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El obrero que en silencio se hizo campeón

Como ocurrió hace dos veranos en tierras germanas, un obrero madrileño coronó un Mundial excelso con su nuevo título individual

Autor:

Ruben Darío García Caballero

 

El mundo del fútbol llegó a Nueva York aquel 19 de julio con una pregunta flotando en el aire húmedo del MetLife Stadium: ¿quién sería el dueño de esta final, la Argentina eterna o la España joven? Cuando el árbitro decretó el 1-0 y La Roja selló su segunda estrella, la respuesta fue tan clara como el césped: esta era la España de Rodri. Era la certeza hecha pausa, el jugador que convirtió el caos en orden con cada recepción, y aunque para la FIFA quizá eres su próximo, él no cometió ni uno solo en todo el torneo.

Los números oficiales de la FIFA lo elevan a una dimensión casi inalcanzable: 790 pases completados en ocho partidos, pulverizando su propia marca de Catar y dejando atrás la legendaria cifra de Xavi; además, recorrió 96,2 kilómetros, lideró en pases que rompen líneas (122) y participó en 1 803 jugadas, casi 200 más que cualquier otro.

Y es que Rodri salió del mismo lugar del que emergen los elegidos: de la resiliencia, porque un año antes se rompió el ligamento cruzado y muchos dudaron, pero él esperó, paciente, para llegar a su pico justo en el momento exacto, y en la final ante Argentina completó 101 de 105 pases, ganó el 80 por ciento de sus duelos y generó dos ocasiones, sin necesidad de gritar un gol para ser el dueño absoluto del partido.

No solo fue el cerebro, sino también el escudo: los Power Rankings de la FIFA lo coronaron como el mejor jugador defensivo del Mundial con 8,23 y España apenas encajó un gol en toda la competición, una casualidad que en realidad era pura jerarquía. Allí está todo el mundo mirando, y todos miraban a Rodri, el futbolista que corrió más que nadie y al mismo tiempo dio el mayor número de pases para superar defensas, ese director de orquesta del que Guillem Balagué dijo: «No solo es el tipo que recorrió más distancia, está en su punto más alto, a nivel Balón de Oro, este es el equipo de Rodri». Con un 93 por ciento de acierto en pases y 799 intentados, él dictó el tempo de cada encuentro, convirtiendo el centro del campo en su propio pentagrama y a sus compañeros en músicos que seguían su compás.

Con esta conquista, Rodri entró en un club reservado para mitos: es apenas el cuarto jugador masculino en ganar Mundial, Eurocopa, Champions y Balón de Oro, junto a Müller, Beckenbauer y Zidane, y solo el segundo, tras Messi, en sumar ese cuarteto con el Balón de Oro del Mundial en la vitrina.

Al levantar el trofeo en Nueva Jersey con el Balón de Oro individual bajo el brazo, Rodri no era el máximo goleador ni el más vistoso, pero sí el mejor, el que con su pausa y su precisión nos recordó que el fútbol también se gana desde el silencio y la constancia. Porque aunque digan que no es fácil enamorarse de una superestrella, él, con su grandeza discreta, nos enamoró a todos, porque cuando el mundo preguntó ¿de dónde tú has salido?, Rodri respondió con un pase, una recuperación y un partido perfecto, y el universo del balón, rendido ante su brillo, supo que aquella superestrella no necesitaba focos porque llevaba la luz dentro, justo donde nacen las leyendas.

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