Clodomira Acosta y Lidia Doce. Autor: Archivo Publicado: 17/09/2026 | 11:40 pm
El noveno mes de 1958 fue de plomo y dolores para las fuerzas que luchaban contra la dictadura de Fulgencio Batista. El 12 de septiembre de ese año una delación condujo a decenas de esbirros, a bordo de autos patrulleros, hasta un edificio de la calle Rita, en el reparto Juanelo, de la capital cubana.
En un apartamento interior de aquel inmueble se ocultaban Lidia Doce y Clodomira Acosta, dos mujeres ligadas a la guerrilla de la Sierra Maestra. Junto a ellas estaban sus compañeros de la clandestinidad Alberto Álvarez, Reynaldo Cruz, Onelio Dampiel y Leonardo Valdés.
La tiranía los perseguía por el secuestro de la Virgen de Regla y el ajusticiamiento del chivato Manolo Sosa, conocido como Manolo el Relojero. En este último hecho habían participado Cruz y Álvarez.
En la madrugada, los uniformados, dirigidos por los oficiales Esteban Ventura Novo y Conrado Carratalá, irrumpieron en el lugar sin darles tiempo a reaccionar. Los cuatro hombres fueron acribillados con saña, al extremo de que Reynaldo recibió más de 50 balazos, según se comprobó luego en la morgue.
Los verdugos, con las ametralladoras en ristre, amenazaron a los pocos vecinos que se atrevieron a asomarse, mientras otros golpeaban a las dos revolucionarias para obligarlas a hablar allí mismo. Ante su silencio, las montaron por la fuerza en las patrullas y partieron. Los asesinos habían dejado el suelo ensangrentado y los cadáveres tirados como si fueran sacos.
El calvario
«El día 13 de septiembre Ventura las mandó a buscar conmigo (…)Al bajar del sótano que hay allí y empujarla Ariel Lima, Lidia cayó de bruces y casi no se podía levantar por lo que este la golpeó con un palo, los ojos se le saltaron al darse contra el contén de la escalera. Clodomira me soltó y le fue arriba a Ariel arrancándole la camisa y clavándole las uñas en el rostro, traté de quitársela y entonces se viró y saltó sobre mí (…) tuvieron que quitármela a golpes».
Así narró uno de los guardaespaldas de Ventura Novo lo sucedido después de la detención de las mujeres, quienes fueron encarceladas, primero en la Oncena estación de policía, luego en la Novena.
El hombre, de apellido Caro, contó en el juicio que se le siguió en 1959 que una cicatriz grande en su hombro se lahabía provocado Clodomira de una mordida cuando esta se lanzó a defender a Lidia mientras la maltrataban. Aquel abusador terminó condenado a muerte en ese proceso.
Días después de la detención de ambas, el jefe de servicio de Inteligencia Naval, Julio Laurent, convenció a Ventura para que se las entregara. Laurent era un criminal conocido, porque había tenido un papel muy activo en los asesinatos de los expedicionarios del yate Granma, dispersos luego del combate de Alegría de Pío, en diciembre de 1956.
El matón las maltrató extraordinariamente para que «cantaran». Como ninguna de las dos habló, las introdujo en unos sacos con arena, las montó en una lancha y las hundió en el mar. A Lidia llegaron a sumergirla dos veces, la última casi sin vida. Clodomira murió un rato después.
Varias pruebas apuntan a que fallecieron el 17 de septiembre de 1958, aunque algunos historiadores exponen que fue el día 15. Lo cierto es que ocultaron sus cuerpos en las profundidades, pero fracasaron en su pretensión de que fuera olvidado su ejemplo.
Lidia
«Cuando evoco su nombre hay algo más que una apreciación cariñosa hacia la revolucionaria sin tacha, pues tenía ella una devoción particular hacia mi persona (…) llevó a Santiago de Cuba y a La Habana los más comprometedores papeles, todas las comunicaciones de nuestra columna, los números del periódico El Cubano Libre, traía también el papel, traía medicinas, traía, en fin, lo que fuera necesario».
Así escribió Ernesto Che Guevara de la Serna, un hombre tan medido para los elogios, sobre Lidia Esther Doce Sánchez.
Ella nació el 27 de agosto de 1916, en el actual territorio holguinero de Velazco. Se incorporó al Ejército Rebelde casi a los 41 años en San Pablo de Yao, hoy territorio del municipio de Buey Arriba, cuando la columna dirigida por el Che incursionó en el lugar, seis meses después de la inauguración de la lucha armada.
Uno de sus hermanos trabajaba allí como panadero. Su hijo, Efraín, pertenecía a la tropa del Guerrillero Heroico. Eso la ligó al Che.
Asistió en junio de 1958, en La Habana, a los funerales de Manuel Sánchez, el adorado padre de Celia. Pensaba a su regreso regalarle un cachorro al cubano-argentino. Se dice que llegó hasta comprarlo; sin embargo, nunca regresó.
Clodomira
Clodomira Acosta Ferrals no asistió a la escuela. Solo recibió clases de cómo aprender a desyerbar, aporcar y sembrar. Había visto la luz en Cayayal, punto de la Sierra Maestra, en el actual municipio de Bartolomé Masó, en la provincia de Granma, el primero de febrero de 1936. Tenía al morir apenas 22 años y era la tercera de ocho hermanos.
Su madre, Rosa Ferrals, contaba con orgullo sobre su enorme voluntad. Incluso, la joven varias veces ayudó a su padre, Esteban Acosta, a realizar trabajos de noche, «cuando la luna era clara».
Se unió al Ejército Rebelde en junio de 1957. Participó en varios hechos increíbles: se escapó en muchas ocasiones de las manos batistianas, surcó sus líneas, engañó a los soldados.
Cierta vez fue capturada, pelada al rape y, por orden del sanguinario Sánchez Mosquera, metida en el centro de torturas La Presa, de Bayamo. Pero la muchacha se las ingenió para quemar unas mochilas de los uniformados y, en medio de la confusión por el fuego, fugarse espectacularmente.
No por gusto Fidel le confió arriesgadas misiones. En varias oportunidades llevó documentos confidenciales a la capital cubana; justamente en uno de esos viajes contactó con Lidia, su compañera de hazañas, quien la llevó al apartamento de la calle Rita. Sabía transformar su aparente cortedad en intrepidez y soltura cuando era necesario.
Llegó a La Habana el 10 de septiembre de 1958. Lidia había llegado a finales de agosto y se hospedaba en Guanabacoa. Por razones de seguridad no se alojaron en el mismo lugar. Pero Lidia aceptó pernoctar en la casa de Juanelo la noche del 11, preocupada por la seguridad de su compañera.
Por desdicha ese escondite, en el actual municipio de San Miguel del Padrón, fue encontrado y eso les costó la vida.
Pese al horrendo crimen ambas escribieron páginas que no deben olvidarse. A ellas no las pudo borrar ni siquiera la inmensidad del mar.
