Nos ha dicho adiós uno de los grandes-grandes del béisbol cubano de todos los tiempos, el matancero Lázaro Junco. Autor: Ares Publicado: 07/06/2026 | 01:16 am
Nos ha dicho adiós uno de los grandes-grandes del béisbol cubano de todos los tiempos, el matancero Lázaro Junco. Grande en estatura, en números deportivos, en amistad y sencillez. Luego de admirarlo por mucho tiempo por su disciplina y largos batazos, tuve la oportunidad de conocerlo en persona y compartir con él —y muchas otras figuras de nuestro deporte nacional—, gracias al programa Béisbol de siempre, que realicé por algunos años, junto a los amigos Yaser Porto e Ismael Sené, grandes conocedores de la pelota cubana e internacional.
También debo inolvidables momentos de diversión e intercambio profesional a la dirección del museo y salón de la fama del béisbol matancero y los amigos de Artex, particularmente, la ACAA de la Atenas de Cuba.
Hago toda esta introducción porque, lejos de homenajear a «Papá jonrón», destacando sus formidables números, —como su histórica marca de ser el primer pelotero en llegar a 400 cuadrangulares en los campeonatos de nuestro país—, les contaré una anécdota que guardaba para si un día escribo mis memorias, pero creo que no habrá mejor momento, ni manera, de decirle hasta siempre a tan insigne atleta.
Hace unos años, cuando estaba en el boom el equipo de Los Cómicos, cuajado de importantes figuras del humor cubano, comandadas por el extrovertido y popular Otto Ortiz, fuimos convidados a celebrar un partido, en el legendario parque yumurino Palmar de Junco, contra un equipo conformado por algunos veteranos, estrellas de la pelota matancera, miembros de Artex y del Museo-Salón. Se celebraba un aniversario más del «estadio de béisbol activo más antiguo del mundo», y jugaríamos sobre su grama: doble honor para nosotros.
Yo no era, ni soy, estrella del humor cubano. Tampoco Julio, un carismático lanzador, conocido por El zurdo, que es de esa gente llena de dicharachos y «sentencias», al estilo del destacado receptor de los Yanquis, Yogui Berra, salvando las distancias, pero con igual estilo. Una de las reflexiones más conocidas de mi amigo Julio fue aquella en la que afirmaba que prefería jugar softball porque hacía menos sol que en la pelota.
Esa tarde conformábamos la batería defensiva de Los Cómicos. Julio era el pitcher y yo el receptor (al bounce) detrás de home. Cuando tocaba el turno a Lázaro Junco, Julio me llama al box y me pregunta: «JAPE, tú que los conoces, ¿qué le tiro a este puro? ¿Se la pego o le lanzo afuera? Yo volteé mi cabeza, miré hacia home y vi a Junco haciendo swings en el cajón de bateo, con aquella tranquilidad que siempre lo identificaba. Miré a Julio, y sin pensarlo dos veces le dije: «Tírala por donde quieras, de igual forma, te va a dar jonrón». Apenas unos segundos después, la pelota volaba por encima de la cerca del jardín izquierdo.
