Durante la infancia y adolescencia se forjó el carácter de un hombre que llenó de páginas brillantes el libro de la vida. Autor: Archivo de JR Publicado: 12/08/2026 | 10:03 am
Nació entre el aroma de los cedros y los naranjos de Birán, en el centro de Oriente, a las dos de la mañana del 13 de agosto de 1926, con un peso de 12 libras. Fidel Alejandro Castro Ruz era el tercero de los hijos de Ángel Castro y Lina Ruz, y sus primeros pasos fueron la forja del ser humano insólito en que se convirtió al crecer, como lo calificó el premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez.
Se abrió a la vida entre los ruidos y el ambiente libre, sano, de la finca de sus padres, rodeado de la naturaleza y de un entorno familiar cálido que marcó profundamente su personalidad; él mismo diría: «Yo (…) nací en pleno campo y de mi infancia guardo no pocos recuerdos».
Birán era la libertad, el disfrute. Allí se deleitaba al contacto con la naturaleza, los baños en el río Manacas, las travesuras con los animales, las excursiones, los juegos, y correrías junto a los hijos de los trabajadores de la finca del padre, pues, a pesar de que en la casa no había necesidades materiales los hermanos siempre se mezclaron como iguales con la gente humilde de la zona.
«En mi casa nunca me dijeron: ¡No te juntes con este o con aquel! Jamás. Y yo estaba a cada rato en los barracones de los haitianos, hasta me regañaban en mi casa. No por cuestiones sociales, sino por razones de salud, porque me iba a comer maíz tostado con ellos», contaría a Ignacio Ramonet en su libro Cien horas con Fidel.
Al propio periodista hispano-francés le contó de los recuerdos que marcaron su infancia. Aunque había pasado buen tiempo, habló emocionado del viaje de Barberán y Collar, dos pilotos españoles que intentaron cruzar el Atlántico en un avioncito de hélice y perecieron sin llegar a México; de ciclones, tempestades y hasta un terremoto: «Nuestra casa se puso a temblar (…)», relataría.
A pesar de ser hijo de terrateniente, consideraba «(…) un privilegio y una suerte (…) no tener un pensamiento aristocrático». Así lo relata al propio Ramonet: «(…)Todos los compañeros con los cuales yo juego, en Birán, con los que voy (…) por todas partes, son la gente más pobre, (…) Yo iba con ellos al río, a caballo o a pie,(…) a tirar piedras, a cazar pájaros(…)».
Al cumplir los cuatro años, como en Birán no había nada parecido a un círculo infantil, explicaría años después: «(…) desde que aprendí a caminar me mandaron para el aula», junto a los hermanos mayores, Angelita y Ramón.
De pronto se vio en la primera fila de la escuelita No. 15, de madera, entre libros y fotos de patriotas, oyendo las clases de todos los grados, pues se trataba de una escuela multigrado «de 20 o 25 alumnos, cada uno en distinto grado», y embobado seguía la explicación de la joven maestra, que, diría luego, fue su primer amor.
«(…)Desde muy temprano aprendí los números, las letras, a leer, casi sin darme cuenta, porque veía lo que estaba haciendo todo el mundo (…); también me enseñaban el himno, me enseñaban algunos versos de Martí que uno recitaba de memoria, algunas poesías muy sencillas», abundó en entrevistas.
Aún no alcanzaba un cuarto de sus 1.90 metros de estatura física y ya en él germinaba la semilla de la rebeldía que empezó a latir desde su infancia. Las periodistas María Luisa García y Rafaela Valerino recogen en el libro Un niño llamado Fidel Alejandro la anécdota de cuando el pequeño desobedeció a Eufrasia Feliú, una de sus maestras, «mujer amargada» que ponía a sus alumnos de rodillas como un castigo correctivo.
«Por eso, Fidelito se rebelaba, decía malas palabras y escapaba por la ventana. Un día, en la huida, se cayó y se clavó una puntilla en la lengua; al llegar a casa, además, tuvo el regaño materno».
