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El canguro cae a la altura del punto penal

En el AT&T Stadium de Dallas, el sueño australiano se estrelló contra el punto de penalti. Egipto, con la sangre fría de los elegidos, firmó su primera victoria en una eliminatoria mundialista al imponerse 4-2 en la tanda tras un 1-1 que tuvo de todo

Autor:

Ruben Darío García Caballero

 

El fútbol eligió el AT&T Stadium de Arlington como escenario para escribir uno de sus capítulos más caprichosos. 80.000 almas, muchas de ellas teñidas de verde y oro, otras de rojo y blanco, se apretujaron en el coloso tejano para presenciar un duelo de titanes menores, de esos que no están en las quinielas pero que se instalan en la memoria para siempre. Australia, el canguro que había saltado más alto de lo esperado, y Egipto, los faraones que llevaban décadas esperando su momento, se enfrentaban por un lugar en la historia.

Los primeros compases fueron un espejismo. Australia, como un boxeador que estudia a su rival, golpeó primero con la velocidad de un rayo. Cristian Volpato conectó un disparo desde la distancia que se estrelló contra el larguero, un aviso que hizo vibrar el marco como una campana de iglesia. Pero Egipto, con la paciencia de quien ha aprendido a esperar, no se inmutó. Y en el minuto 13, la primera estocada llegó con la firma de Emam Ashour. Karim Hafez colgó un centro desde la derecha, preciso como un bisturí, y Ashour, como un depredador acechando en el área pequeña, cabeceó a la red. Era el primer golpe. Era el 1-0. Egipto soñaba.

Pero el fútbol, caprichoso, no entiende de guiones lineales. Australia, herida pero viva, reaccionó con la energía de quien no tiene nada que perder. Y en el minuto 55, llegó el giro de guion. Aiden O'Neill, desde un costado, ejecutó una falta que se coló en el área como una serpiente. Mohamed Hany, el defensor egipcio que ya había firmado un autogol ante Bélgica, intentó despejar y, en un movimiento desafortunado, introdujo el balón en su propia portería. El 1-1 era un mazazo, pero también una lección: el fútbol, a veces, escribe sus propios poemas con tinta de fatalidad.

El partido, entonces, se convirtió en una batalla de resistencia. Australia, empujada por la fe de su afición, buscó el segundo con la desesperación de quien sabe que el tiempo se agota. Pero enfrente estaba Patrick Beach. El portero australiano, con 22 años y una mirada de veterano, se convirtió en un muro de contención. Primero, detuvo un cabezazo de Rami Rabia en el tiempo añadido, una parada que mereció una ovación en cualquier teatro del mundo. Luego, en la prórroga, volvió a negar el gol a Egipto con reflejos felinos. Beach era el héroe, el hombre que mantenía vivo el sueño australiano.

La prórroga fue un ejercicio de agonía. Egipto, con Mohamed Salah como faro, intentó desequilibrar, pero el capitán, que había entrado con una lesión en el tendón de la corva, no estaba al cien por cien. Falló un disparo a bocajarro en el tiempo extra, un error que, en cualquier otra noche, habría sido imperdonable. Australia, mientras tanto, se aferraba al empate como un náufrago a su tabla. El partido, inevitablemente, se fue a los penales.

Y entonces, el drama alcanzó su cénit. Tony Popovic, el técnico australiano, tomó una decisión que pasará a la historia: sustituyó a Beach, el héroe de la noche, por Mathew Ryan, un veterano de 34 años con experiencia en los penales. La apuesta, que recordaba a la de Van Gaal en 2014, salió mal. El central Harry Souttar lanzó el primer penal por encima del larguero. Fue un golpe devastador, un presagio de lo que estaba por venir. Mahmoud Saber, Rami Rabia y Mohamed Salah, con un penalti a lo Panenka, no fallaron. Australia, con Jackson Irvine y Awer Mabil, mantuvo la esperanza. Pero Lucas Herrington, el joven de 18 años, estrelló su disparo en el larguero. Y entonces, Hossam Abdelmaguid, con la sangre fría de un asesino a sueldo, ejecutó el penal decisivo. Era el 4-2. Era la clasificación. Era la primera victoria de Egipto en una fase eliminatoria de un Mundial.

El pitido final encontró a los jugadores egipcios abrazados en el centro del campo, con lágrimas de alegría y la certeza de que habían escrito la página más gloriosa de su historia. Australia, en cambio, se despidió con la cabeza gacha, con el sabor amargo de una oportunidad perdida. El canguro, que había saltado más alto de lo esperado, cayó a la altura del punto penal.

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