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El asalto del sarampión a la salud global

Tras décadas de control, el virus más contagioso del mundo aprovecha las grietas de la desinformación y el declive de la vacunación para reclamar su territorio en Estados Unidos y el resto del planeta. En una era de polarización, el colapso de la inmunidad de rebaño transforma una enfermedad prevenible en crisis

Autor:

Yurisander Guevara Zaila

El aire de una habitación cerrada conserva el rastro del virus durante dos horas tras la partida de un enfermo. En ese lapso, el sarampión aguarda con una eficacia letal: si una persona sin protección entra en ese espacio, su probabilidad de contagio roza el 95 por ciento. No existe patógeno humano con una capacidad de dispersión tan voraz. Esta realidad, que la ciencia creía bajo control en el cambio de milenio, vuelve a sacudir los cimientos de la salud pública. Estados Unidos, una nación que celebró la eliminación del virus en su territorio en el año 2000, enfrenta hoy un panorama desolador.

Según los datos consolidados por la revista Science News hasta julio de este año, el país norteño ya suma 2 295 casos. Esta cifra no solo supera el pico de 2025, es el máximo histórico en las últimas tres décadas.

Lo que comenzó como un brote aislado en zonas rurales de Texas, en enero de 2025, bajo la chispa de un solo caso importado, derivó en un incendio epidemiológico que hoy consume a más de 40 estados. El Centro de Investigación y Política de Enfermedades Infecciosas (CIDRAPD, por sus siglas en inglés) detalla que Carolina del Sur y Utah actúan hoy como los epicentros de esta crisis, con brotes que sumaron cientos de infecciones en apenas unos meses.

Consecuencias prevenibles

Este resurgimiento no es producto del azar. Para frenar al sarampión, se requiere que el 95 por ciento de la población posea inmunidad a través de dos dosis de la vacuna MMR. Sin embargo, el tejido de esa protección colectiva se ha rasgado. Un informe de la Kaiser Family Foundation revela que la tasa de vacunación en niños de jardín de infantes descendió en Estados Unidos al 92,5 por ciento, en el ciclo escolar 2024-2025. Ese pequeño margen de diferencia, en apariencia insignificante, dejó a unos 286 000 menores sin defensa alguna frente al virus.

¿Por qué ocurre este retroceso en un país con acceso pleno a los fármacos? La respuesta yace en la transformación de la reticencia vacunal. Lo que antes era una «inquietud aislada de padres preocupados» se convirtió en un movimiento sociopolítico organizado y con garras legislativas.

Un estudio de la Universidad de Boston, citado por el portal News Medical, señala una tendencia alarmante: el 40 por ciento de los proyectos de ley sobre vacunas, presentados en los congresos estatales desde 2021, buscan debilitar los requisitos de inmunización o ampliar las exenciones. La «libertad médica» y los «derechos parentales» son ahora los escudos tras los que se oculta el desplome de las coberturas. En estados como Idaho, las leyes ya prohíben excluir a niños no vacunados de las escuelas, incluso durante brotes activos.

La desinformación digital actúa como el acelerante de este fuego. Los algoritmos de las redes sociales amplifican teorías sin base científica que vinculan la vacuna con el autismo o alteraciones genéticas. Como destaca el análisis del modelo 7C de preparación vacunal publicado en PMC, estas campañas atacan la confianza en las instituciones y manipulan el cálculo de riesgo de los padres. El resultado es una percepción errónea del sarampión como una enfermedad infantil benigna, una suerte de rito de iniciación, sin consecuencias graves.

Nada más lejos de la verdad clínica. El sarampión es una infección sistémica que puede devastar el organismo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que las complicaciones incluyen ceguera, neumonía —la causa más común de muerte en niños— y encefalitis, una inflamación cerebral que deja secuelas permanentes como sordera o discapacidad intelectual.

Pero el daño más insidioso es la «amnesia inmunológica». El virus ataca los linfocitos T y B de memoria, lo que borra las defensas que el cuerpo acumuló contra otros patógenos a lo largo de la vida. El superviviente del sarampión queda vulnerable ante gripes o bacterias comunes, durante meses o años tras la infección.

Aún más trágico es el destino de quienes desarrollan la Panencefalitis Esclerosante Subaguda. Este trastorno neurodegenerativo fatal surge años después del contagio inicial, tras quedar el virus latente en el cerebro. Un caso reportado por el New England Journal of Medicine ilustra esta fatalidad: un niño de siete años, infectado durante su etapa de lactante, murió tras un rápido declive cognitivo y convulsiones. Para él, el fracaso de la inmunidad colectiva en su entorno fue una sentencia de muerte diferida.

El panorama global refleja esta fragilidad. En 2024, el mundo registró 11 millones de infecciones, una cifra superior a los niveles previos a la pandemia de COVID-19. Canadá, que eliminó la enfermedad en 1998, perdió su estatus oficial de país libre de sarampión en noviembre de 2025, tras un año de transmisión sostenida en Ontario y Alberta. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) señala que este evento provocó la pérdida de la certificación de eliminación para toda la región de las Américas, un logro histórico que se recuperó apenas en 2024, y que hoy se desvanece.

En medio de este retroceso, existen bastiones de resistencia. Cuba destaca como un ejemplo de rigor en sus políticas de salud pública. La nación caribeña, junto a la mayoría de los países de América Latina, mantiene su estatus de eliminación, gracias a programas de vacunación con coberturas que superan con creces el umbral crítico del 95 por ciento.

Mientras en Estados Unidos el debate se centra en la autonomía individual, en estas naciones prevalece el sentido de responsabilidad colectiva. No obstante, en un mundo globalizado por los viajes aéreos, ningún país es una isla. La OPS insiste en que, mientras existan reservorios del virus en África o Asia —donde los conflictos y la falta de fondos frenan la inmunización—, el riesgo de importación hacia comunidades vulnerables en el resto del planeta será una amenaza constante.

Más allá de la ciencia

La crisis en Estados Unidos alcanza incluso los despachos federales. El nombramiento de figuras críticas con la ciencia oficial en puestos clave, como Robert F. Kennedy Jr. al frente del Departamento de Salud y Servicios Humanos, generó un sismo institucional.

Kennedy utilizó espacios en televisión nacional para difundir datos falsos sobre la mortalidad de la vacuna MMR, al tiempo que su departamento guardó silencio ante el alza de contagios. Fue la justicia federal la que tuvo que intervenir como última línea de defensa. En marzo último, el juez Brian Murphy bloqueó los intentos de la administración de reducir el calendario de vacunas infantiles de 17 a solo 11 enfermedades. El fallo judicial calificó de arbitrarias y caprichosas las medidas administrativas que pretendían eliminar, incluso, la dosis de nacimiento contra la hepatitis B.

El sarampión es el indicador más sensible de la salud de una sociedad. Su retorno es el síntoma, quizá, de un mal mayor: la erosión de la verdad y el desprecio por el bien común. Como señala William Moss, epidemiólogo de la Universidad Johns Hopkins en Science News, los brotes actúan como focos que iluminan los agujeros en nuestra inmunidad que preferimos no ver.

Solo el retorno a la evidencia y el fortalecimiento de los mandatos de salud frente a la ideología podrán evitar que, una dolencia controlada durante décadas, regrese para reclamar la vida de los más inocentes. La ciencia es un instrumento imperfecto, pero es el mejor que poseemos contra la oscuridad del dogma y el rastro invisible de los virus.

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