Lecturas
Fue un combate encarnizado. Solo 16 hombres, bajo el mando del teniente gobernador Florencio Ceruti ofrecieron una resistencia tenaz a la tropa invasora, unos 600 hombres que bajo el mando del general venezolano Narciso López habían desembarcado por el muelle del almacén de mieles de Lucas Muro y avanzado hacia la plaza central donde radicaban la cárcel y la tenencia de gobierno.
Por más de 15 horas se había prolongado la acción que finalizó solo cuando López ordenó incendiar la sastrería situada en la planta baja del edificio que servía de residencia a Ceruti, quien fue apresado. De esa manera se lograba la rendición de la plaza y tremolaba por primera vez la bandera de la estrella solitaria. Era el 19 de mayo de 1850, en Cárdenas. Por eso esa localidad de la provincia de Matanzas es la Ciudad Bandera.
Ante la falta de apoyo popular, el jefe expedicionario decidió reembarcar el mismo día 19 rumbo a territorio norteamericano. Conformaban la tropa húngaros, estadounidenses y hombres de otras nacionalidades. Solo cinco cubanos, entre ellos Juan Manuel Macías Sardiñas, quien, al momento de la retirada, llevó consigo aquella bandera que guardó hasta su muerte como su mayor y más preciado tesoro.
Macías no se desvinculó nunca de la causa cubana y cedió la bandera para hacerla presente en actos como el del sepelio de mayor general Francisco Vicente Aguilera, vicepresidente de la República en Armas, muerto en Nueva York, en 1877. Veinte años después, iniciada ya la Guerra Necesaria, retorna la bandera a Cárdenas, encabezando la brigada mambisa que llevaba el nombre de esa ciudad.
Al presentir su final, en 1892, dona Macías a Manuel Sanguily –don Manuel de los Manueles, como le llamó Martí— una importante documentación histórica, así como el rótulo –«Primus in Cuba, 1850»— que se puso a la bandera durante los festejos en Nueva Orleans por su arribo, en ese año, desde la Isla.
Tras el fallecimiento de Macías, queda la reliquia al cuidado de su hija Alicia. Se iza en las fiestas por la instauración de la República, el 20 de mayo de 1902. Alicia la dona, en 1918, al presidente Menocal, que la traspasa, al final de su gobierno, en 1921, a Manuel Sanguily. Muerto este, en 1925, su hijo la dona al Senado de la República y preside hasta 1958 las sesiones de ese cuerpo colegislador. Forma parte en la actualidad de los fondos de la Sala de las Banderas del Museo de la Ciudad.
¿Cómo surgió esa bandera? ¿Quiénes la diseñaron? ¿Cuál es su simbolismo masónico? ¿Es cierto que fue en su origen emblema del movimiento que, encabezado por Narciso López, pretendía la anexión de Cuba a Estados Unidos? La Asamblea de Guáimaro, el 11 de abril de 1869, la escogió como enseña nacional por encima de la bandera de Carlos Manuel de Céspedes. La sangre derramada por miles de cubanos —diría José Martí— la saneó de su dudoso origen.
Nacido en Venezuela, Narciso López alcanzó el grado de General en el ejercito español. Estuvo en Cuba y ocupó cargos en el aparato colonial hasta que comenzó a conspirar contra la metrópoli. En julio de 1848, frustrada la conspiración de la Mina de la Rosa Cubana, que encabezaba, se vio obligado, al igual que muchos de sus seguidores, a salir de la Isla.
Se dice que, en 1849, en un atardecer veraniego, López vio los colores de la bandera en el cielo neoyorquino. Su «estrábica carrera política —dijo Eusebio Leal— no opaca el mérito de haberla imaginado». Un año después, en una conversación con el poeta matancero Miguel Teurbe Tolón, resaltó López la conveniencia de contar con una bandera que obrara como distintivo de la lucha contra España y llevó al papel un proyecto de bandera conforme a lo que vio o creyó ver en el cielo de Nueva York.
