Dos terremotos separados por apenas 39 segundos dejaron al descubierto una amenaza conocida por la ciencia, pero olvidada por buena parte de la sociedad venezolana. La secuencia sísmica del 24 de junio último no solo provocó una de las mayores tragedias de la historia reciente en la Patria de Bolívar; también reabrió preguntas sobre la vulnerabilidad urbana, la memoria geológica y el futuro de una nación asentada sobre fallas activas
La tarde del 24 de junio de 2026 comenzó como cualquier otra en la costa central venezolana. En Caracas, miles de personas terminaban la jornada laboral. En La Guaira, el movimiento habitual de comercios, transporte y turistas marcaba el ritmo de una ciudad acostumbrada al Caribe. Nadie imaginaba que, en cuestión de segundos, el país entraría en una nueva etapa de su historia.
A las 6:04 p.m., la tierra se sacudió con una violencia que muchos compararon con el terremoto de Caracas de 1967. Apenas 39 segundos después, llegó un segundo golpe, aún más fuerte.
Los registros del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS, por sus siglas en inglés) identificaron magnitudes de 7,2 y 7,5 para ambos eventos, respectivamente. La secuencia se convirtió, de inmediato, en uno de los fenómenos sísmicos más inusuales observados en América Latina durante las últimas décadas. Reuters describió el episodio como el terremoto más fuerte registrado en Venezuela desde comienzos del siglo XX.
Días después, el balance seguía en aumento. Más de 2 500 personas habían perdido la vida, miles resultaron heridas y decenas de miles quedaron sin hogar. Las estimaciones preliminares indicaban, además, que cerca de 59 000 edificaciones sufrieron daños o colapsaron por completo.
Los terremotos dobles existen. La literatura científica los conoce como «terremotos doblete». Sin embargo, no son frecuentes.
En estos casos, dos rupturas de gran magnitud ocurren, casi de forma consecutiva, dentro de la misma región tectónica. La primera libera parte de la tensión acumulada. La segunda aprovecha el nuevo equilibrio de fuerzas y rompe otro segmento de la falla o una zona cercana.
Eso fue precisamente lo que ocurrió en varios estados de Venezuela.
Diversos análisis preliminares señalan que ambos sismos se originaron en una compleja red de fallas activas, asociadas al contacto entre la placa del Caribe y la placa Sudamericana. Esa frontera tectónica acumula tensión desde hace millones de años y ha producido algunos de los terremotos más destructivos de la historia venezolana.
Para la población, la diferencia entre un terremoto y dos resultó irrelevante. Lo que quedó grabado en la memoria colectiva es la sensación de que la tierra no se detuvo. Muchos edificios que resistieron el primer impacto, no soportaron el segundo.

Edificio derrumbado en Catia la Mar, Venezuela. Foto: El País
La imagen de Venezuela como país petrolero suele eclipsar otra realidad: se trata también de una nación sísmica.
La interacción entre la placa del Caribe y la placa Sudamericana genera deformaciones constantes a lo largo del norte del territorio nacional. Sistemas de fallas como Boconó, El Pilar y San Sebastián forman parte de una estructura geológica activa que atraviesa buena parte del país.
Los movimientos son lentos. Apenas unos pocos milímetros por año. Sin embargo, la energía acumulada durante décadas o siglos puede liberarse en cuestión de segundos. La historia venezolana ofrece ejemplos contundentes.
El terremoto de Caracas de 1812 permanece como uno de los más devastadores del continente. Ocurrió el Jueves Santo, en plena guerra de independencia. Las estimaciones históricas sitúan las víctimas entre 10 000 y 20 000 personas.
Aquel desastre destruyó ciudades enteras y dejó una profunda huella cultural. Durante generaciones, el evento se interpretó como un «castigo divino». La ciencia tardaría décadas en ofrecer una explicación diferente.
Más cerca en el tiempo, apareció el terremoto de Caracas de 1967. Con una magnitud cercana a 6,5, causó alrededor de 240 muertes y modificó para siempre los criterios de construcción en la capital.
En 1997, el terremoto de Cariaco volvió a recordar que la amenaza seguía presente. El sismo alcanzó magnitud 6,9 y provocó decenas de fallecidos.
Ahora, los terremotos del 24 de junio ingresan a esa misma lista histórica, aunque con una escala de destrucción superior.
Los daños visibles representan solo una parte de la tragedia. La geología suele desencadenar procesos secundarios que multiplican los efectos iniciales de un terremoto. Entre ellos, aparecen los deslizamientos de tierra y la licuefacción.
El investigador británico Dave Petley, especialista en riesgos geológicos, señaló, en la plataforma científica Eos, que ambos fenómenos tenían una alta probabilidad de ocurrencia, tras los terremotos venezolanos.
La licuefacción transforma, temporalmente, ciertos suelos saturados en materiales similares a un líquido. Cuando esto sucede, edificios, carreteras y puentes pueden hundirse o desplazarse.
Los deslizamientos constituyen otra amenaza importante en regiones montañosas como la cordillera de la Costa. Allí, las vibraciones sísmicas pueden desestabilizar laderas enteras. A ello se suma un problema urbano.
Numerosos expertos consultados por medios internacionales han señalado que, parte del parque inmobiliario venezolano presenta vulnerabilidades, asociadas a décadas de deterioro económico, mantenimiento insuficiente y aplicación desigual de normas constructivas.

Un hombre camina entre los restos de edificios derrumbados en La Guaira. Foto: El País
Cuando ocurre un gran terremoto, el evento principal rara vez marca el final de la crisis. Hasta el 3 de julio se habían registrado más de 400 réplicas en la región afectada. Algunas alcanzaron magnitudes suficientes para ser percibidas por la población y generar nuevas alarmas.
