La agrupación es también escuela de vida. Autor: Cortesía de la fuente Publicado: 10/09/2026 | 07:55 am
CIENFUEGOS.— Hay colectivos artísticos que se reconocen por la calidad de su puesta en escena. Lembranza se hace notar también por algo más hondo: la capacidad de reunir en un mismo escenario a jóvenes que estudian, trabajan y se forman en profesiones exigentes, sin renunciar a la danza como modo de disfrute, como otra manera de contribuir a hacer mejor la vida de otros, el mundo en que vivimos.
En ellos, la bata blanca y el vestuario colorido conviven, tanto como la clínica y el teatro, la guardia y el ensayo, la urgencia médica y la coreografía.
Una gran familia
Melani Maura Padrón González, doctora en Medicina, residente de Bioquímica y profesora en la Universidad de Ciencias Médicas de esta provincia, nació prácticamente dentro del propio latido del conjunto. Su madre fue fundadora y directora general de Lembranza y ella recuerda que desde muy pequeña ya estaba allí, entre telas, música y tablas.
«Guardo con mucho cariño aquel primer vestido que usé con apenas tres años», dice, mientras evoca una infancia en que el teatro llegó a ser parte natural de su crecimiento. A los cinco años ya había debutado y desde entonces su historia quedó atada a la del grupo.
Para ella, Lembranza no es solo una agrupación danzaria. «Es nuestra gran familia», afirma. En ese espacio ha aprendido no solo a bailar, sino a formar generaciones, a sostener procesos y a comprender que el arte también se construye con organización, constancia y amor.
Durante la Cruzada Artístico-Literaria, el conjunto Lembranza acerca el arte tradicional y la alegría a niños y familias de comunidades de difícil acceso en Cienfuegos. Foto: Cortesía del grupo danzario Lembranza
Su vínculo con la danza le ha servido, además, para fortalecer su desempeño como docente y como profesional de la salud: «Me ha ayudado a enfrentar un aula llena de jóvenes con inquietudes cambiantes», valora, y asegura que esa experiencia artística le dio herramientas para comunicarse mejor, perder el miedo escénico y ganar seguridad frente al público y a los pacientes.
Leanys Guerra Carlos Planches también descubrió la danza siendo muy pequeña. Se graduó de Medicina hace un año y hoy cursa la residencia en una especialidad con perfil pedagógico, vinculada a la docencia en la universidad sureña.
Su vínculo con Lembranza comenzó a los ocho años, gracias a la invitación de una compañera de estudios. «Fue como un gran amor a primera vista», recuerda. Lo que empezó como una recreación terminó convirtiéndose en pasión profunda, sostenida por el trabajo en equipo, la solidaridad y la empatía.
En su relato, el conjunto aparece como una escuela de vida donde se aprende a bailar, pero también a convivir, escuchar y crecer. Para ella, la danza es una gran maestra. Dice que le enseñó disciplina, constancia y resistencia, y también a perder el miedo escénico, algo que luego resultó decisivo en su vida profesional.
Hoy, cuando se enfrenta a sus estudiantes, reconoce la huella de esa formación artística, y lo avala con experiencias concretas: hablar en público, organizar una clase, dirigir un grupo, transmitir un mensaje. En todos esos actos late la misma confianza que primero aprendió sobre el escenario.
A ello se suma su participación en la Cruzada Artístico-Literaria, que desde hace tres años le permite llegar, junto a otros jóvenes de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), a comunidades montañosas de esta provincia. Allí, dice, el arte deja de ser una imagen distante y se vuelve presencia viva.
Bailar es una terapia
Elizabeth Barban Ricardo, estudiante de 5to. año de Estomatología, también creció dentro de Lembranza. Para ella, el conjunto representa mucho más que una agrupación. «Es mi espacio de equilibrio. Mi otra piel. Mi vía de escape creativa», resume.
