España se llevó la gran decepción de la primera jornada tras empatar a cero con la debutante Cabo Verde. Autor: Tomada de As Publicado: 16/06/2026 | 08:03 am
Hay fechas que el calendario futbolístico convierte en profecías. Aquel 15 de junio de 1958, en la Copa del Mundo de Suecia, se produjo una rareza estadística que los anales del fútbol guardan con celo: cuatro empates en una misma jornada. Sesenta y ocho años después, el calendario, caprichoso y matemático, quiso repetir la hazaña. El 15 de junio de 2026 pasará a la historia como el día en que el fútbol mundial decidió firmar una tregua. Cuatro partidos, cuatro empates. Una jornada para el archivo.
Todo comenzó al mediodía, cuando la Roja saltó al Mercedes-Benz Stadium de Atlanta como la gran favorita del Grupo H, con Lamine Yamal, desde el banquillo, como estandarte de una generación que promete reinar. Cabo Verde, debutante absoluto en Copas del Mundo, era el sparring ideal para un estreno con ritmo de vals. Sin embargo, el balón rodó y la lógica se quedó en el vestuario. España dominó, tocó y acarició el área rival con la insistencia de un enamorado que no encuentra la palabra precisa. Pero el gol, como un amante esquivo, nunca llegó. Cabo Verde, bien plantado y con la fe de quien no tiene nada que perder, se llevó un punto histórico que supo a oro. Para España, el 0-0 fue un jarro de agua fría, un recordatorio de que en los mundiales los favoritismos se escriben con tinta invisible.
En el Lumen Field de Seattle, Bélgica y Egipto protagonizaron el segundo capítulo de esta jornada de equilibrios. Los belgas, con su constelación de estrellas envejecidas pero aún brillantes, veian en sus narices como un cumpleañero Mohamed Salah servía la asistencia del primer gol del partido. Los diablos rojos cayeron en la monotonía, y tuvo que ser un casi incombustible Romelu Lukaku quien saliera desde la banca y propiciara el autogol que firmara las tablas. La posesión, esa estadística que tantas veces engaña, fue belga; la resistencia, egipcia. Y el marcador, un espejo de la igualdad.
En el sur de la geografía americana, el Hard Rock Stadium de Miami fue testigo de la remontada más intensa de la jornada. Arabia Saudita, fiel a su estilo de bloque bajo y transiciones rápidas, golpeó primero. Abdulelah Al Amri, con un disparo desde el corazón del área tras un mal rechazo de Muslera, enmudeció a los miles de uruguayos que poblaban las gradas. Fue un mazazo en el minuto 41, justo cuando la Celeste de Marcelo Bielsa parecía despertar de su letargo. La primera parte de Uruguay fue casi irreconocible: imprecisa, lenta, falta de intensidad. Pero en el segundo tiempo, la garra charrúa emergió como un volcán dormido. Maximiliano Araújo, atento a un rebote tras un cabezazo de Matías Viñas, igualó el marcador en el minuto 80 y encendió la ilusión de la remontada. Uruguay asedió, acorraló, lo intentó por tierra y por aire. Pero enfrente estaba Mohamed Al Owaiss, el portero saudita convertido en muralla, que detuvo los disparos de Brian Rodríguez y Federico Valverde en los minutos finales. Un 1-1 que supo a derrota para los sudamericanos.
Y llegó el plato fuerte más inesperado de la copa. En el SoFi Stadium de Los Ángeles, Irán y Nueva Zelanda ofrecieron el espectáculo más vibrante de la jornada. Nueva Zelanda, la cenicienta del Grupo G, golpeó primero con un tanto de Elijah Just al minuto 7. Irán, empujado por una afición californiana que tiñó de verde el estadio, reaccionó con un golazo de Ramin Rezaeian, que firmó el 1-1 con la cara externa del botín. En el segundo tiempo, los All Black volvieron a adelantarse: Just, otra vez, puso el 2-1 tras una transición rápida liderada por Chris Wood. Pero Irán, con la garra de quien no se rinde, encontró el empate definitivo en un cabezazo de Mohammad Mohebbi que se estrelló en el poste antes de besar la red. El 2-2 fue un carrusel de emociones, el partido con más goles de la jornada, y dejó a ambos equipos con un punto que, en el fondo, supo a victoria moral.
Cuando el árbitro César Ramos Palazuelos pitó el final del último partido, el mundo del fútbol respiró hondo. Cuatro partidos, cuatro empates. Un fenómeno que no se veía desde aquel 15 de junio de 1954.
Y es que el fútbol, en su infinita sabiduría, nos recordó que la igualdad también puede ser un espectáculo. Que el 0-0 puede ser tan intenso como un 2-2. Que la épica, a veces, no necesita un ganador. Solo necesita que el balón ruede y que el cronómetro, caprichoso, decida que hoy no hay vencedores. Solo firmantes de una tregua universal.
