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Epidemia de cristal

A nivel internacional crecen las preocupaciones sobre numerosos jugadores que se pueden perder la Copa Mundial de Fútbol por lesiones

Autor:

Ruben Darío García Caballero

A menos de 50 días para que ruede el primer balón del Mundial 2026, el fútbol mundial no late al compás de la fiesta, sino al del parte médico. La gran cita, la obsesión que ha guiado los pasos de cada futbolista durante los últimos cuatro años, se ha transformado en una cuenta atrás que se mira con los dedos cruzados y el alma en un puño. 

Las imágenes del último parte de guerra son descorazonadoras: Lamine Yamal pidiendo el cambio nada más anotar un penalti de oro ante el Celta porque sintió «algo extraño» en su pierna izquierda; Serge Gnabry anunciando a través de Instagram que su «sueño mundialista se ha acabado» tras un desgarro en el aductor; Éder Militão retirándose cabizbajo al descanso ante el Alavés entre el murmullo de una grada que ya conoce de memoria esa escena; Arda Güler esfumándose en Valdebebas sin hacer ruido, atrapado por la misma maldición muscular —la del bíceps femoral— que está cercenando los sueños de una generación. Es la banda sonora de un colapso, el crujido de una maquinaria humana que está diciendo basta.

La letanía de bajas conforma ya un once de pesadilla que ningún aficionado hubiera querido ver. Rodrygo Goes, rotura de ligamento cruzado, fuera. Hugo Ekitiké, rotura del tendón de Aquiles, fuera. Jack Grealish, fractura por estrés en el pie, fuera. Juan Foyth, rotura del tendón de Aquiles, fuera. Takumi Minamino, lesión grave de rodilla, fuera. Marc-André ter Stegen, Alisson Becker, Cristian Romero... todos en el alambre, todos mirando el calendario con la angustia de quien ve escaparse el tren de su vida. Periódicos especializados utilizan una palabra que resume el sentir general: «Colapso». Y no exagera.

A las bajas confirmadas se suman las que penden de un hilo, encabezadas por un Lamine Yamal cuyo bíceps femoral izquierdo mantiene en vilo a un país entero.

El comunicado del Barça —«está previsto que esté disponible para la disputa del Mundial»— es tan esperanzador como inquietante: ¿en qué condiciones llegará una joya de 18 años que se ha perdido el tramo decisivo de la temporada?.

La causa de esta hecatombe no es un misterio, sino un sistema que ha normalizado la sobreexplotación. La temporada 2025-26 ha sido un experimento salvaje de acumulación de partidos, con calendarios que exprimen a los futbolistas de los grandes clubes hasta dejarlos secos. El físico de los jugadores está, literalmente, «reventando» por la acumulación de minutos. Rodri Hernández, Balón de Oro en el 2024 y uno de los damnificados más lúcidos de esta espiral, lo verbalizó en DAZN con la crudeza de un diagnóstico definitivo: «O paramos o no llego a los 32». Y añadió una reflexión que debería helar la sangre a los gestores del fútbol: «El cuerpo tiene un límite y todos tenemos una fecha de caducidad»

Militão, el central brasileño del Real Madrid, encarna como nadie este calvario moderno. Con la dolencia ante el Alavés ya suma cuatro lesiones esta temporada, 25 partidos perdidos y 137 días de baja. Su historial médico —tobillo, aductor, rotura femoral con afectación del tendón proximal, y ahora nuevas molestias en la misma zona— es la radiografía de una profesión que tritura a sus protagonistas.

El goteo de bajas no es solo una tragedia individual; es una amenaza existencial para el espectáculo. La Copa del Mundo que debía ser la más grandiosa de la historia (48 selecciones, tres países anfitriones, un negocio multimillonario que prometía la apoteosis del fútbol global) se encamina hacia su noche inaugural con buena parte de su cartelera en la enfermería. Los informes médicos advierten de que el conteo de estrellas está cayendo, que esta ola de lesiones está reconfigurando el paisaje del torneo y que existe un patrón claro: el sistema está empujando a los atletas más allá de los límites sostenibles. 

Las lesiones musculares, en particular las de isquiotibiales y femorales, están proliferando a un ritmo que ya no puede atribuirse a la mala suerte. Es la estadística como síntoma, la evidencia de que algo está profundamente roto en el ecosistema. 

La pregunta que planeará sobre cada partido del Mundial es tan inevitable como perturbadora: ¿a quién le tocará caer después? Cada sprint, cada disputa, cada gesto técnico al límite llevará la sombra alargada de una convocatoria pendiente, la presión de quien sabe que un instante puede dinamitar un sueño de cuatro años. 

Que el gran evento se dispute en Norteamérica, con algunas sedes lejos del calor sofocante de otras sedes como Catar, es un consuelo menor ante una realidad que ya está aquí: la epidemia de cristal no respeta jerarquías, no distingue entre jóvenes promesas y veteranos consagrados.

El fútbol soñaba con un Mundial de héroes, y se está quedando con un censo de supervivientes. Cuando la llama de la fiesta se encienda en junio, el verdadero milagro no será quién la gane, sino quién haya logrado llegar entero. Porque hoy, demasiados futbolistas están descubriendo que aquello que más aman es también aquello que los está rompiendo por dentro.

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