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Cuando el donante nació en una granja

La xenotrasplantación dejó de pertenecer al terreno de la ciencia ficción. Mientras equipos de varios países prueban órganos procedentes de cerdos modificados genéticamente, la medicina se aproxima a una posibilidad que podría transformar la vida de millones de personas: disponer de órganos sin depender de la muerte de otro ser humano

Autor:

Yurisander Guevara Zaila

A las tres de la madrugada, en algún lugar del mundo, una persona espera una llamada que podría no llegar nunca. No sabe quién será el donante. No conoce su edad ni su historia. Solo sabe que un riñón, un hígado o un corazón pueden marcar la diferencia entre regresar a casa o permanecer conectado a una máquina durante meses, incluso años.

La medicina moderna se ha dedicado a sustituir órganos enfermos hace décadas. Lo que nunca ha conseguido resolver es un problema que parece agudizarse con el paso del tiempo: la falta de órganos.

Ante esa realidad, cuando un grupo de investigadores estadounidenses implantó un riñón procedente de un cerdo modificado genéticamente en un paciente humano, la noticia trascendió el ámbito de los quirófanos. No se trató únicamente de una operación exitosa. Detrás de aquella intervención aparece un horizonte que podría cambiar por completo el escenario: ¿qué ocurriría si los órganos dejaran de ser un recurso escaso?

La respuesta todavía no existe. Pero cada nuevo ensayo clínico parece acercarla un poco más.

La larga sombra de las listas de espera

Los trasplantes constituyen una de las grandes historias de éxito de la medicina contemporánea. Miles de personas sobreviven cada año, gracias a órganos donados por desconocidos. Sin embargo, esa misma historia arrastra una limitación que ningún avance tecnológico ha logrado eliminar. La demanda crece más rápido que la oferta.

Las cifras del Observatorio Global de Donación y Trasplantes muestran que en 2024 se realizaron más de 173 000 trasplantes de órganos sólidos en el mundo. Aunque representa un récord histórico, la cifra cubre apenas una parte de las necesidades reales.

En Europa, Asia, América Latina y África, los sistemas sanitarios enfrentan la misma dificultad: hay más pacientes que órganos disponibles.

La consecuencia resulta visible en hospitales de todo el planeta. Personas que dependen de la diálisis durante años. Enfermos hepáticos, cuyo estado empeora mientras esperan una llamada. Familias que viven pendientes de una compatibilidad improbable.

Esa escasez explica por qué la xenotrasplantación ha pasado de ocupar un lugar marginal en la investigación biomédica a convertirse en una de las apuestas más observadas de la medicina actual.

El cerdo que llegó al quirófano

La idea no es nueva. Los primeros intentos de utilizar órganos animales surgieron mucho antes de que existiera la ingeniería genética moderna. El problema apareció casi de inmediato: el organismo humano reconocía aquellos tejidos como invasores y los destruía.

Durante décadas, la biología parecía haber dictado sentencia. Sin embargo, la irrupción de herramientas de edición genética como CRISPR cambió el escenario. Los investigadores comenzaron a eliminar genes responsables de las reacciones inmunológicas más agresivas y a incorporar variantes humanas destinadas a mejorar la compatibilidad.

Los cerdos se convirtieron en los principales candidatos. Su tamaño corporal, la anatomía de varios de sus órganos y la rapidez con que pueden criarse, los colocaron por delante de otras especies. A ello se sumó la posibilidad de mantener colonias bajo estrictos controles sanitarios.

Hoy, algunos de esos animales portan hasta diez modificaciones genéticas distintas, antes de que sus órganos lleguen a un quirófano.

El avance más reciente procede de varios centros estadounidenses, entre ellos NYU Langone Health, donde el cirujano Robert Montgomery lidera una de las líneas de investigación más conocidas. Allí, comenzaron algunos de los primeros experimentos que demostraron que un riñón porcino modificado podía funcionar dentro de un cuerpo humano, sin desencadenar un rechazo inmediato. Desde entonces, los ensayos se han multiplicado.

Empresas biotecnológicas como United Therapeutics y eGenesis desarrollan programas clínicos propios, mientras grupos de investigación en Europa y Asia observan con atención unos resultados que podrían redefinir el futuro de los trasplantes.

Más allá de la ciencia ficción

La xenotrasplantación suele describirse como una tecnología del futuro. En realidad, sus principales desafíos pertenecen al presente.

Los científicos aún deben demostrar que estos órganos pueden funcionar durante años y no solo durante meses. También necesitan vigilar la posible transmisión de virus animales y comprender mejor las consecuencias inmunológicas a largo plazo.

A esas incertidumbres se suman cuestiones éticas inevitables. ¿Hasta qué punto resulta aceptable criar animales para obtener órganos? ¿Quién tendrá acceso a estos tratamientos cuando abandonen la fase experimental? ¿Podrán beneficiarse de ellos los sistemas públicos de salud o quedarán reservados a quienes puedan asumir costos elevados?

Las preguntas acompañan cada avance. Pero también, están ahí desde los primeros trasplantes humanos.

Cuando el cirujano sudafricano Christiaan Barnard realizó el primer trasplante de corazón en 1967, pocos imaginaban que aquella intervención terminaría convirtiéndose en una práctica médica habitual. Hoy ocurre algo parecido con los órganos procedentes de animales.

Nadie sabe con certeza cuánto tiempo necesitará esta tecnología para consolidarse. Lo que sí parece claro es que la discusión ya no gira alrededor de si la xenotrasplantación resulta posible. Ahora se trata de cuándo dejará de ser excepcional.

Porque en hospitales de todo el mundo continúan acumulándose nombres en las listas de espera. Y cada uno de esos nombres recuerda que la ciencia no persigue únicamente una hazaña biológica. Busca ganar tiempo para quienes todavía aguardan la llamada que puede cambiarles la vida.

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