Si yo no fuera cubano no habría aplaudido a Fidel cada vez que les sonaba el carapacho a los personajes del Norte, ni me hubiera estrenado nunca una guayabera. Autor: Adán Iglesias Publicado: 15/06/2026 | 09:23 pm
Si yo no fuera cubano, cuántas cosas me habría perdido, cuánta sustancia criolla, qué cantidad de carcajadas y apretones de manos. Si la cigüeña me hubiera lanzado en otras latitudes no me habría criado con las puertas de mi casa siempre abiertas en medio de un vecindario rural, tranquilo y pintoresco.
Me faltarían las fotos junto al busto de Martí en la escuelita primaria, el recuerdo de los padres atando pañoletas al cuello de sus pequeños hijos, el barullo del barrio en las Olimpiadas de 1972 después del nocaut fulminante de Teófilo Stevenson sobre la mandíbula prominente y cuadrada del yanqui Duanne Bobbick, al que apodaban «La Esperanza Blanca» y que «esperanza» al fin, pues se la comió el chivo, aun cuando no era verde.
Si yo no fuera cubano, habría ignorado la alegría colectiva que se teje alrededor de una olla grande repleta de caldosa en plena calle. No conocería el ruido estrepitoso del dominó debajo de una mata de almendras, ni tendría recuerdos del «Buey Cansao» de los Van Van, de la nueva trova o hasta del parte meteorológico del Doctor José Rubiera, conocido en mi pueblo como el «Cazador de Huracanes».
Si yo no fuera cubano no habría aplaudido a Fidel cada vez que les sonaba el carapacho a los personajes del Norte, ni me hubiera estrenado nunca una guayabera y es probable que no supiera nada de pelota, quedándome fuera del alboroto de la gente cuando Antonio Muñoz reventaba la bola y Bobby Salamanca gritaba a todo pulmón: adiós, Lolita de mi vida. No conocería el congrí, ni el puerco asado en púa, ni la palabra «Asere».
Si yo no fuera cubano podría levantarme temprano y no tomar café, hablaría siempre bajito, no haría bromas en los velorios, no entablaría conversaciones improvisadas con cualquier desconocido en la parada de la guagua, no les pediría sal a los vecinos, no donaría sangre de forma voluntaria, sabría un poco menos de solidaridad, no me iría de gratis a los hospitales, no le prestaría atención a la Virgen de la Caridad, a las estampillas de San Lázaro o a las ofrendas dejadas en los troncos de las ceibas, no sabría nada de piropos, ni anunciaría mi mercancía en plena calle.
Si yo no fuera cubano nunca habría aprendido que se puede vivir con menos cosas, pero con más orgullo.
*Con este texto, su autor abre el libro Con guarapo en vena, producido por la Casa Editora Abril y presentado recientemente como parte de las actividades de la 2da. Bienal Internacional de Humor Político.
