Ya ha revisado el informe. Redactarlo le costó esfuerzo: lógico, tratándose de sus primeras experiencias, pero lo estudió con responsabilidad y cuidó hasta el último detalle de su exposición. Incluso, exploró aristas adicionales, previendo las preguntas sorpresa que pudieran surgir en esa primera visita de alto nivel que le tocaba asumir.
Llevaba dos meses al frente de la tarea, por esas serendipias de la dirección: el superior ascendido, el siguiente enfermo… y al final le correspondió responder —con entereza— al joven de 30 años. Menudo, con los pinchos hechos, pulóver y unas ganas de trabajar propias de la juventud.
Y entonces, el cubo de agua fría: «¿Él va a recibir a la visita? ¿Tan joven? ¿Quién responde por él?». Sin nada que alegar a quien de antemano asumía que un tercero tendría que responder por errores que aún no había cometido, sabiéndose minimizado, finalmente presentó los resultados. Como el trabajo estaba efectivamente hecho, nadie tuvo que «responder» por él, ni por su juventud, ni por sus logros.
Mucho se ha hablado de creer en los jóvenes que asumen cargos en las estructuras de dirección, inspirados en aquella reflexión de Fidel que depositaba toda su esperanza en las extraordinarias cualidades de los pinos nuevos. En la práctica, sin embargo, persisten residuos de desconfianza.
Muchos se sienten como el rey Euristeo, dispuestos a imponer 12 trabajos o pruebas imposibles a los jóvenes Hércules cubanos. «Cuando estén listos, tendrán su oportunidad», dicen, sin medir el impacto de esperar y esperar hasta que alguien decida señalarlos.
Lo que ignoran ciertos burócratas es que, mientras muchos de los ya probados caen en la complacencia de los años y la zona de confort, el joven en ocasiones entiende y asume la realidad con la energía necesaria para transformarla.
El día a día de Cuba impone dejar que los jóvenes respondan por sí mismos ante los errores que puedan cometer en su gestión. No son tiempos de entrenamientos agotadores que nos devuelvan cuadros cansados y agobiados por el camino recorrido para sentirse «preparados».
La formación de capacidades directivas no puede darse por lograda tras tareas desgastantes, como reducir al León de Nemea o a la Hidra venenosa. La experiencia es importantísima, pero no decisiva. Las condiciones actuales exigen experimentar nuevas fórmulas y renovar periódicamente las estructuras. Dejemos las 12 pruebas para la mitología, y a los jóvenes, que respondan ellos mismos por su trabajo.