forma en que el Apóstol había manejado la expedición que desembarcó en Duaba, en la que se le había subordinado sin explicación a Flor Crombet.
Dolido, molesto, Maceo se apartó primero para conversar con Gómez. Luego se les incorporó Martí y los tres se adentraron en la vivienda.
Un cuarto de la casona de campo sirvió de escenario a la cita, en la que como recoge la historiografía, quedó bien definido que José Martí sería el delegado del Partido Revolucionario Cubano y el máximo dirigente de la Revolución. El mayor general Máximo Gómez sería el general en jefe del Ejército Libertador y junto con el mayor general Antonio Maceo conduciría la guerra.
Sin embargo, al parecer la divergencia de criterios sobre la forma de gobierno transformaría aquella entrevista en álgido momento.
Martí propugnaba la formación de un gobierno civil, con un presidente y un consejo o cámara de representantes con amplias facultades, pero sin posibilidad de interferir sobre la conducción de la lucha armada, que estaría regida por la jefatura militar. El general Antonio, en cambio, defendía una junta de generales con mando y una secretaría general, aspectos que constituían deudas de la Asamblea Constituyente de la República en Armas.
Por otro lado, todo indica que tanto Gómez como Maceo, eran partidarios de que Martí regresara al extranjero cuanto antes, donde según ellos, sería más útil a la Revolución; pero para el Apóstol, su lugar estaba en Cuba.
«No puedo desenredarle a Maceo la conversación…», deplora Martí; se niega a que se le trate como representante de la «república leguleya» del pasado y rechaza la idea de irse sin participar de la guerra que con tanto fervor ha preparado.
Como quien vive un fuego cruzado, el general Gómez apoya a Martí y hay consenso en la convocatoria para una asamblea de delegados con el propósito de formar el gobierno, dentro de 15 días.
Durante el almuerzo, comparten otra vez bajo el framboyán del patio. Gómez en el centro; a su derecha, Martí, y a su lado, José Maceo. Maceo, a la izquierda y junto a él los generales Paquito Borrero y Jesús Rabí.
«Muestro mi descontento de semejante indiscreta y forzada conversación, a mesa abierta, en la prisa de Maceo por partir. Que va a caer la noche sobre Cuba y ha de andar seis horas…» relataría desde el pesar Martí en sus notas.
«Por ahí se van ustedes…», cuentan que les indicó Maceo a Gómez y Martí al final de la tarde y les conminó a abandonar su campamento. Así culminó lo que pudo ser un día de abrazos entre grandes.
Pero después del cinco, se vivió el 6 de mayo y con él, por un afán mayor, el de una Cuba libre, el sol traería la mañana del desagravio que el propio general Gómez testimoniaría. «[…] al marchar rumbo a Bayamo, confusos y abismados por la conducta del general Antonio Maceo, tropezamos con una de las avanzadas de su campamento de más de 2 000 hombres. El General se disculpó como pudo, nosotros no hicimos caso de las disculpas como lo habíamos hecho del desaire y nuestra amarga decepción de la víspera quedó curada con el entusiasmo y respeto con que fuimos recibidos y vitoreados por aquellas tropas…», relataría.
En medio del júbilo generalizado, Martí hablaría de la Cuba por la que se habían levantado en armas y ahí sí, y bajo unos tamarindos cercanos, sobreviviría el gesto cordial entre los tres grandes, fruto de la comprensión del valor del respeto al compañero de bando, de la necesidad de la unidad por encima de cualquier diferencia.
«¡Qué entusiasta revista la de los 3 000 hombres a pie y a caballo que tenía a las puertas de Santiago! […] Les hubiera enternecido el arrebato del Campamento de Maceo y el rostro resplandeciente con que me seguían de cuerpo en cuerpo los hijos de Santiago de Cuba», escribiría Martí a Carmen Miyares.
Allí se despidieron. Maceo continuó sus operaciones con la misión de organizar todas las fuerzas cubanas en pie de guerra en esta región. Martí y Gómez reanudaron su marcha hacia el oeste, dispuestos a cumplir el compromiso con la Patria.
