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París: capital indiscutible de la Champions League

Tras un empate a uno en el Allianz Arena, el Paris Saint-Germain aseguró su pasaje a la gran final de la UEFA Champions League por segundo año consecutivo

Autor:

Ruben Darío García Caballero

La frase «Siempre nos quedará París», inmortalizada por Humphrey Bogart en el filme Casablanca, hablaba de un consuelo frente a la pérdida, un refugio de la memoria para cuando todo lo demás se desmoronaba. Pero este miércoles en Múnich, la frase cobró un significado radicalmente opuesto para el Paris Saint-Germain. Porque París ya no es solo un recuerdo al que aferrarse: es la capital indiscutible de la Champions League.

El empate a uno contra el Bayern en el Allianz Arena, sumado al histórico 5-4 de la ida, convirtió al equipo de Luis Enrique en el primer campeón defensor que alcanza la final europea desde que el Real Madrid de Zidane lo consiguiera en 2018. Una hazaña que rompe la maldición del campeón y abre, para la entidad del emir, las puertas de una dinastía que ya no admite negaciones.

No hay desafío que este PSG no pueda reinterpretar a su antojo. Si en París desplegaron un carnaval ofensivo que rozó lo mitológico —cinco goles en sus primeros seis disparos a puerta—, en Baviera el plan viró hacia un realismo táctico que descolocó a propios y extraños. Luis Enrique pidió a su portero Safonov que sacara en largo y fuera de banda, abandonando voluntariamente la posesión para adelantar la presión. Era el reconocimiento de una debilidad —no podían sacar el balón jugado ante el asedio de Kompany— convertido en virtud. «No estamos acostumbrados a defender de esta manera, pero hoy demostraron que cuando tuvieron que hacerlo en bloque bajo, lo hicieron bien», confesó el técnico tras el pitido final.

Dembélé, el Balón de Oro, fue sustituido en el minuto 65 por no trabajar lo suficiente en defensa. Y el georgiano Kvaratskhelia, el futbolista total que asiste, marca y se deja los pulmones en cada repliegue, se erigió como la encarnación de un vestuario que ha comprado la idea hasta las últimas consecuencias.

Porque la gran victoria de este PSG no es solo numérica. Es conceptual. La vieja etiqueta del club-estado que acumulaba estrellas sin cohesión ha saltado por los aires. «Con este entrenador, tenemos que defender como defensas. Mejoré mucho gracias a él», reconocía Kvaratskhelia, mientras Marquinhos, el capitán que ha vivido todas las decepciones anteriores, sentenciaba que «incluso los delanteros corren y defienden mucho». El dato que mejor explica esta mutación es tan revelador como contraintuitivo: el Bayern tuvo más del 60 por ciento de posesión, pero el PSG remató ocho veces a puerta por solo seis de los bávaros. Las piernas, como revelaba un estudio posterior, también llegaron más frescas gracias a las rotaciones milimétricas de Luis Enrique en una Ligue 1 donde rotar no cuesta títulos.

Y así, en el salón de baile de Budapest, espera el Arsenal de Arteta el próximo 30 de mayo. Será una final entre dos proyectos que han sabido reconstruirse desde la paciencia y las ideas. Los gunners enfrente tendrán a un equipo que ya sabe lo que es levantar la Copa, que goleó al Inter 5-0 hace un año y que ha recorrido un camino de gigantes hasta la final: Chelsea, Liverpool, Bayern, o lo que es lo mismo, el campeón del mundo, el actual campeón inglés, y el bicampeón alemán.

Los de Luis Enrique han construido una delantera de época —Kvaratskhelia, Dembélé, Doué—, pero sobre todo han edificado una fe inquebrantable. Como le gusta recordar al técnico asturiano citando a Marco Aurelio: «La pérdida no es otra cosa que un cambio, y el cambio es el deleite de la naturaleza». En Budapest no habrá recuerdos a los que aferrarse; habrá un presente que morder. Y si algo ha demostrado este PSG es que, pase lo que pase, siempre nos quedará París.

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