Aquellas imágenes en redes sociales simulaban un cortometraje de zombis, pobre y decadente, al peor estilo cinematográfico de las películas de terror, pero una historia cruda y dura al fin.
Las escenas impactantes, estrambóticas, en ocasiones no las asociamos a la vida cotidiana. Nos resistimos a creer que la ciencia ficción, a veces, lleva implícita la horripilante sensación de los actos más bajos de la realidad.
Los zombis como personajes fílmicos no son de mi agrado. Debo admitir que nunca lo han sido. Caminan como especies idiotizadas, actúan entre los efectos del caos y simulan una metamorfosis inducida.
Siempre los he creído una especie ficticia muy poco verosímil que rasga lo educativo y abraza lo banal. Para gustos los colores, dicen por ahí. Sin embargo, estas líneas no vienen al caso para contraponer mi limitada visión sobre ese tipo de cine ni para influir en las preferencias de nadie.
Son los paralelismos con ciertas realidades los que nos duelen y, convencido estoy de que mortifican de impotencia a una inmensa mayoría. Los «zombis» llegan a ser también en la actualidad personajes reales, de carne y hueso, que difunden en la sociedad mediante los móviles lo inaceptable e intolerable.
Hace apenas unas jornadas me resistía a aceptar que los dos protagonistas de aquellas imágenes en redes sociales fueran un par de jóvenes en plena calle, tal vez con unos escasos 25 años de edad, bajo los efectos nocivos de la enajenación.
Aferrados a una columna para sostener sus pesos en pie, a duras penas, dos jóvenes sonreían delirantes con miradas difuminadas en el entorno citadino. Eran dos muchachos que estaban drogados a simple vista y alguien, quizá de su misma edad, los grababa de manera irresponsable, como si el acto fuera en sí una escena humorística.
¿Podrán acaso sacar risas la pena, el dolor y la droga? De vergüenza muere en ocasiones el mundo digital, y también aquellos que se aprovechan de las circunstancias para amplificarla en cada espacio de la virtualidad.
Hace apenas pocas horas, por ejemplo, vimos pasar en las redes (a veces antisociales), como suele describirlas el periodista Ignacio Ramonet, otra tragedia en tiempo real. El niño succionado por la alcantarilla de una calle habanera debido a las fuertes lluvias del lunes fue motivo de morbo. ¡Un niño, caramba, un niño!
Inevitablemente, al adentrarse uno en esa suerte de salvaje oeste digital, salía el video en primera opción. Era la tendencia del momento dentro de un mundo virtual desalmado. Lo más lamentable de todo, además del destino del pequeño, es que alguien se limitara a captar la escena con su móvil para luego compartirla como una aborrecible «primicia».
Así sucede hoy también con los efectos del denominado «químico», droga mil veces más destructiva y cara para la vida de cualquier persona que su precio para el consumo, la que ha llegado en formato de video a las redes sociales, a los populares grupos de «Compra y venta», con pasmosa impunidad. La plaga (el video) se comparte y replica mientras niños, jóvenes o adultos consumen las trágicas imágenes que nunca aceptaremos.
Ciertamente, el fenómeno crece en nuestro país. La «moda» de grabar a otros en estado de enajenación, drogados o con peligro para su vida sacude de vergüenza ajena. Las plataformas digitales deberían penalizar y quitar esos videos como mismo sucede con otros de carácter irrespetuoso que se comparten en el espacio virtual. ¿No es acaso ofensivo, irresponsable y cruel que alguien replique de forma atemporal un delito o que alguien comparta la muerte que se pudo evitar?
Seguirles el rastro a los que suben y copan las redes de escenas tan dantescas como oportunistas, debe asumirse en la Cuba de hoy con la misma entereza que no se tolera y se enfrenta en los barrios, las calles y la ciudad el trasiego indigno de la droga, o como se juzga a cualquier malhechor oportunista.
Las redes sociales no pueden representar para nuestros jóvenes el espacio para naturalizar un delito ni para burlarse de un fenómeno mucho más grave y de consecuencias nefastas para la vida de cualquier persona.
Jamás podemos asistir ni ser cómplices de la difusión de videos que solo enseñan cómo, poco a poco, se apaga la vida. De las drogas hay que hablar, cierto, pero educativamente, sin darles espacio a imágenes que tienen un trasfondo tan perverso.
Hay que referirse a estos hechos, sobre todo, pensando en la transformación y el futuro limpio. Las redes, como la vida misma, en su día a día, habrá que coparlas siempre del humanismo que nos ha caracterizado en el espacio físico. Que no falten el amor, el respeto, la sensibilidad. De lo contrario, tenemos que repudiar estos sucesos con la fuerza de un delito grave que merece ser juzgado.