Un dedito más corta, suplica. Entrecierro los ojos y me giro para que no vea mi sonrisa pícara. Yo también pronuncié esas palabras hace más de diez años, al regresar de la costurera y probarme la falda nueva, a pocos días del inicio de curso.
Reconocí la ilusión de los nuevos comienzos —y aquella letra sin fecha de vencimiento de Silvio Rodríguez— en esa muchachita que vuelve a recortar su saya. Y entonces me pregunté: ¿cómo es posible que algunos ataquen el regreso a las aulas e inciten a los niños y sus familias a faltar?
Pienso en ello porque, con sus tragos amargos de vida adulta, roban la inocencia y la esperanza de los más pequeños, esa chispa que va desde estrenar uniforme hasta hacer nuevos amigos. A nuestros niños y adolescentes les gusta su escuela, les gusta reunirse, como pedía Martí, para hacer el bien que tanta falta nos hace.
Sí, la escuela no les restará las horas de apagón, pero las ocupará de risas y vivencias. Los uniformes escasean, las meriendas son cada vez más difíciles de conseguir, los libros llegan maltratados de tanto uso. Sin embargo, la escuela responde con flexibilidad y creatividad para que sus estudiantes le sigan dando la vida y el calor que merece.
No llevar a un alumno a su aula es una afrenta a su maestro, que lo espera con cientos de problemas a cuestas, para hacer lo que le llena el alma: enseñar. El alba de letras y números se descubre allí, al calor del educador y los compañeros, no en el ocio de la casa.
Septiembre sí ilusiona. Las carencias materiales pesan, siempre lo han hecho, pero es momento de que pese más la conciencia en pos de la educación que las propias limitaciones. Carguemos la mochila de los peques de ilusiones, y dejemos las preocupaciones para nuestros bolsos de cada día.