A cien años de su natalicio, el Comandante está presente en toda Cuba. Autor: Adán Iglesias Publicado: 12/08/2026 | 10:27 pm
Tenía perfil griego y brazo fuerte, inteligencia excepcional y liderazgo irrebatible. Fue bautizado en la poesía como «fidelísimo retoño martiano», inspiró los cantos de los trovadores, las sinfonías de los pianos y el pincel de los artistas que eternizaron sus manos con blancura de palomas.
Nació allá, en un rincón luminoso de Oriente, entre el olor de los cedros y del rocío sobre el pasto, una madrugada hace ya cien años. Birán lo vio crecer, dar los primeros pasos sobre el entablado de madera, galopar a rienda suelta su caballo Careto, el corcel brioso con una marca blanca en la frente, alentar a los gallos jerezanos en medio de la valla, apuntar a los patos desde la rústica mirilla de una horqueta de guayaba, y estremecerse, hasta lo más hondo, ante la pobreza de los otros.
Aquel día Fidel saltaba sobre la piedra blanca y pulida por las corrientes dulces. El agua poco profunda de la poceta escondida en un recodo del río Manacas se agitaba, caía en los juncos y le mojaba hasta el pelo. Desde lejos podía oírse el refrescante bullicio para aquel verano de 1932. Él y sus hermanos, los hijos del dueño de la hacienda, y los de los trabajadores pobres, jugaban juntos.
Cuando ya tenían los dedos arrugados y el Sol intentaba irse tras los pinares de Mayarí, Angelita recogió un último puñado de conchas de las arenas grises, Ramón empezaba a secarse al aire y él, que seguía corriendo sobre las lajas con la energía infinita de sus seis años, reparó en las ropas pobres de uno de los niños.
—Mira, toma las mías y póntelas.
—¿Tú estás loco? ¿Y si tu mamá me ve y me dice que yo me las robé?
—No, porque yo voy a decir que la corriente del río se la llevó, y tú dirás que te la encontraste enganchada en una mata, en la orilla, por allá abajo, así sabe que tú no eres un ladrón.
Al otro día doña Lina, una mujer con esbeltez de palma y labios finos como acabados de dibujar, vio al niño corriendo por la vecindad.
—Esa es la ropa que se le perdió a Fidel —le dijo enseguida. —No, señora, yo me la encontré en la orilla del arroyo, enganchada en unos matojos, entre la maleza, y la recogí.
—Ah, bueno —fue lo único que le respondió;[1] pues Lina tenía el alma límpida como brote de manantial, y conoció la miseria cuando era una niña y vivía allá, en lo más occidental de Cuba, donde se da mejor el tabaco y llegan los soplos del golfo. Aunque habían pasado 22 años, no olvidaba la desdicha que dejó el huracán de 1910, el cual azotó a Pinar del Río durante cinco días de octubre e hizo que su familia saliera buscando mejoras en un peregrinar de tristezas y escaseces que los llevó hasta el otro extremo del país. Por eso tenía blando el corazón si se trataba de socorrer a quienes menos tenían, muchas veces ella misma regalaba ropa y zapatos a los niños del batey, asumía los gastos médicos de los enfermos, y ya había perdido la cuenta de a cuántos bautizos asistió para ahijar a los nacidos de la zona.
Cuentan que era perspicaz, enérgica, con un afilado sentido de la justicia y una fuerza interior capaz de sacudir montañas. No era una campesina común, más bien una mujer de luces. En una época en la cual se consideraba un suceso normal que murieran los niños por diversas enfermedades, ella no perdió a ninguno de los siete que tuvo, pues siempre los proveyó de vitaminas, una buena alimentación y sabía cuándo era necesario algún cocimiento, el agua de Carabaña o el aceite de ricino. En no pocos amaneceres aún no habían cantado los gallos y ya estaba en pie; no se acomodó a las tranquilidades de una vida de señora rica entre bordados y vestidos nuevos, ella atendía a los hijos, al esposo, a los animales y hasta la tierra.
Ya en la noche, agotada por las agitaciones del día, pero decidida a vencer la ignorancia propia de la vida en esos parajes, estudiaba a la luz de una bombilla de gas. A esas horas Fidel podía oírla leyendo con lentitudes de tortuga, o veía cómo tomaba con torpeza un lápiz que iba dejando en el papel letras temblorosas, pero ella persistía, y solo renunciaba cuando era demasiado tarde y el cansancio empezaba a ponerle plomo en las pestañas.
De esa estirpe de los Ruz González, hombres y mujeres trabajadores, tenaces y de alma noble venía Fidel, y también de los ancestros de su padre, don Ángel Castro Argiz, un español de ojos vivos y cejas hirsutas que llegó como soldado a luchar en Cuba, una isla de calores, lloviznas y relámpagos, de la cual nunca más podría desprenderse.
Él tenía la sangre de ese gallego hecho en la forja del sacrificio y los renunciamientos, quien se convirtió en uno de los hacendados más ricos de Oriente. «Su aire era capaz de refrenar los embates de los bandoleros refugiados en los maniguales y las cuevas del lomerío», escribió la escritora y periodista Katiuska Blanco cuando se adentraba en los vericuetos del paisaje familiar.
Pero bajo su autoridad de patriarca respetado, había un ser bondadoso que no se negaba a adelantar un pago, dar empleo o entregar un vale a quien recurría a él sabiendo que encontraría apoyo para comprar un medicamento o poner comida en la mesa. De los Castro con raíces al otro lado del Atlántico, Fidel tuvo mucho más que las manos finas de largos dedos que se pueblan de lunares al paso indetenible de los años, tal vez de ellos le llegó también la prodigiosa memoria, pues don Ángel pasaba los 80 años y aún recordaba con nitidez episodios de su infancia en Láncara.
