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Game Over en Stamford Bridge

Tras la peor racha negativa en más de cien años, el Chelsea botó el sofá por la ventana y despidió a Liam Rosenior

Autor:

Ruben Darío García Caballero

El ‘Game Over’ aparece en las máquinas recreativas cuando se terminan las vidas y la pantalla se funde a negro. En Stamford Bridge, ese letrero luminoso lleva días parpadeando. Esta semana, el Chelsea FC hizo oficial lo que era un secreto a voces: Liam Rosenior dejaba de ser el entrenador del primer equipo apenas 106 días después de haber asumido el cargo. La imagen que mejor define el estado del club no es un gol fallado, sino la gráfica de un electroencefalograma plano: cinco derrotas consecutivas en Premier League sin marcar un solo gol, una sequía que no se veía por el barrio desde 1912, el mismo año en que el Titanic besaba el fondo del Atlántico.

El detonante final fue un 3-0 en casa del Brighton, séptima derrota en ocho partidos entre todas las competiciones, que dejó al equipo séptimo en la tabla con 48 puntos, a siete de los puestos de Champions League y con el hastío de la grada convertido en un rugido ensordecedor.

La caída no admite lecturas tibias. Rosenior, un técnico de 41 años sin experiencia previa en la élite y promocionado desde el club hermano del Estrasburgo, arrancó su breve reinado con un espejismo: seis victorias en sus primeros siete partidos que invitaban a creer en un nuevo amanecer. Pero el castillo de naipes se derrumbó con estrépito.

La eliminación en octavos de Champions frente al PSG por un global de 8-2 fue el primer síntoma; después llegó la hecatombe liguera con derrotas ante Manchester United (0-1), Manchester City (0-3), Everton (3-0), Newcastle (0-1) y el citado Brighton. La puntilla la puso el propio Rosenior tras la humillación en el Amex Stadium, cuando calificó la actuación de sus jugadores de «indefendible» y sentenció que «algo necesita cambiar drásticamente». La directiva interpretó sus palabras como un testamento y ejecutó al mensajero.

Para entender este bucle de pesadilla hay que rebobinar hasta mayo de 2022, cuando el consorcio formado por Todd Boehly y Clearlake Capital desembarcó en Londres con 4.250 millones de libras y la promesa de modernizar un gigante. Cuatro años después, el balance es una máquina trituradora de entrenadores: Thomas Tuchel, Graham Potter, Frank Lampard (otra vez), Mauricio Pochettino, Enzo Maresca y ahora Liam Rosenior han desfilado por un banquillo que abrasa a cualquiera que se siente en él. Ni siquiera los títulos han servido como escudo protector: Maresca conquistó la Conference League y el Mundial de Clubes en 2025, pero una racha de un triunfo en siete jornadas ligueras y sus crecientes desavenencias con la cúpula directiva bastaron para fulminarlo el primer día de 2026.

El Chelsea se ha gastado 1.760 millones de euros en fichajes desde la adquisición, y esta misma temporada declaró las mayores pérdidas antes de impuestos en la historia de la Premier League: 262 millones de libras en el ejercicio 2024-25. Los números cantan como una alarma de fábrica abandonada.

Los paralelismos históricos son tan crueles como inevitables. Que el Chelsea iguale una marca negativa que databa de 1912 —el año del hundimiento del Titanic— es la metáfora perfecta de un transatlántico que chocó contra su propio iceberg. Como aquel buque que se creía insumergible y cayó en menos de tres horas, el proyecto BlueCo se presentó con una ingeniería financiera deslumbrante pero carecía de los remaches más básicos: un proyecto deportivo coherente, una cadena de mando estable y la paciencia necesaria para que cuaje un vestuario de 35 jugadores construido a golpe de talonario.

Los aficionados, que hace apenas un año celebraban un Mundial de Clubes, han empezado a protestar abiertamente contra la propiedad estadounidense. Mientras, el interino Calum McFarlane toma el timón con la misión imposible de enderezar el rumbo antes de la semifinal de la FA Cup contra el Leeds. El Chelsea se ha convertido en ese videojuego maldito donde, por más fichas que introduzcas, la pantalla siempre termina mostrando el mismo mensaje: Game Over.

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