La explicación es sencilla. La corteza terrestre busca un nuevo equilibrio, después de una ruptura importante. Ese reajuste produce una secuencia de movimientos secundarios que puede extenderse durante semanas, meses o incluso años.
La mayoría de las réplicas resultan menores que el sismo principal. Sin embargo, pueden agravar daños estructurales existentes y dificultar las labores de rescate.
En Venezuela, los equipos de emergencia trabajan bajo esa amenaza constante.
Cada gran terremoto revive la misma pregunta: ¿era posible predecirlo? La respuesta continúa siendo negativa.
La sismología moderna puede identificar regiones peligrosas, calcular probabilidades y estimar escenarios de riesgo. No puede determinar el día, la hora ni la magnitud exacta de un futuro terremoto. Lo ocurrido en Venezuela ilustra esa realidad.
Los científicos conocían desde hace décadas la actividad tectónica del norte del país. Lo que nadie podía anticipar era que dos rupturas, de magnitud superior a siete, ocurrirían con apenas 39 segundos de diferencia. Aquí la lección científica apunta en la misma dirección de siempre: no predecir, prepararse.
Japón, Chile, y California, en Estados Unidos, han demostrado que las normas de construcción, los sistemas de alerta y la educación ciudadana reducen de forma drástica el número de víctimas durante eventos extremos.
La energía liberada por la naturaleza no puede detenerse. El impacto humano sí puede disminuirse. La historia de Venezuela ofrece ahora una nueva evidencia.
El 24 de junio de 2026 la tierra golpeó dos veces. La geología explica por qué ocurrió. La reconstrucción de esa nación determinará qué enseñanzas sobrevivirán cuando termine el ruido de las réplicas y el polvo desaparezca de las calles.
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Posición |
Año |
Lugar |
Magnitud estimada |
Muertes estimadas |
|
1 |
1556 |
Shaanxi, China |
~8,0 |
~830.000 |
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2 |
1976 |
Tangshan, China |
7,5–7,8 |
242.000–655.000 |
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3 |
2004 |
Océano Índico (Sumatra) |
9,1 |
~228.000 |
|
4 |
1920 |
Haiyuan, China |
7,8 |
~200.000 |
|
5 |
2010 |
Haití |
7,0 |
100.000–316.000 |
|
6 |
1923 |
Gran Kantō, Japón |
7,9 |
~105.000 |
|
7 |
1970 |
Áncash, Perú |
7,9 |
66.000–67.000 |
|
8 |
1755 |
Lisboa, Portugal |
8,5–9,0 |
~60.000 |
|
9 |
2005 |
Cachemira (Pakistán) |
7,6 |
~86.000 |
|
10 |
2008 |
Sichuan, China |
7,9 |
~69.000 |
*Fuentes históricas y compilaciones sísmicas coinciden en que Shaanxi (1556), Tangshan (1976) y el terremoto-tsunami del Índico (2004) encabezan la lista de los eventos con mayor mortalidad registrada.
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Posición |
Año |
Lugar |
Magnitud (Mw) |
Muertes estimadas |
|
1 |
1960 |
Valdivia, Chile |
9,5 |
~1.655 |
|
2 |
1964 |
Alaska, EE.UU. |
9,2–9,3 |
131–139 |
|
3 |
2004 |
Sumatra, Indonesia |
9,1–9,3 |
~228.000 |
|
4 |
2011 |
Tōhoku, Japón |
9,1 |
~19.700 |
|
5 |
1952 |
Kamchatka, Rusia |
9,0 |
Muy pocas o ninguna víctima reportada |
|
6 |
2010 |
Maule, Chile |
8,8 |
525 |
|
7 |
1906 |
Ecuador-Colombia |
8,8 |
~1.500 |
|
8 |
2025 |
Kamchatka, Rusia |
8,8 |
Sin víctimas mortales reportadas |
|
9 |
1965 |
Islas Rat, Alaska |
8,7 |
Muy pocos daños |
|
10 |
1950 |
Assam-Tíbet |
8,6 |
~4.800 |
*El terremoto de Valdivia, de 1960, sigue siendo el más potente, jamás registrado por instrumentos científicos. Liberó una energía gigantesca, generó un tsunami transoceánico y modificó el relieve de extensas zonas del sur de Chile.
*El terremoto de Alaska, de 1964, ocupa el segundo lugar. Con magnitud 9,2, duró más de cuatro minutos y produjo enormes tsunamis y deslizamientos, pero causó relativamente pocas muertes, debido a la baja densidad de población de la región afectada.
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Terremoto |
Magnitud |
Muertes aproximadas |
|
Valdivia, Chile (1960) |
9,5 |
~1.655 |
|
Alaska (1964) |
9,2 |
131–139 |
|
Haití (2010) |
7,0 |
100.000–316.000 |
|
Tangshan, China (1976) |
7,5 |
~242.000 |
|
Shaanxi, China (1556) |
~8,0 |
~830.000 |
*La tabla muestra una de las conclusiones más importantes de la sismología moderna: la magnitud no determina por sí sola el número de víctimas. Un terremoto moderadamente menor puede causar una catástrofe humana mucho mayor, si ocurre bajo una ciudad densamente poblada y con edificaciones vulnerables. Haití en 2010 es el ejemplo clásico. Un sismo de magnitud 7,0 causó muchas más muertes que los megaterremotos de Chile, en 1960, o Alaska en 1964.