Lecturas
La batalla del Sao del Indio, el 31 de agosto de 1895, fue de las más significativas de los inicios de la Guerra de Independencia. A unos 20 kilómetros al suroeste de Guantánamo, la tropa mambisa mandada por los mayores generales José y Antonio Maceo, con unos 650 efectivos en conjunto, derrotaron y pusieron en fuga, tras nueve horas de combate, que fueron las del primer enfrentamiento, a los 900 hombres mandados por el coronel español Francisco Borja Canellas. Emprendieron entonces los peninsulares la retirada hacia Guantánamo, hostilizados de continuo por el fuego mambí, para llegar a su destino en el amanecer del 2, con más de 200 bajas entre muertos y heridos frente a los 90 que en ambas categorías tuvieron las fuerzas cubanas.
Tan importante como la victoria fue la marcha que, para auxiliar a su hermano, emprendió el general Antonio desde las alturas de El Escandel hasta Ramón de las Yaguas, entre las seis de la tarde del día 30 hasta las tres de la mañana del 31; una marcha fenomenal de 36 kilómetros, dice el general Miró Argenter en una de sus crónicas, en una noche tenebrosa, por caminos horribles y sin un minuto de descanso en la que quedaron caballos y acémilas por quebradas y senderos de monte. A su llegada, Antonio mandó aviso al general José de que estaba listo para atacar por la retaguardia.
Se llama «sao» —expresa Fernando Ortiz— a la sabana pequeña con algunos matorrales o grupos de árboles aislados, mientas que para Estaban Pichardo es sinónimo de sabanilla, cayo de monte; sabana reducida sembrada naturalmente de matorrales aislados.
Con la batalla de Sao del Indio cerró Antonio Maceo con broche de oro lo que sus biógrafos llaman la Campaña de Oriente, que se inicia tras la reunión de La Mejorana, el 5 de mayo de 1895 —en que queda al frente del territorio oriental y se da la tarea de organizar las fuerzas— y se cierra el 22 de octubre con su salida de Mangos de Baraguá para iniciar la invasión a occidente.
Sobresalen en dicha Campaña los combates de Jobo, La Playuela, Sagua de Tánamo, Yabazón Fray Benito, Burenes, Jiguaní, San Fernando… y los ataques al tren y a la vía férrea entre Caimanera y Guantánamo. También la importante batalla de Peralejo, a diez kilómetros de Bayamo, en la que puso en fuga al capitán general Arsenio Martínez Campos. Diría el Titán: «Si yo tengo allí a José, cojo a Martínez Campos. El hombre del Zanjón escapó de la tremolina porque no estaba allí José».
Se revela Maceo como extraordinario organizador y hombre de aguda visión política. Es en esos días en que rechaza el propósito del grupo de oficiales que quiere exaltarlo a la jefatura del Ejército Libertador y adjudicar a Máximo Gómez la Secretaría de Guerra.
Les agradece la prueba de confianza, pero se niega a que hagan esa propuesta al Gobierno. Dice: «Eso sería presentarme como un ambicioso y sería contrario… al interés cubano. El general Gómez ha sido maestro de nosotros y no aceptaría un puesto inferior a sus merecimientos. Su separación de la línea de combate perjudicaría grandemente nuestra causa. En el puesto que él, muy merecidamente ocupa, Cuba nos tiene a los dos…».
El grupo no insiste y lanza otra propuesta, que sí acepta. La de proponerlo como segundo jefe del Ejército Libertador. Corre, más adelante, el rumor de que en la Asamblea de Jimaguayú, la representación de los revolucionarios orientales propondría a Maceo para la presidencia de la República en Armas, lo que saca de quicio al Marqués de Santa Lucía, que no oculta su animadversión hacia Antonio y José, y remite al Titán una carta irrespetuosa. Maceo lo para en seco.
«Como Ud. dice que debo esperar a que me den, debo significarle que su oferta está buena para los que mendigan puestos… como usted sabe tengo la satisfacción de no haber desempeñado ninguno por favor; al contrario, con oposición manifiesta hasta para lo más insignificante. La humildad de mi cuna me impidió colocarme desde un principio a la altura de otros, que nacieron siendo jefes de la Revolución. Quizás por eso usted se cree autorizado para suponer que me halaga con lo que indica me tocará en el reparto».