Su vínculo con la danza empezó desde muy pequeña, como una pasión que fue madurando hasta convertirse en parte esencial de su identidad. Como ocurre con sus compañeros, la clave para sostener ambas vocaciones ha estado en la organización y la disciplina. Madruga para asistir a clases y prácticas clínicas, y en las tardes o los fines de semana se entrega a los ensayos. No niega el sacrificio, pero lo asume como parte de un camino que le devuelve mucho más de lo que le exige.
Elizabeth valora especialmente la dimensión humana de la danza cuando se lleva a las comunidades. Para ella, actuar en lugares de difícil acceso es un acto de amor y de justicia social. «Llevamos un pedazo de tradición y de alegría a quienes más lo necesitan», expresa, y añade que la experiencia no solo transforma a quienes reciben el espectáculo, sino también a quienes lo presentan. Esa vivencia, asegura, le recuerda que la salud no es solo física, sino también espiritual y emocional.
Los jóvenes hacen de la danza su vocación compartida. Foto: Cortesía del grupo danzario Lembranza
Yelenny Morell Pulido, estudiante de 6to. año de Medicina, lleva casi doce años vinculada a la danza. Un tío le enseñó bailes populares y luego encontró en Lembranza una segunda familia. «Para mí la danza siempre fue un refugio, una forma de expresarse y un espacio de libertad», dice.
Su testimonio muestra cómo ha ido creciendo en ella el arte junto a su carrera universitaria, en medio de guardias y jornadas largas. Ha tenido que ensayar de noche, salir del hospital para llegar a un espectáculo o reorganizar los fines de semana para cumplir con todo. Sin embargo, no lo cuenta como una carga, sino como una forma de entrega. «Cuando uno ama lo que hace, siempre encuentra energía», afirma. Y añade una frase que bien podría resumir el espíritu del grupo: «Bailar es una terapia».
La experiencia de la Cruzada Artístico-Literaria también ocupa un lugar importante en su vida. Ya ha participado en dos ocasiones y conserva el recuerdo de la sonrisa de los niños, el cariño de las familias y la alegría con que reciben a los artistas.
«La cruzada rompe barreras geográficas y lleva alegría a lugares donde el acceso a espectáculos es limitado», explica. Pero en su mirada el valor de esa experiencia no se limita al entretenimiento. «Nosotros no llevamos solo arte —dice—. Es también un abrazo humano».
Servir y bailar
José Raúl Rojas Valladares completa este mosaico de jóvenes que han aprendido a vivir entre varias responsabilidades. Es suboficial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y bailarín del Conjunto de Danzas Lembranza. En él, el orden militar y la sensibilidad artística no se contradicen: se refuerzan.
Su unidad lo respalda, porque entiende que el arte también es servicio a la Patria. «La misma exigencia que lleva una guardia la pongo en cada coreografía», afirma. En su caso, la puntualidad, el respeto al compañero y el amor por lo que hace parecen venir de la misma raíz.
Cuando recuerda sus experiencias en la Cruzada, habla de escenas sencillas y poderosas: niños que se acercan a aprender pasos, ancianos que aplauden desde las puertas, familias que agradecen cuando el arte llega hasta donde no suele llegar. «Una señora me dijo: “Gracias por traer cultura a quien no puede ir al teatro”».
A través del baile promueven el bienestar emocional en su comunidad. Foto: Cortesía del grupo danzario Lembranza
Para José Raúl, el compromiso juvenil se expresa en entrega sin excusas. A la cultura nacional, porque preservar bailes, música y tradiciones es también defender soberanía. Con la Patria, porque estar listo es un deber y un honor, y con la comunidad, porque no espera a que lo llamen, sino que va, participa, baila, comparte y aprende.
En todos estos jóvenes, la danza aparece como algo más que una afición. Es escuela, amparo, entrenamiento para la vida y una manera de comprender el cuerpo, el grupo y el escenario.
Lembranza, entonces, no es solo un conjunto de danza. Es una zona de encuentro entre profesiones y sueños. Es una manera de entender que los jóvenes pueden servir desde varios frentes sin perder la ternura ni el rigor.
Aun cuando tantas agendas compiten por su tiempo, estos cienfuegueros han decidido no renunciar a ninguna de sus vocaciones esenciales: Estudian, trabajan, sirven y bailan.
