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Celia, la sencillez hecha carne

El 9 de mayo de 1920 nació en Media Luna una de las personas que estaban destinadas a entrar a la historia de Cuba con una fuerza colosal

Autor:

Osviel Castro Medel

La niña nació gorda, hermosa, al punto de pesar más de nueve libras. Aquel 9 de mayo de 1920, en Media Luna, Manuel Sánchez y Acacia Manduley le pusieron un nombre largo: Celia Esther de los Desamparados. Parecía que habían tenido una corazonada.

A los cuatro años ya estaba haciendo de las suyas. Se tragó el «biberón de un bebé»; es decir, un pequeño bulbo de cristal. Por suerte, Manuel Sánchez Silveira, médico excelente, sabía de esas urgencias y le administró ipecacuana, una sustancia que la hizo vomitar. La pequeña siguió viva para seguir haciendo maldades y también, con el galope del reloj, para entrar a la historia con una fuerza colosal.

Ella y sus cinco hermanas crecieron en un ambiente de bromas y risas: cerraban la llave de paso de la casa de un vecino mientras este se bañaba, pintaban un caballo con carteles y lo soltaban por los pasillos de un hotel, escondían prendas...

En cierta ocasión se atrevieron a tomar fotos expuestas en un estudio y, con dedicatorias intencionadas, enviaron las de mujeres a hombres casados y viceversa. Esta «iniciativa» generó varias rupturas conyugales en Media Luna hasta que se supo la autoría de la idea y llegaron las reconciliaciones.

Fiebre psicológica

Pero esa niñez de risas también estuvo marcada por un hecho tremendo. La madre, Acacia, murió el 19 de diciembre de 1926 y fue tan fuerte el golpe que Celia, quien tenía seis años y cinco meses, pasó unas tres semanas con calenturas sin que se conociera el origen de esas fiebres.

Entonces la figura de Manuel Sánchez Silveira, que ya era grande ante los ocho hijos (hubo dos varones y otra hembra fallecida tempranamente), se hizo más gigante, querida y apreciada. Él, un martiano profundo y humano, muchas veces no cobraba sus consultas, y de esa fuente bebió Celia.

Manuel tenía vasta cultura, era una personalidad en Cuba, al punto de llegar a cartearse con Fernando Ortiz, Antonio Núñez Jiménez y Eduardo Chibás. Fue él quien, en 1925, localizó el lugar exacto donde cayó Carlos Manuel de Céspedes y a la sazón colocó una tarja en San Lorenzo.

No debe olvidarse que en mayo de 1953, a cuatro meses de cumplir 67 años, se convirtió en el guía de la expedición que subió el busto de José Martí al Pico Turquino. Celia lo acompañó entonces con muchísima emoción.

Antes de eso ella vivió pasajes muy importantes, de los que acaso no se ha escrito lo suficiente. En 1937, por ejemplo, falleció Salvador Sadurní, un joven español que estaba muy enamorado de Celia. Esa partida inesperada ―el falleció después de una simple operación― le provocaría un dolor inmenso.

En letra de molde

Otro hecho adverso en su vida estuvo vinculado a la no terminación del bachillerato. Se ha contado que su letra tuvo culpa porque un profesor de Manzanillo no entendía su caligrafía y quiso que le leyera un examen en voz alta. Ella sintió la humillación, se levantó del pupitre y se fue del Instituto para no volver jamás. En el futuro comenzaría a escribir en letra de molde.

Agreguemos que en 1948 tuvo que viajar a Estados Unidos para recibir atención médica especializada, después de un análisis de laboratorio que confirmaron algo increíble: era alérgica a todo, excepto al mango.

Este factor pudo haber incidido, luego, para que apenas pellizcara la comida, aunque varias personas han dicho que el hábito de fumar y su incesante actividad pesaban más en esa costumbre de comer bien poco.

Sobre su trayectoria guerrillera sí hay muchos más escritos, pero nunca se debería pasar por alto que creó la red de apoyo al desembarco de los expedicionarios del yate Granma; que fue, por méritos propios, la primera en Cuba en llevar el traje verde olivo y que impulsó al máximo la fundación del pelotón femenino Mariana Grajales.

Armario corto

La modestia de Celia era proverbial, algo que quedó probado en su armario, siempre corto de ropa. Usó la misma «muda de ocasión» durante años. Y su apartamento del Vedado no poseía riqueza alguna.

Precisamente en esa vivienda, a la que llegaba  tradicionalmente de madrugada, recibió a incontables ahijados, sobre todo de las serranías.

Célebre por su valentía en la clandestinidad, que la llevó a misiones más que arriesgadas, Celia mostraba, sin embargo, un miedo indescriptible a los ratones.

Era muy meticulosa, atenta a los detalles y de una inteligencia natural extraordinaria. Gracias a ella cientos de «papelitos» escritos en la guerra de liberación se salvaron para ayudar a armar la historia.

Y gracias a ella cientos de personas de los más recónditos lugares del país vieron resueltos problemas después de escribirle cartas. Incluso, se hizo célebre la frase: «Voy a escribirle a Celia», como para ilustrar su preocupación para lo grande y lo pequeño.

Amante de la naturaleza, ingeniosa, sencilla; mujer que, al margen de sus cargos como diputada, integrante del Consejo de Estado y del Comité Central del Partido, nunca se creyó cosas, como decimos los cubanos. Así era ella. No en balde se le llamó Heroína de la Sierra y el Llano o la Flor más autóctona de la Revolución, un epíteto que deberíamos entender mejor, como nos advirtió Armando Hart.

Claro que estas líneas no pueden dibujarla en toda su hondura ni pueden reflejar el inmenso cariño que despertaba en el pueblo, el mismo pueblo que sabiéndola enferma se resistió a creer la noticia de su muerte.

Aunque el cáncer de pulmón le ganó la partida, el 11 de enero de 1980, cuando faltaban cuatro meses para sus 60 años, alguien que la quiso de verdad dijo una vez que Celia no se fue del todo. Que se fue a vivir a las mariposas, a la luz que se filtra entre los helechos de la Sierra. Que se fue, sobre todo, a esa memoria que no necesita fechas para recordarla.

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