Sorsano paró golpes y ripostó con la precisión de una máquina. Al final, terminó en plata. Autor: Abel Rojas Barallobre Publicado: 08/08/2026 | 02:18 pm
SANTO DOMINGO, República Dominicana.― La truper es una cuchilla de bolsillo muy segura y confiable. El mango es curvo y cuando se empuña, enseguida se amolda a la mano. Por el lado izquierdo tiene un botón. Lo aprietas y una hoja de acero inoxidable aparece con un ligero chasquido. Es una cuchilla muy buena para fines loables, pero en cuestiones oscuras puede ser un problema.
En esa última acepción y en un sentido simbólico, tal parece que los jueces del boxeo andaban con unas buenas trupers en las finales por el oro. O, al menos, el ambiente que dejaron anoche fue el de unas buenas cuchilladas o de decisiones con una alta carga de parcialidad. En la concreta, ese fue el sabor que quedó entre los asistentes extranjeros ante decisiones que favorecían a los locales.
En una noche, República Dominicana arrasó con todas las medallas de oro. No entendió de campeones olímpicos, mundiales, ni panamericanos. Mucho menos importó los protectores bucales que volaron de las mandíbulas de los quisqueyanos o las penalizaciones por meter cabeza o de constelaciones de puñetazos recibidos contra las cuerdas. Un verdadero poema.
El asunto se graficó con Cuba, que llevó tres boxeadores a discutir el oro. El primero fue Alejandro Claro en los 55 kilogramos frente al dominicano Javier Alcántara. Claro efectuó una esgrima, que lo acercó más a la filosofía de un francotirador. El primer asalto fue más bien técnico, donde ambos se midieron. Claro con una sonrisita desafiante de chico de barrio y Alcántara con el ceño fruncido. Pero en la segunda ronda, el espirituano comenzó una lluvia de puñetazos directo a la cara, que hizo mover la cabeza de los especialistas cuando se escuchó que la victoria era para el dominicano por una votación dividida.
Tocó el turno a Yusnier Sorsano en los 70 kilogramos. Su oponente, Ricardo Cuello, se vio ante la agonía de una defensa que no lo dejaba entrar, para luego sentir la impotencia de recibir golpes sin poder casi ni ripostar. Por momentos su cara era de angustias, pese a un público que rugía a su favor. Esa expresión se acentuó cuando intentó un ataque sobre el abdomen del cubano y lo que encontró fue un hombre que, con gestos precisos de los brazos, casi como una máquina, le paró todos los golpes para luego arremeter con furia. Por momentos, Cuello echó mano a un recurso discutido: meter la cabeza. El árbitro le llamó la atención varias veces, incluso fue penalizado y convocado al combate ante un vendaval de golpes que no bajaron el ritmo, ni siquiera cuando Cuello dio un golpe afortunado que abrió ligeramente la carne sobre la ceja izquierda del cubano. Más bien fue una invitación para recibir más puñetazos. El resultado. Cuello vencedor por una decisión dividida, que tuvo como nota la votación 3-2 en el primer round a favor del quisqueyano luego de recibir una ronda inicial de cañonazos que lo pusieron contra las cuerdas.
Llegó el turno para los 90 kilos, y al ring entraron el cubano Julio César la Cruz y el dominicano Cristian Pinales. La Cruz se conoce por su estilo clásico: luchar con la guardia baja, poniendo la cabeza de señuelo para retirarla con rapidez y responder directo al rostro del contrario.
Fue una esgrima que hizo bajar los decibeles de la afición y donde el rostro de Pinales mostraba su desconcierto por atacar y encontrarse con el vacío. Su madera y vergüenza de luchador lo hicieron ir al frente y arremetió varias veces en embestidas que hicieron resbalar a La Cruz, o a ambos, en medio de los alaridos del público.
Solo que el boxeo es marcar y no embestir, por muy llamativo que sea el acto, y La Cruz le siguió la medida con calma, quizá más confiado en la frialdad de un combate técnico y su acumulación de puntos, que en un ataque frontal.
El saldo fue a lo Poncio Pilatos: decisión dividida de los jueces, que le dio victoria a Cristian Pinales.
Así, Dominicana se mantuvo invicta para erigirse en la monarca absoluta del boxeo regional. Es posible que a los cubanos, con la excepción de Sorsano, se les deba señalar el apego a un tipo de lucha más fría y menos intensa. Más apegada a los puntos y no a la contundencia. Por momentos, sus seguidores añoraron los piñazos de Teófilo Stevenson y Roberto Balado, y más ante una afición intensa que, como quiera que sea, influye o pesa a la hora de tomar decisiones.
Sin embargo, es posible que el problema arbitral se hiciera más palpable en el encuentro del venezolano Diego Pereyra contra Noel Pacheco, de República Dominicana, en la final de los 80 kilogramos. Pereyra, sencillamente, se lo comió a piñazos. Le dio jabs y ganchos como quiso, y dos veces le sacó el protector bucal, que salió volando como un objeto negro sobre el ring. En la última de las despedidas bucales, Pacheco se quedó desconcertado, con los brazos caídos y recibiendo una tunda de derecha a izquierda, directo al rostro. El árbitro lo salvó de algo peor. No satisfecho o, a lo mejor, a sabiendas de que es mejor andar sobre lo seguro, Pereyra se le encimó contra la esquina derecha del ring y repitió la metralla de golpes con saña, como para que no olvidaran la despedida. Votación final de los jueces: decisión dividida, victoria para el dominicano.
Así se acabó el boxeo, con sus alegrías, sus dudas y la certeza de que combates en escenarios difíciles y aficiones apasionadas, el sello del ganador se tiene que imponer desde los primeros momentos y sin muchos márgenes a la discusión. Mientras tanto, para futuros eventos, no estaría de más recomendar a los organizadores que ubicaran un detector de metales en las puertas del recinto, para poder detectar mejor las cuchillas de un árbitro.
