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Dólar por dólar, su Presidente pone a Estados Unidos en crisis

Donald Trump, en el vértigo de su ambición, sigue imponiendo sanciones y aranceles a diestra y siniestra, e incluso amenaza con un «Día D económico» a Irán, que se desmorona aún antes de ponerlo en práctica y en Teherán aseguran que enmascara la crisis de la astronómica deuda de Estados Unidos

Autor:

Juana Carrasco Martín

Con un deuda pública récord de 40 billones de dólares, un presupuesto astronómico, sobre todo para el Pentágono, y departamentos similares dedicados a las guerras, precios crecientes en necesidades básicas del ciudadano común, mientras les recortan los impuestos a los multimillonarios, el ofuscado presidente Donald Trump no ceja en su empeño de atacar y amenazar a los demás con sanciones económicas y aranceles que, a la larga o a la corta, serán un boomerang para Estados Unidos y apunte cierto hacia su propia crisis.

En la semana precedente, el Departamento del Tesoro reconoció que cada cien días, la deuda va sumando mil millones de dólares, un desmentido cierto a la promesa de austeridad que hizo el mandatario cuando aspiraba a retornar a la Casa Blanca, como logró, pero donde ha roto esa y otras falsas ofertas.

El déficit presupuestario estadounidense es crónico y el incremento del endeudamiento de la todavía principal economía mundial, compromete también la estabilidad económica global, y en su segundo mandato, Trump no ha hecho más que aumentar el endeudamiento que ya había crecido en su primera estancia al frente de la mansión ejecutiva en Washington, donde, por cierto, también malgasta millones en eventos y remodelaciones reprobadas, como el controversial salón de baile que se empeña en construir tras derrumbar un ala de la Casa Blanca.

Y cuidado, además del sector público, también están endeudados los hogares, los bancos, el sector privado, lo que suman por ahora 115.5 billones de dólares, cifra equivalente al 360 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) del país.

Pero no es este el único anuncio trumpiano en la susodicha semana que señala problemas. Hablemos de dos de ellos: la imposición de 50 por ciento de aranceles a las importaciones que haga desde su vecino y socio Canadá, tras fracasar negociaciones comerciales; y el alarde que en su vértigo ambicioso ha hecho a la República Islámica de Irán amenazándola con un «Día D económico», que se desmorona aún antes de ponerlo en práctica y en Teherán aseguran que enmascara la crisis de la astronómica deuda de Estados Unidos.

Los anuncios teatrales, gesticulando a sus anchas como en las tácticas de reality show que utilizaba cuando era presentador del programa televisivo The Apprentice (El Aprendiz), y que hay que reconocer le valieron para llegar a la Casa Blanca en dos ocasiones, no tienen igual resultado para Trump, porque el resto del mundo no es tan creído como su fanaticada que le vota. Veamos ambas situaciones.

«EE. UU. está alterando todas sus relaciones comerciales», señaló el primer ministro canadiense Mark Carney, quien no se ha quedado de brazos cruzados ante la nueva andanada de su mal vecino estadounidense, negado a vivir en armonía porque prefiere los conflictos innecesarios.

«He decidido suspender las negociaciones comerciales con EE. UU. y he ordenado a los negociadores de Canadá que regresen a Ottawa», porque «los cambios de última hora en los términos propuestos por EE. UU. eran injustos, antieconómicos y ponían en entredicho la fiabilidad de cualquier acuerdo. A medianoche de hoy, EE. UU. tiene previsto imponer un arancel del 50 por ciento sobre aproximadamente 28 000 millones de dólares en bienes canadienses. Canadá igualará esos aranceles dólar por dólar para proteger a nuestros trabajadores y empresas», puntualizó Carney.

