Colombia y Portugal ofrecieron un partidazo en el cierre del grupo K. Autor: Tomada del diario Sport Publicado: 29/06/2026 | 12:22 am
El Hard Rock Stadium de Miami se vistió de gala para recibir a dos pesos pesados, pero el marcador, traicionero como siempre, decidió contar otra historia. Porque el 0-0 que selló el Grupo K fue, paradójicamente, uno de los partidos más intensos y vibrantes de toda la fase de grupos. Colombia y Portugal no especularon, no se guardaron nada.
Durante 90 minutos de sofocante humedad en Florida, los 37 disparos totales —24 de Colombia, 13 de Portugal— convirtieron la noche en un tiroteo de alto voltaje. El fútbol, ese artefacto narrativo que a veces se empeña en contradecir la lógica, decidió que el gol no era bienvenido.
Colombia fue un vendaval. Los Cafeteros, que ya tenían asegurada la clasificación, no salieron a especular. Salieron a devorar. James Rodríguez, con la chistera más llena que nunca, manejó los hilos del centro del campo con la autoridad de un director de orquesta. Jhon Arias, incansable por la derecha, se convirtió en una pesadilla recurrente para la defensa portuguesa. Y Jefferson Lerma, como un toro de lidia, atravesaba líneas con una osadía que recordaba a otros tiempos.
Pero enfrente estaba Diogo Costa. El portero del Oporto, providencial bajo palos, sacó remates de Lerma, de Arias, de Luis Javier Suárez. Una, dos, tres veces. Su figura se agigantó con cada intervención, como un muro que se niega a caer.
Portugal, por su parte, fue un espejismo. Un equipo roto, con demasiado espacio entre sus líneas. Cristiano Ronaldo, el hombre que ha construido su leyenda a base de récords, pasó desapercibido. Aislado, sin balones, como una isla perdida en el océano. Bruno Fernandes intentó poner orden, Vitinha fue irreconocible, y Joao Félix hizo la guerra por su cuenta. Roberto Martínez movió fichas, pero ninguna encontró la tecla. Portugal no funcionó en sala de máquinas, y su fútbol se resintió.
El drama llegó en el tiempo añadido. Juanfer Quintero, con la precisión de un cirujano, colgó un centro perfecto al segundo palo. Davinson Sánchez se elevó, cabeceó y el balón besó la red. La grada estalló. Pero el VAR, ese juez implacable, mostró la imagen que lo cambiaba todo: el dedo gordo del pie de Sánchez estaba milímetros por delante de la línea. Un fuera de juego de centímetros. Un gol anulado por la punta de una bota. Si hubiera usado un número menos de zapato, Colombia habría ganado.
El 0-0, sin embargo, fue un premio para ambos. Colombia, con siete puntos, se llevó el liderato del Grupo K y un cruce ante Ghana en dieciseisavos. Portugal, con cinco, terminó segundo y se enfrentará a Croacia, con el fantasma de España acechando en octavos. Pero en la memoria de Miami quedará otra cosa: la noche en que el fútbol fue tan bueno que no necesitó goles.
Los 37 disparos, la intensidad, el espectáculo. Porque a veces, el 0-0 no es un aburrimiento. Es una declaración de principios. Y en el Hard Rock Stadium, el fútbol ganó, aunque el marcador dijera lo contrario.
