Las ambulancias destinadas a salvar vidas en Gaza no han estado exentas de los ataques del régimen sionista. Autor: AFP Publicado: 17/08/2026 | 03:57 pm
NACIONES UNIDAS, agosto 17.— El número de trabajadores humanitarios asesinados en 2025 ascendió a 350, de los cuales 186 murieron en la Franja de Gaza y 71 en Sudán, según una información divulgada este lunes por la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) reproducida por el diario La Jornada.
«El año 2025 volvió a establecer un triste récord en materia de violencia contra los trabajadores humanitarios, con 907 miembros del personal humanitario asesinados, heridos o secuestrados», escribió la institución adscrita a la ONU en un comunicado.
Según estas cifras, procedentes de la base de datos del centro de investigación de referencia Humanitarian Outcomes, el balance de muertos es ligeramente inferior al del año 2024, durante el cual 377 trabajadores humanitarios fueron asesinados, la mayoría en Gaza.
Desde comienzos de 2026, otros 82 han sido asesinados, 97 heridos y 39 secuestrados en todo el mundo, prosigue la OCHA.
«Más de mil trabajadores humanitarios han sido asesinados en apenas tres años, y eso es totalmente inaceptable», declaró el responsable de las operaciones humanitarias de la ONU, Tom Fletcher.
«Pero el mero hecho de denunciarlo, aseguró Fletcher, no los protegerá. Los Estados deben hacer respetar el derecho internacional humanitario y utilizar todos los medios a su alcance para proteger a los civiles y a nuestros colegas. Y quienes infringen las normas deben afrontar las consecuencias».
La OCHA señala en particular que «la proliferación de drones armados baratos y adaptables es especialmente preocupante», ya que «permite que un número cada vez mayor de actores tenga acceso a una potencia letal».
Según una estimación del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) citada por newsdigitales.com, se calcula que existen actualmente alrededor de 130 conflictos armados en el mundo, más del doble que hace quince años. Algunos llevan décadas abiertos y otros involucran múltiples actores, grupos armados, ejércitos regulares y fuerzas extranjeras.
Cuantas más guerras existen, más difícil resulta trabajar en ellas. Pero el aumento de los conflictos explica solamente una parte del fenómeno. El problema más grave es otro: las normas que deberían limitar la violencia durante una guerra están siendo desafiadas o directamente ignoradas con creciente frecuencia.
El derecho internacional humanitario no supone que una guerra pueda convertirse en algo limpio o indoloro. Su lógica es bastante más elemental: incluso durante un conflicto armado existen límites. Los civiles deben ser protegidos. Los heridos deben recibir asistencia. Los hospitales no pueden ser atacados deliberadamente. Y quienes desarrollan tareas humanitarias deben poder realizar su trabajo.
Es justamente esa frontera la que comienza a mostrar grietas.
El CICR viene alertando sobre una erosión acelerada de las reglas de la guerra, acompañada por discursos que deshumanizan al adversario y por un espacio cada vez más reducido para la acción humanitaria neutral. La consecuencia termina siendo mucho más amplia que el riesgo que corre una organización internacional.
Cuando un convoy no llega, una comunidad puede quedarse sin alimentos. Cuando un médico abandona una zona porque su hospital fue atacado, cientos de personas pierden acceso a atención sanitaria. Cuando una organización suspende sus operaciones por razones de seguridad, quienes quedan aislados son los civiles.
Por eso, matar a un trabajador humanitario puede afectar indirectamente a miles de personas.
Existe además una imagen equivocada sobre buena parte de quienes realizan este trabajo. No todos son extranjeros enviados por grandes organizaciones internacionales ni profesionales que llegan durante algunas semanas a una zona de guerra.
Una enorme proporción de la asistencia depende de trabajadores locales. Son personas que viven en los mismos lugares donde estalla el conflicto. Tienen familia allí, conocen las carreteras, hablan los idiomas locales y continúan trabajando mientras sus propias casas y comunidades también están amenazadas.
En muchas crisis son ellos quienes hacen posible que la ayuda llegue hasta el último tramo. Su vulnerabilidad es también mayor. No terminan una misión y vuelven a otro país. Cuando finaliza la jornada, continúan viviendo dentro de la guerra.
Y no solamente enfrentan bombardeos.
Los trabajadores humanitarios pueden quedar expuestos a secuestros, ataques deliberados, fuego cruzado, restricciones de movimiento, detenciones y saqueos. También deben atravesar territorios en los que distintas fuerzas controlan apenas unos kilómetros y donde una ruta considerada segura por la mañana puede dejar de serlo horas después.
