El muchacho, el chamaquito, para decirlo de la forma más llana posible, miraba con extrañeza y esa forma de observar se convirtió en una señal. «¿Tú sabes doblar la bandera?», le preguntaron.
Él dijo que no con la cabeza. Pero el gesto no era desafiante, tampoco de burla. Había más bien un desconcierto, mezclado con sorpresa, con curiosidad y quizá también hasta con un poco de pena. Todo eso mezclado en una sola pieza: en un rostro con unos cabellos despeinados y unos mechones de pelo negro, que le caían sobre la frente. Un rostro de adolescente. De muchacho camino a entrar a la vida.
«Vamos, ven para acá», le dijeron. «Toma las puntas y estíralas». Luego vinieron las indicaciones. Dobla por aquí, de esta forma. Estira por este lado para que no se doble y el pliego te salga bien. Evidentemente, no sabía. Se enredaba a la hora de hacer el triángulo con la tela; pero, aun así, en medio de la turbación, en él habla algo: un deseo de aprender; puede que, hasta un reconocimiento, a lo mejor muy íntimo y no muy consciente, de que ese objeto de franjas azules y blancas que ahora tenía en sus manos era suyo.
Lo mejor, sin embargo, estaba en la sonrisa. Ya se dijo que era de turbación y que no había burla en ella. Es decir, el chiquito no era un prospecto de cínico, un quítate tú para poner al bebé, como tanto le gusta fabricar a ciertos padres por ahí.
Las preguntas, entonces, aparecían muy tranquilas: ¿por qué un muchacho así, con madera de buen ser humano, no sabía doblar la bandera de su país?, ¿dónde se había roto el eslabón?: ¿en la escuela?, ¿en la familia? ¿O es que esa oportunidad nunca había estado?
Algunos se preguntarán: «Bueno, ¿y qué tiene de malo que el chiquito no sepa doblar la bandera?». Y a esa hora, ante tanta ignorancia o inocencia a la cañona hay que mirar al cielo, poner cara de resignación, y decir que no. Que el muchacho no sepa qué significan las franjas ni la estrella ni mucho menos el color rojo en el triángulo, no es ningún problema.
Tampoco es una dificultad, para seguir la rima, que no conozca su historia; pero mucho menos que exhiba otra a tutiplén. Porque esa que se muestra sí es la bárbara. La otra no.
«Pero, bueno…», dirán. «Es que esas cosas se aprenden por el camino». Y también se acaba de perder. Sobre todo, cuando lo que hay es ese abandono de entrante en el banquete, porque muchas veces se olvida que las cosas grandes se sustentan con las pequeñas.
El problema, para no dar más vueltas, es que no se puede querer lo que se desconoce. Sencillito.
Hubo un tiempo que en la escuela y en la familia cubana la bandera se convertía en algo sagrado. En las casas se mostraba la enseña nacional y quien no supiera doblarla sentía una aprehensión grande. Izarla o recogerla era algo que muchos deseaban hacer y, hasta con orgullo, los niños anunciaban que eran ellos los que cumplían ese acto.
Esa disposición moral se ha perdido en cierta medida, y que me perdonen los aludidos; pero es lo que uno sufre. Hace unos días una trabajadora de un centro educacional no sabía recoger la enseña nacional. Un niño y un abuelo tuvieron que hacerlo. Y si el fenómeno era con la persona mayor, ¿qué quedaba para los demás?
Por eso, a la hora de mencionar las penetraciones culturales, de lo primero que se tendría que hablar es de esos vacíos, abandonos y hasta de chapucerías que conducen a que sectores dentro de nuestra juventud crezcan sin un elemental sentido de amor a su país.
En medio de ese embrollo, por suerte, los buenos siempre saben querer, como el muchacho del comienzo. Porque cuando terminó de doblar la bandera, con la ayuda de otros, le dijeron: «Ponla en su lugar». Y allá se fue él para colocarla, despacio, con mucho cuidado, con reverencia en cada gesto, como debe ser.