Que una dama se llame Guarina, que me confiese generosa su admiración por lo que hago, que sea en la cola del arroz en la tienda del barrio… son razones y contextos que rozan el milagro.
Ella dijo estar emocionada, mas el mundo giraba y la emoción me envolvía. No atiné a agradecerle como debía, la sorpresa me desconcertó, me desconcentró; así que más tarde subí la loma, crucé la plazoleta, enrumbé mis pasos hacia su apartamento, libro en mano.
Quería darme el gusto. Era impostergable.
Guarina estuvo décadas en el universo de la arquitectura, los planos, las construcciones. Y una vez jubilada, se dijo: «Este es mi momento» y exploró nuevos caminos. Tomó cursos de tejido, de muñequería, de cuanto le gustaba, de cuanto se había quedado danzando dentro, a la callada.
Ella puso en mis manos una muñeca de trapo, un conejo, un tapete. Puso en mis manos aquello que hicieron sus manos. Ella me dijo que fue hermosa, y me atreví a rectificarle el tiempo: lo es.
No hay presente sin pasado.
Los años son el triunfo de la vida.
Ella me habló con orgullo de su padre y de su hija. Hace 30 años vive en el poblado de Boniato, en las afueras de Santiago de Cuba, frente a las montañas. Estamos a unos pasos, sin embargo, solo ahora que las circunstancias me han hecho detener, hemos podido coincidir.
Es por afectos como estos que salen al camino, inesperados, tiernos, que uno sigue esta labor ingrata de Quijote. Que uno sigue preguntando y preguntándose, desfaciendo entuertos (intentándolo) y mostrando al mundo, la vida de otros, el valor de otros, el color de otros.
Conmover es moralizar, escribió alguna vez Martí.
Guarina tiene la raigalidad de su nombre, la serenidad de quien ha vivido mucho, la distinción de los seres de luz. Ella me ha hecho un regalo invaluable en tiempos tan difíciles. Ha llegado en el momento justo.