Poco después, el 12 de abril, llega a EE.UU. Emilia Teurbe Tolón, esposa y prima hermana de Miguel, con quien compartía el quehacer conspirativo. Es ahí que el general Narciso pide a la muchacha confeccionar la bandera, cuyo boceto dibujara su esposo un año antes. Emilia la borda y el modelo pasa a Nueva Orleans, donde se confecciona la pieza que se traerá a Cuba.
Escribe el historiador Eduardo Torres Cuevas que el simbolismo plasmado en la bandera le dio trascendencia revolucionaria y permitió se identificasen los ideales perpetuos de la nación cubana. Añade:
«López, que era masón, conocía el simbolismo revolucionario, republicano y humanista, por lo que los incluyó en la enseña nacional. Su concepción distancia a esa enseña de la norteamericana al plasmar no solo las ideas de libertad sino también las de igualdad y fraternidad que inspiraron la Revolución Francesa. El triángulo equilátero (…) es la figura geométrica perfecta por tener sus tres lados y sus tres ángulos iguales, lo cual significa la igualdad entre los hombres. Los tres colores (blanco, azul y rojo) son los de la revolución y en la connotación latina, se asocian al tríptico revolucionario francés de libertad, igualdad y fraternidad. Ellos unen además los ideales de justicia expresados en la pureza del color blanco, el altruismo y la altura de esos ideales en el azul, con el rojo el reflejo de la sangre que se derramaría por la libertad».
Precisaba el distinguido historiador con relación a la estrella solitaria: «La estrella de cinco puntas —una de ellos orientada al Norte para indicar estabilidad— expresa el equilibrio entre las cualidades morales y sociales que deben tipificar al Estado y significa “el astro que brilla con luz propia”», es decir, el Estado independiente.
«De tal modo, la estrella solitaria simboliza la libertad; el triángulo, la igualdad, y las franjas, la unión, la perfección, la fraternidad, concluye Torres Cuevas. Todos sus símbolos se corresponden con los números sagrados de la Biblia, y con los números pitagóricos. Estos representan la armonía y la perfección; el tres, las franjas azules, el cinco, el total de franjas, y el siete, la suma del triángulo, la estrella y las cinco franjas».
La ruptura de relaciones diplomáticas entre Roma y La Habana, en los días de la II Guerra Mundial, obligó a Miguel Figueroa, representante de Cuba ante la Santa Sede, a permanecer más de dos años recluido en el Vaticano. Finalizada la contienda, Figueroa debió suplir la ausencia de diplomáticos cubanos en la capital italiana y una de sus primeras gestiones fue la de visitar a los compatriotas establecidos en dicha ciudad a fin de informar de su situación al Ministerio de Estado y ayudarlos en la medida de lo posible.
La persona más prominente de aquella colonia era Silvia Alfonso y Aldama, Condesa Manzini, descendiente de Miguel Aldama, Benemérito de la Patria, una de las grandes fortunas del siglo XIX cubano, que perdió en los días de la Guerra Grande. Casó ella, en primeras nupcias, con el millonario cienfueguero Emilio Terry, y muerto este, con en italiano Conde Manzini, que serviría como embajador en varias naciones europeas. Fue una de las cubanas más bellas de su tiempo, pero cuando Figueroa la conoció en Roma, de su legendaria belleza quedaba únicamente el recuerdo. Vivía sola en una casa magnífica en la Vía Casia, construida sobre los restos de una villa imperial junto al lugar que la tradición atribuye a la tumba de Nerón.
Llegó Figuera a la mansión de la Manzini. La destrucción era total. Una bala de cañón había atravesado la casa de parte a parte, destruyendo paredes, muebles, obras de arte, pero sin causar daños humanos. Reinaba la confusión en la ciudad ocupada por los norteamericanos, el hambre era general y la ausencia de policía que pusiera coto a desmanes y saqueos hacía más difícil la situación.
Pero Silvia Alfonso y Aldana, entera e indómita, con la cabeza erguida en gesto característico, insistió en permanecer en su casa, indiferente a las carencias y al peligro. Preguntó Figueroa en qué podía ayudarla. Qué podía llevar para aliviar la situación de aquella mujer que lo había perdido todo.
Silvia fue precisa en su respuesta. Dijo a Figueroa:
—Tráigame una bandera cubana.