De su madre, entre otras muchas cualidades, quizás heredó su valentía, pues contaba Ramón, el mayor de los varones, que Lina era una mujer alejada de temores. «Un día sentí un tiroteo y corrí para ver qué pasaba, había que verla. Resulta que un soldado que era un abusador, le daba planazos con el machete a un campesino y con la mano izquierda le disparó con el revólver. Mi mamá se puso entre los dos y se llevó al herido. Si no hubiese sido por ella, lo hubiera matado. La gente corría por los tiros y ella se puso en medio. Después el pueblo comentaba que Lina lo había salvado.
«(…) a mis padres nunca los vi descansar, coger unas vacaciones, toda una vida estuvieron trabajando… trabajando (…) Mi papá no tenía miedo, andaba solo, a pesar de que a veces había algún bandido por la finca; pero nunca quería que salieran con él. El valor genético es positivo»,[2] recordaba Ramón. Así, de uno y otro, por los acertijos de los genes, Fidel tal vez heredó virtudes, pero de ambos le llegó lo más valioso: el ejemplo.
Y con esa herencia, y el aprendizaje propio de lo vivido, se entregó a la lucha por la justicia, por el bien de los oprimidos, y forjó una Revolución que es hoy faro resplandeciente del mundo moral.
Una isla aferrada a su espalda
Él estaba en todo, era mucho más que la silueta en un libro, que un tropel de palabras encendidas en un discurso, vibraba su presencia hasta en el flamear de las banderas, recorría los caminos y las ciudades, entraba a las casas, era amigo de los obreros, acompañaba en su suerte a los pescadores, escuchaba la sabiduría de los campesinos, y nacía de allí, del «rincón del día en que miró su tierra y dijo: soy la tierra, en que miró su pueblo y dijo: soy el pueblo; y su corazón, el único que tuvo, lo daba de comer, de beber, de encender»; como escribió el poeta argentino Juan Gelman.
No había piel que no lo sintiera, su atorbellinada cercanía helaba las manos, prendía los ojos, removía lo profundo de los pechos. ¡Fidel!, lo aclamaban, y hasta sin nombrarlo la gente sabía que estaba, que construía, que echaba hacia adelante el país, como un Gigante con una isla aferrada a su espalda, una luz colmando cada grieta de su suelo, una montaña tan alta que podía verse desde cualquier parte, irguiéndose, verde e impetuosa, sobre un horizonte de niños felices, de viejos con fusiles alertas, de sueños intranquilos.
Los escoltas lo seguían por los más intrincados caminos, allá donde conversaba horas con los suyos, les oía sus desgracias a los carboneros, sus preocupaciones a las mujeres, visitaba las escuelas, los hospitales, y podía, tranquilamente, saborear el café recién colado que una mano noble y guajira le extendía sin miramientos. Se marchaba y quedaba su huella, su carisma, sus compromisos, hasta que regresaba otra vez para ver cuánto se había avanzado desde entonces.
No tenía horarios ni vacaciones. Las taquígrafas, que en el Palacio de la Revolución se esforzaban por atrapar sus palabras en el aire y estamparlas en el papel, no sabían si estaba saliendo u ocultándose el Sol, en su despacho las gruesas cortinas detenían los rayos y el tiempo. Él no tomaba descansos, y hasta que el trabajo no estuviese terminado, no cesaba de generar ideas y pulirlas como un experto orfebre.
Contó su amigo el escritor Gabriel García Márquez que su auto de entonces, un Mercedes de color negro, se escurría por las avenidas a altas horas de la noche, y había allí una luz que le ayudaba a leer durante el viaje. Salía y muchas veces no iba para su casa, era habitual que visitara una obra en construcción, sostuviera un encuentro diplomático, incluso que llamase para pedir un dato y hasta que volviera a continuar sus faenas porque él, que estaba en guerra contra los relojes, debía aprovechar al máximo cada minuto, cumplir la mayor cantidad de anhelos, levantar la mayor cantidad de obras, concretar la mayor cantidad de ideas antes del último suspiro. Era evidente, una vida no le alcanzaba.
Y así vivió, hasta que dejó de ser hombre y se volvió parte del alma de Cuba, soplo fresco, fuerza poderosa para hoy. Sin estatuas, ni alegatos, solo basta ver cómo la gente alza la cabeza cuando lo mencionan, como si en ese instante, por un segundo, Fidel volviese a caminar entre ellos.
Más que en bronce esculpido, o un altar iluminado, Fidel vive en esa visión que tuvo alguien una vez de él cortando caña entre el sudor de su camisa y el tizne de sus guantes, de él atravesando los ríos en un jeep aun cuando el agua amenazaba con cubrir las ruedas, de él con el brazo levantado llamando al combate, de aquel Comandante rodeado de pueblo como en medio de un mar de manos extendidas, voces susurrantes, confianza viva, palpable; y él allí, siendo el árbol firme donde todos se apoyaban.
Cumpliría cien años este 13 de agosto el niño que la comadrona Isidra Tamayo recibió una madrugada, el guerrillero incansable, el eterno caminante que dejó destello de cometa por donde quiera que pasó, ese que aún respira, y funda, y crea, y convoca, porque su destino, como él mismo dijo una vez, sería como el del Cid Campeador, que ya muerto lo llevaban a caballo ganando batallas.
[1] Estela Bravo, Ernesto Mario Bravo y Olga Rosa Gómez Cortés: Más allá de la leyenda, Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Haba na, 2020, p. 33.
[2] Estela Bravo, Ernesto Mario Bravo y Olga Rosa Gómez Cortés: ob. cit., pp. 20-21.
