Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Cuando en el grupo de la muerte ganó la pura vida

En los campos de Brasil, donde el fútbol se escribe con tinta de samba y grandeza, un pequeño país centroamericano decidió cambiar su destino con una sonrisa

Autor:

Ruben Darío García Caballero

Cuando el destino, ese bromista incorregible, depositó a Costa Rica en el Grupo D del Mundial Brasil 2014 junto a tres campeones del mundo —Uruguay, Italia e Inglaterra—, el mundo del fútbol dictó sentencia con la frialdad de un juez sin alma. Eran, según todas las crónicas, el «patito feo», la comparsa, el relleno de un grupo diseñado para que los gigantes se repartieran los boletos a la gloria. Pero aquellos muchachos vestidos de rojo no sabían de complejos; llevaban en el pecho una filosofía de vida, el «pura vida» que era mucho más que un lema: era un talismán contra la adversidad. En su debut ante Uruguay, cuando los charrúas aún saboreaban el recuerdo de Sudáfrica 2010, Joel Campbell destrozó la defensa con un gol antológico, una diana después de un control de ensueño, y abrió una herida por la que se coló toda la esperanza de un país. El 3-1 final no fue un accidente; fue la primera página de un cuento que nadie se había atrevido a imaginar. 

El segundo acto se escribió con la tinta de la épica más pura. Frente a la Italia de Pirlo y Balotelli, los ticos tejieron una tela de araña defensiva que convirtió a los azzurri en mariposas atrapadas en un cristal. Bryan Ruiz, el capitán de perfil delicado y alma de acero, cabeceó un centro con la suavidad de quien deposita un pétalo en un lago y el balón, describiendo una parábola imposible, se coló en la red ante la mirada incrédula de Buffon. Era el gol de un obrero del fútbol, un tanto que valió por un boleto a los octavos de final y que, de paso, eliminó a Inglaterra sin que los británicos pudieran siquiera protestar. Keylor Navas, mientras tanto, se erigía en un muro infranqueable, un portero con reflejos de felino que detenía los disparos rivales con la misma naturalidad con que las olas del Pacífico acarician las costas de Guanacaste.

Llegó entonces la noche de Recife, un tobogán de emociones que dejó a Costa Rica al borde del infarto y de la historia. Ante Grecia, los centroamericanos se adelantaron con otro tanto de Ruiz, pero una expulsión y un gol heleno en el minuto 91 convirtieron el sueño en pesadilla. Durante treinta minutos de prórroga, Costa Rica resistió con diez hombres como quien sujeta una vela en medio de un huracán, con Keylor Navas convertido en un santo milagrero que sacó manos donde solo había aire. En la tanda de penales, el portero del Levante voló para detener el lanzamiento de Gekas, y acto seguido, Michael Umaña —un defensor que había llegado al Mundial entre dudas— mandó el balón al fondo de la red para desatar la locura de un país entero. Aquella noche, Umaña no solo convirtió un penal: inscribió su nombre en la eternidad.

El último baile, ante la Holanda de Robben y Van Persie, fue una sinfonía de resistencia y un canto a la dignidad. Durante 120 minutos, Costa Rica soportó un bombardeo de fútbol como quien aguarda estoicamente una tormenta tropical, con Navas multiplicándose en goles cantados que nunca llegaron a su red. Costa Rica empató 0-0 con Holanda mientras el mundo entero se frotaba los ojos ante la hazaña de aquel pequeño David frente al Goliat naranja. Pero en la ruleta de los penales, el destino —o la astucia de Louis van Gaal, que introdujo a Tim Krul solo para la tanda— decidió que el cuento de hadas no tendría final feliz. Costa Rica cayó de pie, sin haber perdido un solo partido en el tiempo reglamentario, dejando tras de sí un reguero de respeto y admiración que valía más que cualquier trofeo.

Porque aquella selección, la del «pura vida» y el corazón indomable, no solo superó un grupo de la muerte: lo transformó en un jardín de sueños. Demostró que en el fútbol, como en la vida, no importa el tamaño del país ni el peso de la historia, sino la fe inquebrantable de once guerreros dispuestos a escribir su propia leyenda. Y aunque el vuelo de Keylor Navas no alcanzó para detener el último penal, aquel equipo ya había conquistado para siempre el alma de quienes creen que los milagros, a veces, también se visten de corto y se juegan sobre el césped.

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