Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

La Copa se tiñó de blanquiazul

En una final no apta para cardíacos, la Copa del Rey se tiñó de azul y blanco con la cuarta corona de la Real Sociedad de San Sebastián

Autor:

Ruben Darío García Caballero

Este sábado no hubo fiesta en Neptuno, como se podía pensar después de una semana tan soñada en el feudo rojiblanco. No hubo fuegos artificiales en los márgenes del Manzanares. Este sábado fue fiesta en Anoeta, porque la Copa habló en vasco, porque en la playa de la concha San Sebastián se volvió a cantar la canción más bonita del mundo.

La final de la Copa del Rey comenzó con un guion que nadie esperaba. Apenas habían pasado 14 segundos desde el pitido inicial cuando Ander Barrenetxea, tras un centro de Gonçalo Guedes, batió a Musso para firmar el gol más rápido en la historia de las finales de Copa. El Atlético, aturdido, tardó en reaccionar; pero lo hizo al filo del primer cuarto de hora: Lookman, tras una asistencia de Griezmann, empató con un disparo cruzado que silenció momentáneamente a la marea txuri-urdin.

Sin embargo, la Real no se amilanó. En el tiempo añadido de la primera parte, un penalti por una salida imprudente de Musso sobre Guedes lo transformó Oyarzabal para devolver la ventaja a los donostiarras. La segunda mitad fue un ejercicio de resistencia vasca, con un Atlético volcado que encontró el premio en el minuto 83 gracias a un zurdazo impecable de Julián Álvarez que forzó la prórroga. El 2-2 ya olía a eternidad, a ese aroma de las finales que se deciden desde los 11 metros.

Y llegó la tanda. El héroe inesperado fue Unai Marrero, un canterano de 24 años que se vistió de leyenda. Detuvo los lanzamientos de Sørloth y Julián Álvarez, los dos primeros de la serie, dejando el camino allanado para que Pablo Marín, otro chaval de la casa, anotara el penalti definitivo. Marrero, incrédulo, confesó después: «El chico que soñaba de pequeño ha cumplido un sueño». Era la cuarta Copa de la Real, la primera que podía celebrar con su gente tras la atípica de 2021, y llegaba de la mano de un técnico estadounidense, Pellegrino Matarazzo, que en apenas cuatro meses ha pasado de luchar por la permanencia a grabar su nombre en la historia del club.

Los paralelismos con 1987 son tan asombrosos que parecen sacados de un libro de realismo mágico. Aquella final, también contra el Atlético, también en empate a dos y también resuelta en la tanda de penaltis, es el espejo en el que se mira esta generación. Entonces, en La Romareda, Luis Arconada fue el héroe; ahora, Marrero ha recogido su testigo. Incluso, el guion del partido guarda semejanzas: un gol tempranero, una remontada rojiblanca frustrada y la gloria desde los 11 metros. La historia, caprichosa, ha querido que la Real vuelva a reinar 39 años después siguiendo el mismo libreto. No es casualidad que los aficionados más veteranos sintieran un déjà vu mientras abrazaban a sus nietos en La Cartuja.

Mientras en Madrid se lamían las heridas, en San Sebastián se desataba la locura. La Copa regresaba a Gipuzkoa, a las calles que vieron crecer a Arconada, a Zamora, a Xabi Alonso. Volvía para que la cantara una generación que solo había visto los videos en blanco y negro de aquellas gestas, que solo pudo sonreír tras las capas de un nasobuco. Y volvía, sobre todo, para demostrar que el fútbol, a veces, tiene memoria.

Que los sueños de un niño que fue recogepelotas en Anoeta pueden hacerse realidad. Que la historia, cuando se escribe con corazón y cantera, siempre encuentra la manera de repetirse. Porque hubo fiebre de sábado por la noche, cuando la Copa se tiñó de blanquiazul. Y en la playa de La Concha, como cantaba La Oreja de Van Gogh, volvió a sonar la canción más bonita del mundo.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.