La pelota lleva una mirada urgente y no complaciente; de lo contrario solo profundizamos su propio atolladero. Autor: Ricardo López Hevia Publicado: 17/08/2026 | 07:00 pm
Hay preguntas hipotéticas, sagaces y, por qué no, también impredecibles. El béisbol cubano ahora mismo, y desde hace dos décadas, viene siendo una interrogante en sí mismo que, lejos de disiparse, se acrecienta por cada descalabro internacional.
No existen las bocanadas de aire fresco para la pelota antillana. Se extinguieron con las glorias pasadas. El pasatiempo nacional ha quedado expuesto, a la deriva; sin chances, siquiera, a divisar algún oasis. Cero, la sed de triunfo se extiende indefinidamente.
Da igual el nivel que enfrentemos en los terrenos foráneos, al final el descalabro parece destinado a un nuevo peldaño por debajo. Si creyéramos en cábalas infranqueables, como aquella que padecieron hasta inicios de este siglo los Medias Rojas de Boston al vender a Babe Ruth, tal vez pensáramos que la pelota cubana tardará décadas en resurgir cual ave fénix de sus cenizas.
No quisiera pecar de negatividad, porque me cuesta escribir de un patrimonio cultural de la nación solo en tiempo pasado. Pero la realidad, terca al fin, impone hoy otra versión de la historia: nuestro equipo Cuba acaba de realizar su peor actuación en Juegos Centroamericanos y del Caribe. Sí, como lo lee con todas sus letras, la más baja en la historia de estos eventos regionales. Nunca antes una selección nacional había anclado fuera del podio centrocaribeño. Santo Domingo 2026 ha sido la excepción y la mayor decepción, llegando a ocupar el cuarto escaño en el área.
Cuesta pensar en ese escenario que, ni siquiera las mentes más pesimistas, podían pronosticar. Hasta este punto inflexible ha llegado el béisbol antillano; pero... ¿Sorprende tamaña derrota? ¿A quién culpar del desastre? ¿Podrá algún día nuestra pelota salir del atolladero donde se encuentra?
Como decía al principio, hay preguntas impredecibles... Realmente a estas alturas, después de tantas decepciones, ningún resultado internacional sorprende. Duele, y mucho, eso sí, cuando la derrota llega a ser amargamente agria; como ahora en el estadio Quisqueya.
Habrá quien juzgue por estos días a la dirección técnica del fiasco vivido. Y sí, también tienen su cuota de responsabilidad en el resultado, pero el problema del béisbol cubano hoy va más allá de los hombres que se sientan en el banquillo a impartir señas. Es estructural y objetivo.
Hace mucho dejamos de ser la panacea de este deporte y, al parecer, no hemos entendido que a nuestro alrededor ha cambiado la visión para comprender e impulsar el béisbol. Claro que es difícil llevarlo a vías de hechos en las condiciones que vive el país, más aún cuando las zancadillas y muros que nos imponen tienen un grosor blindado.
Sin embargo, cuando usted pone el oído en el corazón de la afición —que sufre por el retroceso vivido y lleva su cuota de verdad—, existe un criterio casi unánime: la pelota ha quedado anclada a malas gestiones, en decisiones incoherentes; y no de ahora, si no desde hace algún tiempo.
No toda la responsabilidad cae en el saco de quienes gestionan el pasatiempo nacional. Sería injusto si así lo catalogáramos. Pero reitero una vez más en estas páginas… La pelota lleva una mirada urgente y no complaciente; de lo contrario solo profundizamos su propio atolladero.
