El Bournemouth vivió una noche de ensueño ganando el primer partido europeo de su historia contra el actual campeón de la Copa del Rey. Autor: Diario As Publicado: 19/09/2026 | 01:05 pm
Hay debuts que se sueñan durante semanas y hay debuts que se convierten en pesadillas antes de que el reloj marque el primer cuarto de hora. El estreno europeo de Pellegrino Matarazzo en el banquillo de la Real Sociedad perteneció, sin remedio, a la segunda categoría. Anoeta, ese templo que esperaba una noche de ilusión continental, asistió atónito a un ejercicio de despropósito táctico y fragilidad emocional que dejó al equipo txuri-urdin contra las cuerdas antes del descanso. El técnico estadounidense, que había sorprendido con una defensa de cinco y dos carrileros de largo recorrido, vio cómo su experimento se desintegraba ante un Bournemouth directo, físico y cruelmente eficaz.
El guion de la primera mitad fue un monólogo británico disfrazado de dominio local estéril. La Real Sociedad tuvo el balón, sí, pero lo acarició sin profundidad, como quien sostiene un objeto valioso sin saber qué hacer con él. El Bournemouth, en cambio, no necesitó la pelota para golpear. En el primer zarpazo, Truffert sirvió desde la izquierda y Kluivert, habilitado por un Luken Beitia que rompió el fuera de juego, mandó el balón al fondo de la red. El VAR validó el tanto y el estadio enmudeció. Diez minutos después, un desajuste defensivo que nació de una imprecisión de Héctor Fort permitió a Tavernier conectar con Scott, cuyo centro al segundo palo encontró a Rayan para firmar el 0-2. El invento de cinco centrales, con piezas sin rodaje conjunto, se resquebrajaba por momentos. Tavernier estrelló un balón en la cruceta y el ambiente en Anoeta se tornó espeso, enrarecido, casi irrespirable.
Matarazzo tomó el camino del vestuario a toda prisa, consciente de que tenía quince minutos para reconstruir un equipo roto. Su rectificación fue inmediata: fuera Héctor Fort, dentro Gonçalo Guedes, y vuelta al 4-2-3-1 habitual. La Real Sociedad necesitaba un chispazo y lo encontró en una jugada de fortuna: Sergio Gómez puso un centro con música al área, nadie lo tocó, Sarr amagó y el meta Petrovic midió fatal la trayectoria. El balón botó y se coló pegado al palo. Había partido. Anoeta se encendió, Barrenetxea empezó a encarar sin cadena y Guedes daba la sensación de romper líneas cada vez que agarraba la pelota. El propio Matarazzo se contagió del ímpetu y actuó de recogepelotas en la banda para no perder ni un segundo.
Pero la alta competición no perdona. La Real Sociedad embotelló al Bournemouth, acorraló a los cherries en su área y dispuso de hasta tres ocasiones clarísimas para haber salvado los muebles. Pero, a esa hora, Oskarsson las falló todas. Primero, un centro tenso de Sergio Gómez que no acarició de milagro en el segundo palo. Después, una genialidad de Zakharyan que lo dejó solo ante Petrovic: controló, cruzó el remate abajo y el meta del Bournemouth sacó una mano prodigiosa. Y todavía en el minuto 90, a bocajarro, volvió a fallar.
La Real Sociedad murió en la orilla, pagando muy caro su nefasta primera mitad y una falta de puntería imperdonable. El debut europeo de Matarazzo, tan ilusionante en la previa, se tiñó de gris y dejó un golpe de realidad tremendo: en Europa, la falta de contundencia y la endeblez se pagan muy caro.