La forja de un ser singular
A mediados del año 33 del pasado siglo, a bordo de un tren, con escasos seis años y el corazón repleto de añoranza llegó el pequeño Fidelito a Santiago de Cuba y el entorno lo deslumbró: «La primera ciudad que vi en mi vida fue Santiago». Allí se deslumbró con el mar abierto y conoció del hambre y las privaciones en casa de la maestra Eufrasia, quien había convencido a la familia para traerlo a su casa.
Tras una estancia, que muchas veces consideró como tiempo perdido, y en la que también supo de policías reprimiendo manifestaciones en el Instituto de Segunda Enseñanza —aledaño a la vivienda donde se quedaba—, con ocho años ingresó en el colegio La Salle. Allí confirmó su pasión por el estudio, en particular la lectura en voz alta, que contribuyó a desarrollar sus dotes oratorias, y su imaginación se desbordaba entre las crónicas de guerra de las historias sagradas, las continuas excursiones a la bahía y las elevaciones cercanas y la práctica de deportes.
En La Salle, por sus buenas notas, era considerado un buen alumno, disciplinado y serio, hasta que una pelea con otro estudiante hizo que el inspector de la escuela lo abofeteara. Ante aquella humillación, Fidel respondió. Nadie en el colegio estuvo a su favor y sus padres, avergonzados por las quejas, lo devolvieron a Birán con la intención de que no regresara más a la escuela. Don Ángel, incluso, le comentó al contador de la finca que le pusiera largas tareas de matemáticas como castigo.
Dolido porque nadie escuchara su versión de los hechos y ante un correctivo que consideraba injusto, al concluir las vacaciones, amenazó con incendiar su casa si no lo dejaban regresar a la escuela. «Y fue verdad que amenacé…», relataría sonriente años después, al recordar aquel incidente, que finalmente fue resuelto por la inteligencia natural de la madre, quien intercedió para que volviera a Santiago.
Regresó por tercera vez a la oriental urbe, en esta ocasión a casa de don Martín Mazorra, amigo de la familia, y fue matriculado como alumno del colegio Dolores. La formación de los jesuitas intentaba forjar el carácter y espíritu emprendedor de sus estudiantes; allí Fidel se imponía duras pruebas, como escalar las elevaciones más altas y estudiaba mucho.
Lo deslumbraban las grandes batallas de la historia y sus héroes: Alejandro, Aníbal, Napoleón, Bolívar, Céspedes, Maceo, Martí… y en los recesos o durante las vacaciones, con bolitas de tierra o papel, representaba el enfrentamiento de dos ejércitos.
En septiembre de 1940 comenzó el bachillerato en el Instituto de Segunda Enseñanza de Santiago, donde cursó con excelentes resultados el primer y segundo años, y en las vacaciones convenció a sus padres para que lo dejaran terminar el bachillerato en el Colegio Belén, de la capital.
En Belén, lo admitió en entrevistas, no se consideraba un alumno modelo, se distraía con frecuencia en clases y dedicaba mucho tiempo al deporte, pero sí estudiaba duro. Así consiguió notas de excelencia, premios en asignaturas como Español, Inglés, Historia; fue considerado como una revelación del baloncesto, organizó acampadas que dieron mucho de qué hablar, y se graduó como uno de los estudiantes más destacados y el mejor atleta de su curso.
La referencia al pie de su foto en el expediente escolar terminaba enfatizando: «Cursará la carrera de Derecho y no dudamos de que llenará con páginas brillantes el libro de sus vidas. Fidel tiene madera y no faltará el artista».
La historia del ser humano imprevisible y singular, del dirigente preocupado por el bienestar de su pueblo, del hombre leyenda, a cien años de su natalicio, le continúa dando la razón, y tras la mítica huella del Comandante en Jefe de los cubanos continúa asomado aquel niño rebelde y prometedor, los ardores y emociones de una infancia que definió su camino.
