Roberto Mancini regresa a la dirección de la Selección Italiana de Futbol para intentar salvar a un gigante en crisis. Foto tomada de FIGC Autor: Juventud Rebelde Publicado: 29/07/2026 | 01:48 pm
Hay momentos en que la historia de un deporte se detiene, se queda en suspenso, y el fútbol italiano lleva años viviendo en esa pausa interminable. Cuando parecía que el fondo ya había sido tocado —tres Mundiales consecutivos mirándolos desde el sofá, la camiseta azul desteñida por la ausencia— la Federazione Italiana Giuoco Calcio encontró un sótano más hondo al que descender. Lo que debía ser la reconstrucción, el renacimiento de una tetracampeona del mundo, se ha convertido en una ópera buffa: un mes de caos, dieciséis días de directivos fugaces, y una leyenda descartada por el fantasma de una casa de apuestas rusa.
El sueño comenzó con ambición desmedida. Paolo Maldini y Leonardo, dos nombres que pesan como losas de mármol en la historia del calcio, asumieron sus cargos el 11 de julio con la misión de devolver el esplendor a la Azzurra. Su primera jugada fue tan audaz como ingenua: convencer a Pep Guardiola. El catalán dijo no. Luego llamaron a Carlo Ancelotti. También dijo no. Agotada la vía de los consagrados, Maldini miró hacia atrás, hacia un viejo compañero de mil batallas en el Milan, y apostó por Andrea Pirlo. El genio de la melena revuelta, el hombre que en 2006 levantó el Mundial y en 2021, desde la distancia, vio a sus sucesores ganar la Eurocopa. Era la apuesta del corazón, la del romántico que cree que los héroes pueden volver a casa.
Pero el destino, cruel como siempre con los italianos, tenía otras páginas escritas. Pirlo, que entrenaba en Dubái y era embajador global de Fonbet, una casa de apuestas rusa, se convirtió en blanco de críticas políticas cuando su vinculación con el patrocinador salió a la luz. El presidente de la FIGC, Giovanni Malagò, frenó la operación en el último instante. «La involución del candidato Pirlo me obligó a no apoyarle», declaró Malagò, asumiendo la responsabilidad de haber detenido el proceso. Y entonces, como un castillo de naipes que se derrumba con el viento, Maldini y Leonardo presentaron su renuncia. Habían durado dieciséis días. Dieciséis días para que el proyecto más ilusionante del fútbol italiano en años se convirtiera en cenizas.
La Azzurra quedó acéfala, huérfana de director técnico, de seleccionador y de rumbo. Pero el fútbol, como la vida, no admite vacíos. El martes, con la urgencia de quien apaga un incendio con lo primero que encuentra, Malagò anunció el regreso de Roberto Mancini como seleccionador y la llegada de Claudio Ranieri como director técnico. Mancini, el hombre que conquistó la Eurocopa 2021 en Wembley, vuelve al banquillo que dejó en 2023 para irse a Arabia Saudita. Ranieri, el artesano del Leicester, asume la dirección deportiva que Maldini dejó vacante. Son nombres de peso, sí, pero también son parches sobre una herida que sangra desde 2014, cuando Italia disputó su último Mundial. Son la expresión de una federación que no sabe mirar hacia adelante y prefiere mirar hacia atrás, hacia los viejos conocidos, hacia los que ya estuvieron.
Y mientras todo esto sucede, el aficionado italiano mira el calendario y se pregunta: ¿qué ha sido de aquella selección que en 2021 hizo soñar a toda Europa? La respuesta está en el ruido de las renuncias, en el silencio de Pirlo en Instagram, en la imagen de Maldini cerrando la puerta tras de sí. El fútbol italiano no atraviesa una crisis: es la crisis misma, un laberinto sin salida donde cada intento de reconstrucción termina en un nuevo derrumbe. Como escribió un periodista estos días, la Azzurra demuestra que siempre se puede estar peor. Y el problema, quizás, no es quién se sienta en el banquillo, sino que el banquillo mismo parece estar maldito.
