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Una estrella fugaz pasó por Londres

El Tottenham rompió por fin su maldición y firmó su primera victoria de la temporada en la séptima jornada.

Autor:

Ruben Darío García Caballero

Hoy es día de pedir deseos. El Tottenham Hotspur Stadium llevaba siete jornadas esperando un destello, una señal, algo que le recordara que el fútbol, ese deporte que tantas alegrías le había dado, no era solo un castigo divino. Y este lunes, en el norte de Londres, la estrella fugaz pasó por fin. No fue un cometa de cola infinita, ni un sol radiante: fue un destello breve, casi tímido, pero suficiente para iluminar una noche que amenazaba con ser la enésima página de un funeral anunciado.3-1 al Coventry. Primera victoria. El Tottenham, al menos, suspira.

La noche tenía un guion escrito por los dioses del melodrama. James Maddison, el '10' que llevaba 536 días sin ser titular, volvía al once contra el club de su infancia. Y lo hizo como solo él sabe: con un golazo desde fuera del área que se coló por la escuadra de Rushworth. Fue un derechazo de rosca, un pico de oro, un gol de esos que se celebran con la mano en el pecho y la mirada al cielo. El Tottenham Hotspur Stadium, que había visto a su equipo caer al fondo de la tabla, rugió como no lo hacía desde hacía meses. Maddison no celebró con rabia, sino con la serenidad del que sabe que ha vuelto a casa. Y a su lado, en el banquillo, otro regreso esperaba su turno: Dejan Kulusevski, 526 días después, volvía a sentirse futbolista.

Pero el Coventry de Frank Lampard, un recién ascendido con más hambre que fútbol, no había venido a Londres a ser un invitado de piedra. Jack Rudoni, en el minuto 49, empató el partido en una jugada rocambolesca que dejó a Kinsky sin respuesta y al estadio con el alma en un puño. El fantasma de la séptima jornada sin ganar volvió a planear sobre las gradas. Pero entonces apareció Omar Marmoush, el egipcio cedido por el Manchester City, para firmar su primer gol con la camiseta de los 'spurs'. Un misil desde fuera del área que volvió a poner por delante a los locales y desató la locura en el norte de Londres. El Tottenham no se replegó. Siguió buscando el tercero, y lo encontró en el minuto 96, cuando Ben Davies, el veterano de mil batallas, remachó un balón con el exterior del pie para sellar la victoria.

No fue una goleada, ni una exhibición, ni un partido para enmarcar. Fue un 3-1 trabajado, sufrido, casi agónico, pero valió tres puntos de oro que sacan al Tottenham de los puestos de descenso y lo colocan decimosexto, con seis puntos, empatado con el Coventry pero con mejor diferencia de goles. Roberto De Zerbi, que estaba al borde del despido, respiró. La afición, que había visto cómo el club se gastaba 265 millones de euros en verano sin nada positivo a cambio, sonrió. Y Maddison, el hijo pródigo, se marchó a casa con el balón bajo el brazo y la sensación de haber devuelto algo de luz a un equipo que vivía en la penumbra. La estrella fugaz pasó por Londres. No sabemos cuánto durará su estela, pero por una noche, el Tottenham volvió a sentirse un ganador, a su manera.

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