Su lealtad a la Revolución y a Fidel fue siempre un principio inquebrantable del Comandante Juan Almeida Bosque. Autor: Archivo de JR Publicado: 10/09/2026 | 08:22 pm
Doña Charo, la madre, contaría muchas veces cómo el hombre alto que intentaba contratar a su hijo para un nuevo trabajo, hizo de todo para persuadirlo de desistir, a causa de aquella lesión en su mano derecha, pero el muchacho no cedió.
Tras atrapar con la izquierda una pelota lanzada al aire en plena sala del hogar y rebatir cada argumento del visitante, el joven albañil convocó a su progenitora: Vieja, este es Fidel Castro, el ingeniero con el que voy a hacer unas obras en Varadero… «Si Macho dice que puede, póngale el cuño, que es cumplidor», y la respuesta lapidaria de la madre, sellaría aquel intercambio para la historia.
Vencedor de aquella singular prueba, con una muda de ropa en una jaba y toda la disposición de sus 26 años, partiría horas después no a Varadero, sino hacia Santiago de Cuba, para participar en el asalto al cuartel Moncada.
Ese fue, es, el Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque, el héroe leal y franco, corajudo y sensible, cuyo carisma trasciende en el tiempo y que, a 17 años de su deceso, sigue sembrado en el cariño de su pueblo.
La precaria economía familiar solo le permitió alcanzar el octavo grado. Para apoyar a su padre, único sustento de la casa y de sus 11 hermanos, fue albañil desde los 11 años, mozo de limpieza, limpiador de playas, tractorista, listero en obras públicas, chequeador de camiones, reportador de roturas de calles y aceras; y aunque llegó a la cumbre de la historia, nunca olvidó sus orígenes ni aquel contexto adverso pudo impedir que la lectura y el conocimiento estuvieran siempre entre sus pasiones.
Aquel muchacho que copiaba en una libreta versos de amor y se extasiaba con los boleros y canciones de la época, conoció a Fidel Castro Ruz mientras trabajaba como taquillero en el balneario universitario, y las inquietudes revolucionarias del líder avivaron en él los deseos de vestir de poesía y música nuevas el destino de su país.
«¿Tan lejos para una práctica de tiro? Vamos a tirar con calibre 50 o con cañón (…)», ripostaría con su humor característico al vecino y compañero de luchas y oficio Armando Mestre, cuando le comunicó que saldrían para Oriente.
Dicen que, en aquella madrugada de ardores y definiciones del 26 de julio, pidió a Melba Hernández un uniforme de sargento, y al coger las armas solicitó un M-1, un Springfield o una pistola. «Me dijeron: No, nada de eso hay aquí. A ti lo que te toca es un fusil calibre 22», contaría luego entre risas.
Su respuesta fue en cambio muy seria, cuando en el juicio por aquellos sucesos el fiscal intentó conminarlo a arrepentirse. «… Si tuviera que volver a hacerlo, lo haría, que no le quepa la menor duda a este tribunal», afirmaría vehementemente.
Cuando un hombre da el paso al frente, solo queda atrás herido o muerto, ratificaría al periodista santiaguero Orlando Guevara Núñez, al evocar el hecho 40 años después.
Durante los duros días de la cárcel, convirtió el encierro del Presidio Modelo en escuela para su formación como ser humano, que llenó con lecturas, ejercicios y la voluntad de convertir detalles cotidianos como el matinal baño de sol, el canto de las aves, la alegría de una carta o una visita familiar, en alimento para su espíritu.
Tras la victoria de enero del 59, fue miembro del Buró Político del Partido, diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular y el dirigente partidista al que Santiago adoptó como uno de sus hijos más entrañables, pues le legó un estilo de dirección basado en el ejemplo, el rigor, el humanismo y el contacto directo con la gente.
A principios de la Revolución, Ventura Manguela, amigo de juventud, le preguntaría cómo él, sin ser una «gente de escuela», ocupaba tan alta responsabilidad en el ejército victorioso; su respuesta lo impactó: «Ventura, es que yo nunca llegué segundo a un combate y jamás me fui primero».
Quienes tuvieron el privilegio de acompañarle en aquellos días intensos de misiones altas en tierra santiaguera, evocan que viajaba en su carro con la ventanilla baja, se desvelaba con los problemas de la ciudad y fundó un Senado en el parque Céspedes para intercambiar con el pueblo.
En una de aquellas jornadas de transformaciones se le vio llegar serio y molesto a la loma del Yarey, donde se efectuaban las principales reuniones de la dirección de la provincia de Oriente. «No veo avances en nuestra gestión de dirección», dijo a sus acompañantes.
Quizá por eso al entrar al encuentro, de pie, preguntó a uno de los presentes si sabía por qué él era Comandante. El compañero respondió que se debía a su participación en el ataque al Moncada, en el desembarco del Granma, la Sierra Maestra y en las tareas asumidas luego del triunfo revolucionario de 1959.
Un aplauso selló la respuesta, pero él, con seriedad absoluta, repitió la pregunta a otros compañeros. Finalmente, su decir sintético fue la mejor lección: «Soy Comandante no solo por lo dicho aquí, sino porque nunca he dejado de cumplir una tarea que me haya confiado Fidel y esta de dirigir la provincia de Oriente corro el riesgo de incumplirla por la actitud de ustedes… No se engañen, voy a cumplir con Fidel», sentenció.
Por esa sencillez, que sembró en el corazón del pueblo, se le vio declinar con cariño lo mismo la poesía que le hiciera un soldado en la montaña, que la condición de Hijo ilustre, que intentó entregarle la Asamblea Municipal del Poder Popular en Santiago de Cuba, alegando «Yo soy hijo de Santiago».
Con los tintes de tales vivencias se empina el recuerdo del héroe de la Patria que nos enseñó a no rendirnos nunca; el músico Comandante, el ícono de la Revolución Cubana que cumplió hasta el final con el compromiso de cuidar de sus compañeros de luchas; el dirigente siempre leal a Fidel, y con un papelito a mano, para esperar la inspiración, a pesar de sus múltiples responsabilidades.