Trump, quien presenta su guerra arancelaria contra todos como medida «compensatoria» y de «independencia económica» frente a naciones que dice «saquearon y expoliaron» a Estados Unidos durante décadas, dispara en el caso de Canadá contra automóviles, productos lácteos y bebidas alcohólicas, aunque ladinamente deja fuera a productos del sector energético, potasa y minerales críticos. Sin embargo, no olvidemos que ya otros rubros de la producción canadiense estaban sancionados con aranceles como el acero, el aluminio, el cobre, camiones y otros vehículos destinados a la agricultura, madera y tablones.

En esta controversia muy seria entre Washington y Ottawa, llama la atención la frase de Carney, «dólar por dólar» que suena igual a «ojo por ojo, diente por diente» o «donde las dan, las toman», como diría mi abuela Rosario, tan apegada a dichos y proverbios de gran sabiduría.

Trump pierde y sigue atreviéndose contra Irán

Si no fueran tan serias las situaciones, también movería a risa la amenaza de Trump con el «Día D económico» para Irán, que de inmediato el ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, calificó de «terrorismo económico» que amenaza a la economía y la soberanía mundial, y afirmó también que es una cortina de humo que «enmascara la crisis de deuda de Estados Unidos y todos sus problemas financieros».

La fantasiosa pretensión del estadounidense, luego de estar más que demostrado que ha perdido la guerra que inició junto con su socio y cómplice de horrores Benjamín Netanyahu, pese a la destrucción y las muertes de civiles iraníes, la nación persa no ha cedido un ápice, se mantiene en pie, y sigue proponiéndole un acuerdo que le permita a Trump salir del atolladero.

Pero es tan empecinado que anunció contra Irán «la operación económica más devastadora jamás emprendida contra un país», prometiéndole «guerra económica y aislamiento a una escala sin precedentes», ese es su «Día D Económico».

Si lo vemos bien, es comparable a lo que Estados Unidos lleva haciendo durante casi 70 años contra una nación pequeña como Cuba, y que Trump con el mismo asesor de seguridad nacional, el susurrador Marco Rubio, ha intensificado con saña. Ha dicho también sobre Irán que cualquier país que permitiera a sus «instituciones financieras, empresas, aeropuertos o entidades gubernamentales» brindar un «salvavidas» a Irán se enfrentaría a «enormes consecuencias económicas», y, como era de esperarse, nombre los objetivos que según él son el contrabando de petróleo, las líneas de intercambio, las transferencias de efectivo, las casas de cambio, los registros de buques y las empresas fachada.

Otra risible pretensión ha ridiculizado a Trump en este capítulo de su ambición perniciosa, intentó presionar a China para que le apoyara en esa avisada guerra económica contra Irán, cuando el secretario del Tesoro, el multimillonario Scott Bessent, instó al gigante asiático a colaborar, mientras Trump hacia otro «chiste» en su publicación Truth Social: «Nadie le ha dado a la República Islámica de Irán una mejor oportunidad para llegar a un acuerdo que yo. Trágicamente, para ellos, no la han aprovechado».

Con la calma proverbial y sabiduría milenaria de su cultura, desde Beijing respondieron: «China siempre ha considerado que las acciones militares y las presiones económicas no permiten solucionar las controversias, sino que solo agravan las tensiones y pueden intensificar la situación».

El Presidente de Estados Unidos ha dicho: «Tenemos sanciones muy drásticas, y veremos qué sucede». Con esas tres palabras finales pudiéramos concluir, por ahora, este análisis, más nos supo bien lo que el presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, le dijo a los funcionarios de Washington, que «dejaran de esperar a que ese grupo de payasos sacara un conejo de la chistera», habida cuenta de que tras meses de la guerra que lanzaron el 28 de febrero, y el asesinato de los más importantes líderes iraníes, no han podido derrocar a su Gobierno, ni destruir su capacidad militar, ni eliminar el programa nuclear pacífico, ni reabrir el estrecho de Ormuz que Teherán cerró como respuesta a la agresión.  

Sí veremos qué sucede con este nuevo capítulo de un globalizado crimen de lesa humanidad.

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