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El gol de Plata que se convirtió en oro

Ecuador firmó en Nueva Jersey la mayor gesta de su historia mundialista al remontar a la tetracampeona Alemania con una mezcla de fe, resistencia y errores

Autor:

Ruben Darío García Caballero

 

 

El MetLife Stadium, ese coloso de acero y cristal que se yergue a las afueras de Nueva York, fue testigo de una de esas historias que el fútbol escribe cuando nadie las espera. 80 663 almas llenaron sus gradas, y buena parte de ellas, vestidas de amarillo, llegaron con la certeza de que el milagro era el único camino posible. Porque Ecuador, que había llegado a Norteamérica precedido de elogios tras una brillante campaña en las eliminatorias sudamericanas, se había estrellado contra Costa de Marfil y había empatado a cero con Curazao. Necesitaba ganar a la tetracampeona del mundo, y hacerlo, además, sin depender de otros resultados. Una utopía, pensaron muchos. Una profecía, descubrieron al final.

El guion, caprichoso y cruel, pareció confirmar los peores presagios. Apenas habían transcurrido 110 segundos cuando Leroy Sané, tras una asistencia de Florian Wirtz, batió a Hernán Galíndez con un disparo cruzado. El 0-1 era un mazazo, pero también un error: Aleksandar Pavlović había golpeado en el rostro a Pedro Vite en la jugada previa, una falta clamorosa que la árbitra Tori Penso no sancionó y que el VAR, en su silencio cómplice, decidió ignorar. Alemania, ya clasificada como líder del Grupo E, había golpeado sin piedad. Y Ecuador, contra las cuerdas, tenía dos opciones: hundirse o creer.

Y creyó. Y el fútbol, ese dios que a veces es justo, le devolvió la fe en forma de gol. Al minuto 9, Nilson Angulo aprovechó una serie de rechaces, se sacó un defensa de encima y soltó un disparo potente que se coló entre las piernas de la defensa alemana y sorprendió a un Manuel Neuer que, a sus 40 años, ya no es el muro de antes. Era el 1-1, el primer gol de Ecuador en el torneo después de casi 200 minutos de sequía. El MetLife, que había rugido con el tanto alemán, explotó ahora con un grito contenido durante tres partidos.

La segunda mitad fue una batalla de guerrillas. Alemania, con el 57 por ciento de posesión, intentó recuperar el control, pero se encontró con una defensa ecuatoriana enrocada: Pacho, Hincapié y Ordóñez, dos de ellos finalistas de la pasada Champions, se multiplicaron como un ejército de hormigas. Moisés Caicedo fue el pulmón y el cerebro, robando balones y distribuyendo juego con la autoridad de quien sabe que este es su momento. Ecuador no especuló. Generó nueve tiros al arco, casi los mismos que Alemania. Enner Valencia lo intentó, Plata lo intentó, Caicedo lo intentó. Y el gol, como suele ocurrir en las noches de épica, llegó cuando el reloj marcaba el minuto 77.

Un córner ejecutado desde la derecha por Moisés Caicedo. Kevin Rodríguez lo peinó de cabeza en el primer palo. Manuel Neuer, el legendario arquero que había regresado a la selección convencido por Nagelsmann, intentó embolsar el balón con la seguridad de quien ha ganado un Mundial. Pero Gonzalo Plata, el delantero del Flamengo, se anticipó con la astucia de un zorro. Le arrebató el balón casi de las manos al portero alemán y lo empujó a la red. Era el 2-1. Era la remontada. Era la clasificación.

El MetLife estalló en un mar amarillo. «¡Sí se pudo!», corearon los 50.000 hinchas ecuatorianos que poblaban las gradas. Plata, con lágrimas en los ojos, corrió hacia la bandera y se dejó abrazar por sus compañeros. Beccacece, el técnico argentino que había devuelto la fe a un equipo que cojeaba, celebró con la locura de quien acaba de escribir la página más dorada de su carrera. Y es que Ecuador, que nunca había derrotado a un campeón mundial en toda su historia en citas del orbe, acababa de tumbar a una tetracampeona del mundo. Lo hizo con corazón, con orden y con un gol que nació de un error histórico: Neuer, que no mantiene su portería a cero en un Mundial desde la final de Brasil 2014, encajó su noveno gol consecutivo en esta competición. Una racha que duele. Un error que pesa como una losa.

Con cuatro puntos, Ecuador avanzó como uno de los mejores terceros. Alemania, pese a la derrota, mantuvo el liderato del Grupo E. Pero esta noche, en Nueva Jersey, la historia no la escribieron los favoritos. La escribió un equipo que supo sufrir, que creyó hasta el final y que encontró en el error de un gigante la puerta hacia la inmortalidad.

El gol de Plata, aquel que nació de un córner y de la indecisión de un portero legendario, se convirtió en oro. Y el oro, en el fútbol, tiene el color de la esperanza.

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