El actual gobierno de Estados Unidos entabla contra Cuba un combate muy bien calculado, desde lo simbólico y síquico, que persigue abrir el trillo a la desconfianza mediante la inoculación silenciosa de la duda para confundir a nuestra gente. Autor: LEMA Publicado: 06/06/2026 | 10:06 pm
Lo que parecía «puro trámite» o «cuestión de semanas» se les ha enquistado en la mente a ciertos «libertadores». Sucede cuando la obsesión es ciega, sin más raciocinio que el impulso de responder a intereses corporativos y al odio permanente que viene desde la antigua oligarquía cubana en el vecino del norte.
Quien no quiere ver, pero se siente dueño y señor del mundo, levanta su berrinche como niño en la puerta de la escuela, alza la voz (contra el pequeño, nunca al revés) y, como no le obedecen ni suplican, sigue apretando su cólera histérica con aires de superioridad.
Es el método egocéntrico que tiene hoy el Gobierno estadounidense de estrangular a esta Isla sitiada en el Caribe. No interesa si para ello deben mentir o amenazar desde cualquier estrado; lo importante es arremeter de la forma más descarada posible.
Si no pereces y te las ingenias para salir a flote, luego de bloqueos y extorsiones, entonces llega el turno del descrédito selectivo o, para decirlo mejor: el de las «sanciones», como eufemísticamente les gusta llamarlo a los actuales «Mesías del Norte».
La inmadurez política con fines propagandísticos y lucrativos existe; pulula hoy en los pasillos del Departamento de Estado, en el Despacho Oval o en las confortables butacas del ala anticubana del Congreso estadounidense.
¿Hay algo más aberrante que las acusaciones del Departamento de Justicia contra el General de Ejército Raúl Castro Ruz, 30 años después de un suceso que ocurrió en legítima defensa; o las sanciones que, «a dedo» y, de manera selectiva, le imponen ahora al Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, a otros dirigentes de la Revolución, instituciones y organizaciones de masas?
Causaría risa si no fuera tan serio su trasfondo estratégico y geopolítico. ¿Por qué lo digo? Sencillamente, porque buscan el pretexto para hacer estallar la postura firme de esta nación, acentuar esa guerra sicológica que actúa a diario sobre los efectos económicos de una política genocida y justificar su
intervención en los destinos de este país, de este pueblo.
Quienes pretenden castigar, de manera deliberada se mueven en la escena como puros «mafiosos», estos también estiran sus tentáculos para instigar a líderes de nuestras instituciones o a familiares. No es casual ese juego.
Detrás existe un combate muy bien calculado, desde lo simbólico y síquico, que persigue abrir el trillo a la desconfianza mediante la inoculación silenciosa de la duda para confundir a nuestra gente.
Utilizan la misma maquinaria propagandística que alimentó el narcisista ministro de Hitler, Joseph Goebbels. Han llevado a otro plano aquella frase nacida del fascismo, empleada por el Tercer Reich antes y durante la Segunda Guerra Mundial: «Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad».
Eso busca el actual Gobierno de Estados Unidos con Cuba, a través del desprestigio y las sanciones a los líderes de la Revolución y a las instituciones que, por años, han debido sortear los mayores obstáculos para traer beneficios al pueblo.
Estoy seguro de que ningún dirigente necesita que lo defiendan en su nombre. Y no lo afirmo de forma festinada. Lo dicta la historia, porque la Patria en estos años se ha blindado de un carácter moral superior al juego sucio del enemigo.
Para una muestra está el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, al que jamás pudieron probarle ni una de las falseadas acusaciones hechas en los «laboratorios» de Washington; y quien retó públicamente a sus detractores a demostrar que tuviera un solo peso en cuentas en el exterior. A cambio dimitían.
Esa es la dimensión del «chaleco moral» que lleva puesto Cuba. Cuando el decoro, ese hidalgo principio de los revolucionarios, permanece intacto —como ahora—, lo demás se convierte en puro humo de pajas.
