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Sindo: su larga vida increíble

 

Pudo estrechar la mano de Martí en Santo Domingo y, al final de su vida, abrazar a Fidel. Sirvió como mensajero y correo en la Guerra de Independencia cuando cruzaba a nado la bahía santiaguera llena de tiburones para hacer contacto con las tropas del general Agustín Cebreco. Conoció a Enrico Caruso. Fue trapecista de circo, aprendió a leer por su cuenta mirando y memorizando los letreros de las calles santiagueras y nadie ha podido explicarse aún como armonizaba un hombre que no sabía absolutamente nada de música.

Antonio Gumersindo Garay García (Sindo Garay), El Patriarca, ocupa un lugar preeminente en la música cubana. Ese hombre menudito, bizco, feísimo y genial será el paradigma de la trova, de la vida bohemia, de la canción cubana, escribía el musicógrafo Cristóbal Díaz Ayala, y añadía: «Lleva sangre india, china, negra, pero es todo cubano» el autor de Perla Marina, El huracán y la palma, La Tarde, La bayamesa. No es fácil su música. Lecuona, vivamente impresionado, se preguntaba cómo podía Sindo escribir esas cosas. En una ocasión le preguntaron la edad. Tenía ya el compositor más de 80 años y, travieso, respondió, «Soy muy joven para morir tan viejo».

Murió a los 101 años, el 17 de junio de 1967. Es el autor más cantado por los intérpretes de la música tradicional cubana. Esa extraordinaria vocalista que es Miriam Ramos hizo versiones de muchas de las composiciones de Sindo. Demostraron lo que ya se sabía: se trata de una música viva y vigente décadas después del fallecimiento de su creador.

¿Por qué sigue gustando? Es, sencillamente, expresión de lo mejor de nuestro cancionero. Y lo es asimismo de nuestro ser nacional. En la música de Sindo Garay palpita Cuba, la Isla ríe y llora en piezas de gran riqueza musical y también de alto contenido literario. Textos cargados de una poesía auténtica y raigal, que celebran el país, la mujer, el amor, el desamor…

La Habana en el horizonte

Sindo Garay nació en un hogar humilde de Santiago de Cuba, el 12 de abril de 1867. No se había iniciado aún la Guerra de Independencia, y tenía once años en el momento de la llamada Paz del Zanjón. «Aquello fue terrible; después de tanto luchar…», decía. Fue por aquella época en que se enamoró por primera vez. Perdidamente. La muchacha se llamaba María Mestre y era maestra en Guantánamo. El dato en si carecería de importancia si no fuera porque ese romance inspiró a Sindo la primera de sus composiciones, Quiéreme, trigueña.

Pepe Sánchez, un sastre oriundo de Santiago a quien se tiene como el creador del bolero y enseñó a Sindo los rudimentos de la guitarra, quiere retenerlo a su lado. Pero La Habana empezaba a dibujarse en el horizonte del joven artista.

Por acá andaba ya Alberto Villalón, que, con una de sus composiciones, El ocaso, se había metido a los habaneros en el bolsillo. Dijo entonces Sindo a sus amigos: «Veremos si esto que llevo gusta también».

Era, nada más y nada menos, esa pieza que dice:

     Retorna, vida mía, que te espero

     Con una irresistible sed de amar…

Se afinca en La Habana, y en el ya desaparecido café Vista Alegre, en Belascoaín entre San Lázaro y Malecón, hace casi toda su obra. En ese mítico establecimiento del centro de la capital surgieron muchas de las más gustadas melodías de nuestro cancionero. Sindo y su hijo Guarionex ―adviértase en el nombre el pretendido influjo de los primitivos pobladores de la Isla; otro de sus hijos llevará el nombre de Hatuey― eran presencia habitual en el lugar como lo eran asimismo otros músicos y trovadores: Graciano Gómez, Chepín, Manolo Romero, Manuel Luna, Barbarito Diez y el compositor Antonio María Romeu, el llamado Mago de las Teclas. Son los años de Boda negra, Mariposita de primavera, La guinda, Mujer perjura, Longina. Una música que en buena medida se compone y se canta en la calle, en el cafetín de mala muerte, en serenatas bajo los balcones. Es allí donde Sindo compone la canción que dedica al célebre proxeneta Alberto Yarini, que se dejaba caer de vez en cuando por el Vista Alegre. Dice en su letra: Nada temas, la vida te sonríe…

Joyas del cancionero

Sindo no hizo vida política, pero en muchas de sus obras expresó un claro sentido de la justicia social y dejó anotados los males que aquejaban al país. Así, con motivo del alzamiento del Partido de los Independientes de Color (1912) escribió:

     Pobre Cuba, señores.

     Pobre Cuba; sus montañas,

     sus palmeras. Qué se hicieron

     los hombres que en sus campos

     sucumbieron…

Y dijo a la caída de la tiranía machadista:

     Se crecieron los ríos,

     se ha escapado el enjambre,

     pero quedan bohíos

     Todos llenos de sangre…

Los destrozos que ocasiona el ciclón de octubre de 1926 lo conmueven profundamente. Compone entonces la ya mencionada El huracán y la palma, joya de nuestro cancionero.

Se dice que en una ocasión su gran amigo el compositor Eduardo Sánchez de Fuentes le hizo escuchar a Beethoven, totalmente desconocido para Sindo. Comentaría este años después:

―Quedé petrificado. A la semana volví y le dije: Maestro, ese alemán me impresionó. Mire a ver qué le parece esta «sindada».

Y enseguida hizo escuchar al autor de la habanera Tú lo que acababa de componer, Germania, la más difícil ―dicen los entendidos― de las canciones trovadorescas cubanas.

Otra «sindada» es La bayamesa. Está en Bayamo y pasa una noche de parranda con Eulispo Ramírez. La mañana lo sorprende en el portal de la casa del amigo. Sale la esposa de este y Sindo se disculpa. Ella le habla sobre sus antepasados. Avanza el dia y Sindo no puede dormir, repasa mentalmente las palabras de la señora y escribe:

     Lleva en su alma la bayamesa

     tristes recuerdos de tradiciones,

     cuando contempla sus verdes llanos

     lágrimas vierte por sus pasiones.

     Ella es sencilla, le brinda al hombre

     virtudes todas y el corazón,

     pero si siente de la patria el grito

     todo lo deja, todo lo quema

     ese es su lema, su religión.

El catálogo de las obras compuestas por Sindo Garay es sencillamente impresionante. Basta ver la relación de esas piezas que el erudito Radamés Giro recogió en su utilísimo Diccionario enciclopédico de la música cubana, del que urge la edición corregida y aumentada que preparó su viuda. Un catálogo que comprende en lo esencial canciones y boleros, y también sones y guarachas, mazurcas y pasodobles, rumbas… sin dejar fuera el punto cubano.

Mucho escribió. Mucho es lo que ha llegado a nosotros. No sabremos nunca, sin embargo, cuánto de lo que produjo se perdió en serenatas y noches desbordantes de alcohol.

En 1959 compuso Testamento lírico.

     Yo le dejo a mi patria

     de mi alma recuerdos

     porque sé que muy pronto

     ya me espera el oscuro,

     ese incierto camino

     que nos marca el destino

     y que estoy muy seguro

     que jamás volveré.

     Cuando hablen de Cuba

     en alegres reuniones

     y recuerden canciones

     que los hagan vivir,

     que recuerden las mías,

     que sirvieron de guía

     o se busque al momento

     algún viejo retrato

     como ahí, si en él me dilato,

     mientras más que lo miren,

     más recuerden de mí.

     Así ha sido hasta ahora. Así será.

 

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