No paran las fricciones con el Marqués. Molesta al camagüeyano, que alcanza la presidencia en Jimaguayú, en contra del criterio del Titán de que esa posición debía corresponder a Bartolomé Masó, que Maceo haga renacer El Cubano Libre, periódico que Céspedes fundó en la Guerra Grande. Indignado, escribe a Estrada Palma, delegado del Partido Revolucionario Cubano: «Me temo que la hormiga quiere criar mucha ala y esta ambición desmedida nos da mucho que hacer. José Antonio Maceo que se conforme con sus laureles militares… y deje la política a un lado…».
Consigue Maceo la imprenta donde se tirará el semanario y procura el papel y la tinta necesarios. Todos los sábados El Cubano Libre se distribuye entre las fuerzas insurrectas y se remite a las emigraciones. Las páginas de la publicación están abiertas para lo que quieran y puedan escribir. No acepta regionalismo alguno y no impone a los redactores sus opiniones políticas personales. «Me estimo mucho para exponerme al reproche de los escritores que en seminario colaboran», escribe al Marqués. El periódico es, para Maceo, «la artillería de la Revolución» o, como dice a Fernando Figueredo, la prensa «puede hacer más que la espada más cortante».
Su antirracismo es inalterable. «La Revolución no tiene color. Es de los cubanos, sin distingo alguno», expresa. Supo siempre dar un tratamiento adecuado al tema racial y de manera invariable trató de evitar que «episodios individuales desbordaran ese carácter y alcanzaran dimensiones que repercutieran negativamente en la unidad de las filas revolucionarias».
El historiador Griñán Peralta recuerda en ese sentido un incidente en un baile que el mambisado celebrara en honor del general Antonio. Mediada la fiesta, Quintín Bandera invitó a bailar a una muchacha blanca que lo hacía con un oficial de graduación inferior a la suya. El militar no se negó a ceder su pareja, pero la joven no aceptó la invitación. Ofendido y con ruda franqueza, Quintín vociferó: «Usted no baila conmigo porque soy negro», y enseguida alegó a su favor su patriotismo y arrojo y valentía en la manigua. Previendo un desenlace desagradable, Maceo no demoró en intervenir: «Aquí no ha pasado nada. Ninguna dama está obligada a bailar con un caballero que no le simpatiza… ¡Que suene la música y siga la fiesta!». A él le había sucedido algo parecido en Camagüey, en 1874, cuando quiso bailar con una muchacha blanca que le espetó que ella no lo hacía sino con los de su clase. Aduce el aludido historiador que siempre, como un fantasma pertinaz, a Maceo le salía al paso el racismo y él espantándolo. «Se le ve, siempre de pie, entre dos prejuicios, el de los negros y el de los blancos».
Dicen que palidecía cuando escuchaba los primeros disparos de un combate. No decía palabra alguna, como si lo invadiese la fría conciencia del peligro, hasta que poco a poca cobraba fuerzas y se enardecía. Las órdenes las daba en voz baja, pero de manera tajante. Bromeaba con los oficiales de su Estado Mayor sin quitar los ojos de las líneas enemigas. Confortaba a los soldados con palabras cariñosas.
No descansaba un minuto. Vivía a caballo, organizando fuerzas y prefecturas, con 22 000 hombres a su mando que se distribuían en 18 regimientos. Desbordaban ternura las cartas que escribía a María, la esposa lejana. Dice en una de ellas. «Tengo la seguridad de que no me han de matar; viviré a pesar de mis enemigos». No olvida en sus misivas de enviar saludos a compadres, vecinos y ahijados, y le pide que no descuide la educación de Toño, el hijo que nació fuera de matrimonio; los que tuvo con María murieron en la manigua, en la guerra del 68. Envía besos a la Corronga, la cotorra de la casa, «y tú recibe el corazón de tu esposo que te adora y desea».
La Campaña de Oriente acometida por Antonio Maceo y que prácticamente se cierra con el combate de Sao del Indio, descalabró los planes de Martínez Campos de contener y aniquilar la lucha armada. Neutralizó las fuerzas españolas en el este de la Isla y permitió recaudar fondos para traer a Cuba las primeras expediciones que armaron el contingente invasor para llevar al occidente la guerra emancipadora.
Fuentes: Textos de Manuel Fernández Carcassés, Raúl Aparicio y Leonardo Griñán Peralta. Diccionario Enciclopédico de Historia Militar de Cuba.