Frente a las complejas realidades de la oncología, la doctora Sandra Franco Videau convierte la empatía y la sonrisa en el mejor bálsamo para sus pacientes. Autor: Cortesía de la fuente Publicado: 26/10/2026 | 01:28 pm
Abrazar una vocación y dedicarle esfuerzos, alegrías y tristezas es una tarea difícil, en especial cuando las sanciones injustificadas contra una nación convierten cada jornada en una lucha contra el tiempo. Sin embargo, hay quienes no pueden negarse a la belleza de perseguir los imposibles, pues los caminos se abren cuando el ser humano decide perseverar en sus ilusiones.
Para ejercer la oncología en una Cuba asediada por las medidas coercitivas de un imperio, es preciso convertirse en soñador y observar la belleza de la vida, incluso cuando se enfrente a la muerte. Es el arte de sanar con la sonrisa, allí donde la ciencia no siempre ha sido capaz de devolver la esperanza a un paciente.
Así lo demuestra con su hacer diario la especialista de primer grado del Instituto Nacional de Oncología y Radiobiología (INOR), Sandra Franco Videau. A sus 28 años es, en toda regla, una joven digna de su época.
Para ella, la mayor virtud profesional se encuentra precisamente en ayudar al ser humano. Por eso, mientras relata a Juventud Rebelde sus inicios en la carrera, responde a las preguntas con premura. Cada minuto cuenta para salvar una vida, sobre todo para quien lleva grabado en el alma el compromiso del galeno.
—¿Qué la motivó a dedicarse a esta sacrificada profesión?
—La vocación por la medicina me surgió en la adolescencia. Desde que estaba en el preuniversitario decidí optar por la carrera y luego, tras una serie de estudios, exámenes y currículos, pude llegar al nivel especial en el Instituto de Oncología y Radiobiología (INOR).
«Aquí puedo ejercer mi mayor pasión: ayudar a los pacientes. El cáncer es una enfermedad muy delicada en todos los sentidos; por eso me dediqué a alcanzar esta meta con mucho sacrificio y, sobre todo, amor por la profesión».
—En sus años de estudiante, ¿qué le atrajo de la especialidad de oncología?
—Siempre me llamó la atención su parte científica. Durante mis años de facultad, observaba que las rotaciones en oncología eran cortas, pero era un campo muy abierto a la investigación. También es una especialidad donde hay que ser, en todos los sentidos, un buen ser humano.
«Todos los días trabajamos con personas que se encuentran casi al final de la vida, pero a otras se las arrebatamos a la muerte y las llevamos a una supervivencia de 10, 15 y hasta 20 años. Puedo decir, desde mi punto de vista, que además de médicos somos héroes.
Por eso, en cada oportunidad que se le presenta, la doctora Sandra Franco no deja de superarse. Sabe que el cáncer es un padecimiento impredecible, en el que cada aprendizaje contribuye a revelar una verdad que todavía escapa a los conocimientos de la ciencia.
Actualmente, se propone desarrollar un artículo sobre el alivio del dolor basado en las experiencias de los pacientes. Sin embargo, hasta el profesional más esforzado debe comprender que, a veces, se pierde la carrera contra el tiempo.
—¿Cómo manejar la cercanía de la muerte cuando la medicina no puede ofrecer soluciones?
—Soy una persona de carácter muy fuerte, no puedo permitirme llorar. Me mantengo firme porque usualmente tratamos a pacientes que se encuentran a las puertas de la muerte. En el segundo año de la residencia sí tuve que ir al psicólogo, porque entre el cúmulo de estudios y el trato con enfermos, la realidad me chocaba demasiado.
«En aquel entonces me encontraba en la consulta de quimioterapia, donde los pacientes sufren de cáncer avanzado. Sin embargo, me dije a mí misma que debía ser fuerte, porque si no, sería incapaz de continuar con la especialidad.
«En otros aspectos del trato con los enfermos nunca he tenido problemas. Aunque mantengo una buena relación con los profesores, los pacientes son los que me han hecho crecer en este instituto. Ellos son los que me motivan a venir a trabajar.
Sandra Franco se ha convertido en el pilar de cientos de personas. Por donde pasa deja una impronta de humildad que la hace merecedora del cariño de quienes la conocen. Pocos advierten el cansancio en su mirada, pues siempre intenta ofrecer una respuesta alentadora, aunque en la cotidianidad cargue con su propia incertidumbre.
«Cada día es una lucha contra todo, pero quiero salir adelante», afirma, mientras sus ojos reflejan la preocupación por sostener a sus padres en medio de la escasez de alimentos, la falta de agua y los constantes apagones. El bloqueo no ha sido capaz de arrebatarle la esperanza, aunque sea incapaz de ocultar su frustración ante las medidas que limitan el tratamiento a los pacientes.
—¿Cómo ha impactado el recrudecimiento del bloqueo en el ejercicio de su profesión?
—Ha sido fatal, porque a nadie se le debe negar la ayuda y este castigo no permite la entrada de barcos con insumos. Las sanciones reducen las posibilidades de control sobre esta enfermedad.
«Trabajo en la clínica del dolor, donde necesitamos opioides, narcóticos y morfina que son muy escasos actualmente y, cuando los hay, no llegan a todas las áreas de salud. Me he visto en la penosa situación de decir «no hay medicamentos» y hacer recetas como si fueran a solucionar algún problema.
«La quimioterapia también se ha visto afectada. El año anterior tuvimos que preguntar a los enfermos si podían conseguir el medicamento, porque el país carecía de insumos para fabricarlo. Con el paso de las semanas, un paciente que pudo ser operado pasa a radioterapia y, de seguir esperando, puede terminar en cuidados paliativos.
Mientras en el mundo occidental se debaten los efectos de un genocidio fríamente calculado, los galenos advierten sobre la reducción de la sobrevida de los niños con cáncer del 85 al 65 por ciento en el país, además de la afectación a 300 de los 395 fármacos del cuadro básico.
Muchos doctores se han visto obligados a emigrar de sector profesional, pero Sandra no abandona su trinchera. Sabe que el amor transformado en entrega es una fuerza que devuelve las sonrisas. Para ella, su compromiso se resume en una palabra: «humanidad»; y la modestia le impide decir que está orgullosa de sí misma, aunque en la flor de la vida haya rebasado disímiles obstáculos.
Cuando se le pregunta por su mayor gratificación, calla unos instantes y responde: «No tendría palabras; estoy muy feliz porque, a pesar de todo, ser médico era lo que deseaba hacer y lo estoy asumiendo con la mayor de las entregas».
