Hace ya un tiempo que quería escribir sobre Ernesto. Fue la lectura de los titulares de nuestra prensa sobre el combate a las drogas lo que me recordó su historia, avivó mi rabia y finalmente lo hice.
A pesar de no creerme con el derecho a escribir u opinar —públicamente— sobre la vida de una persona, cercana pero no lo suficiente, lo haré, porque estremece la angustia que a veces se nos olvida que llevamos dentro.
Escuchar sobre adicciones me transportó a un recuerdo vívido: mi amiga, compañera de estudios en el primer ciclo de enseñanza, compartía conmigo, muy afligida, su reciente encuentro con Ernesto. Con una mezcla de tristeza y empatía, narraba cómo sospechaba que él había caído en ese mundo: «más que palabras, fue su mirada la que reveló la certeza de que algo no estaba bien; bastó con verlo para comprender que estaba consumiendo».
La conversación surgió como una interrupción cargada de urgencia. Con un cambio evidente en el tono y una expresión seria, ella lanzó una pregunta retórica: «¿Sabes quién está consumiendo “químico”?». Hasta entonces, el diálogo giraba en torno a temas distintos, pero de repente, ese recuerdo emergió, cambiando por completo el rumbo de nuestros argumentos.
Ernesto, en su situación de vulnerabilidad, llegó a pedir comida en aquella casa donde nos encontrábamos, pues en su hogar ya no era bien recibido. Las mentiras y el desgaste emocional habían superado la paciencia y el amor de una familia que lo había entregado todo por su bienestar.
Consciente de que había traicionado su confianza, aún quedaba la esperanza de encontrar refugio en la empatía y generosidad de alguien cercano, aunque esa realidad no dejaba de herir profundamente. La sensación de pérdida se hacía evidente, no solo por lo que había enfrentado, sino por lo que representaba para quienes aún lo recordaban con afecto.
Mientras escuchaba aquella historia, sentí una mezcla de sorpresa y tristeza al saber que aquel joven, que una vez dejó la formación militar para aspirar a ser médico como sus padres, había dejado atrás todas sus metas.
Aunque no éramos cercanos, habíamos compartido un espacio de aprendizaje y eso ocasionaba que la noticia resonara con más fuerza, como un recordatorio de lo frágiles que pueden ser los sueños cuando se toman rumbos inciertos.
Lamenté muchísimo que las noticias que tenía de aquel muchacho, luego de tanto tiempo, fueran, a mi consideración, aún más devastadoras que una muerte súbita o accidentada, y a mi mente vino la línea de una canción que hace unos cuantos años ya había formado parte de un spot televisivo con la intención de prevenir el consumo: «algo anda mal, adónde vas, corazón, adónde vas a parar».
Busqué quiénes eran los autores de aquella canción mientras cuestionaba la eficacia de los mensajes de bien público, las campañas y clases de Biología en las distintas enseñanzas, como herramienta de prevención y cuál es el mejor modo de comunicar los procesos de adicción y sus consecuencias.
No llegué a ninguna conclusión, pero lo que sí tengo claro es que consumir nunca es una buena decisión decisióny que, aunque dispongamos de todos los medios, la amenaza siempre está, retoña en cada generación, en cada inseguridad, en la necesidad de escape, en los que no ven televisión ni prestan atención a las clases de Biología o piensan que eso nunca les pasará porque ellos «sí saben cómo controlarse».
El ser humano suele vivir con la falsa ilusión de la inmunidad a los procesos, a las catástrofes, creyendo que nunca les pasará. En ese pensamiento, olvida que su propia humanidad es consecuencia del azar y las inevitables imperfecciones que forman parte de la vida.
No he sabido más de Ernesto, no he querido preguntar. Sentir las cosas muy de cerca siempre ha sido mi principal malestar. Espero no saber de ningún otro conocido que haya elegido ese camino, mientras ansío que su corazón encuentre la señal y se detenga.