Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Catarsis de nostalgia y ligera neurosis

Neurótica anónima nunca se hizo para cambiar la historia del cine cubano, y todos celebramos el hecho de que exista

Autor:

Joel del Río

Confieso que cuando uno cuenta con 30 años en este oficio, es difícil que una crítica le resulte tan difícil de formular como me ocurrió con esta, una vez que llegó la hora de glosar Neurótica anónima, dirigida por uno de nuestros actores, creadores y promotores más importantes: Jorge Perugorría, coescrita por él junto a quien es la protagonista, Mirta Ibarra, la reina de la naturalidad en el cine cubano, absolutamente capaz de expresar los más diversos registros del drama o de la comedia. 

Del probado talento de uno y otra dan cuenta Hasta cierto punto, Adorables mentiras, Fresa y chocolate, Fátima o el Parque de la Fraternidad y El cuerno de la abundancia, por solo mencionar las que me parece marcaron puntos de inflexión importantes en el cine de la Isla.

El mayor problema que pude localizar proviene del guion, y de ahí se derivan los demás. Desde que la película comienza, con la protagonista subiendo las escaleras que acceden a un supuesto Centro de Investigación y Control de la Neurosis, y luego se extiende en un diván a contarle al doctor (Osvaldo Doimeadiós) que le aúlla a la luna y dice todo lo que piensa, la película evidencia su doble registro de melodrama femenino realista y fantasía surrealista y disparatada.

A esta ambigüedad inicial se suman posteriormente otras muchas, porque es difícil —o imposible—, identificarse con esta mujer «parida por un tiempo lleno de dolores, de sacrificios, utopías y otras nimiedades», porque el diseño del personaje está seriamente dañado por el imperativo del guion de colocar una frase cómica, una situación hilarante, o un chiste cada diez o quince minutos.

De modo que el empeño de hacer comedia a toda costa sabotea sistemáticamente el drama de Iluminada, y sus tragedias numerosas allanan la fuerza de los gags, que resultan casi siempre parches mal cosidos, hasta el punto de que resulta complicado e inexacto, clasificar la película como una comedia ni mucho menos como un melodrama. 

Pudiera ser que las intenciones del guion y la dirección tuvieran que ver precisamente con la voluntad de hacer un melodrama que no se tome tan en serio a sí mismo, pero ¿cómo asimilar entonces momentos como aquel (vuelvo a citar la primera escena) en que el doctor le pregunta a Iluminada por el suicidio, y súbitamente aparece ella, con música triste al fondo, sentada ante un charco de sangre que intenta limpiar en vano?. De ahí vamos a una secuencia completamente realista, a diferencia de la anterior: ella regresa a su casa, son las 11 de la noche, y  escucha por radio la noticia de que Cuba se prepara para enfrentar una pandemia de salud mental. Y así, la trama bascula sin respiros entre la sonrisa posible y la lágrima anhelada.

Al día siguiente, ella sale a la calle, y entonces ocurren dos de las citas mejor colocadas del filme. Cuando ella atraviesa una calle populosa de Centro Habana, confundida entre la multitud, tal y como lo hacía Daisy Granados en la inolvidable Retrato de Teresa, y llega ante el desvencijado cartel del cine Cuba, tal y como lo mostraba Suite Habana. Hasta ese momento, (y no aspiro a contar mucho más del argumento) el perfil y el tono de las películas citadas  refuerza la reflexión y el tono grave, abatido, pero entonces ella llega al cine donde trabaja, y entonces renace lo surreal y fantástico: en las paredes destacan carteles de la más recientes obras de un cine que se niega a desapacerecer (Landrián, Agosto, Nido de mantis) y poco después vemos al proyeccionista elegir entre Ciudadano Kane, La última cena, Nido de ratas para finalmente proyectar, en una sala semivacía, Amarcord. Pero, ¿dónde está, estuvo o estará un cine antiguo, de barrio, con semejantes propuestas?. ¿O este es otro de los eventos irreales con los que juega el guion mientras en pantalla vemos sucesos completamente realistas?.

El filme, dirigido por Jorge Perugorría, llegará a las salas de cine de todo el país.

Amarcord provoca una retrospectiva para informarle al espectador quién es Iluminada y de dónde viene. Evidentemente la inclusión de la referencia a Fellini venía marcada con intenciones muy claras. Luego, o más bien desde que entramos en el cine, comienza un desfile de grandes intérpretes en pequeños papeles, unos en el bando de quienes apuestan por cerrar la sala, o demolerla, y otros que abogan por mantenerla abierta a toda costa, como un acto heroico, pues el país atraviesa una situación dificilísima, como asegura uno de los funcionarios que apoya la demolición.

Y esa idea es la que más me funciona en Neurótica anónima. La primera vez que la vi me pareció extemporáneo, fuera de lugar, dedicarle una película al problema, muy noventero y de Período Especial, de la desaparición de las salas de cine, «con tanto motivo para no reírse como hay».

Pero los hacedores de este filme quisieron hablar de algo que les duele y concierne, aunque los temas del apagón y la falta de agua o gas golpeen más duro. Y cuando se habla de una pasión que compartimos los cubanos todos, o casi todos, es muy difícil, y hasta puede sonar a ingratitud, ponerse a escribir sobre la existencia de problemas más urgentes, o de deficiencias dramatúrgicas, aunque sean evidentes en una historia medio incoherente, que se mueve como a saltos, o empujones, guiados por la voluntad de decir ciertas cosas y que queden dichas, y filmadas. En lugar de ponerme a criticar, pensé, me quedo calladito, y acato la obra como «un gran homenaje al cine», etiqueta que insisten en repetir los promotores buenos y malos.

Sin embargo, el oficio de los cineastas es hacer películas, y el de los críticos y periodistas consiste en escribir con honestidad sobre ellas, de modo que se impone apuntar las discordancias tonales y de tratamiento, y cuestionar algunos malos chistes, vanamente groseros, y el muy pobre diseño de personajes, hasta el punto que les impide por completo a varios intérpretes la más mínima organicidad, excepción hecha de Roberto Perdomo, el esposo tránsfuga que el actor borda. Los demás son puro episodio que casi nunca resulta todo lo simpático que debiera.

¿Cómo es posible dejar pasar lo forzado e inconexo de la mayor parte de las citas y homenajes (sobre todo los consagrados a La pasión de Juana de Arco y La Dulce vida, porque rozan peligrosamente el ridículo, queriendo ser sublimes y parecer rebosantes de inteligencia e ingenio? Y no proceden por la sencilla razón de que apenas aportan algo al argumento ni a las situaciones que atraviesan los personajes ni al sentido global del filme.

Que Iluminada ame el cine no la convierte necesariamente en alguien que quiera ser la protagonista de todos los clásicos que ve. De todas maneras hay que apuntar el enorme beneficio que aporta el trabajo de tres maestros: la fotografía de Ernesto Granados, la dirección de arte de Carlos Urdanivia y la música, muy hermosa, de José María Vitier.

Porque pensando en todo ello, en que uno apenas consiguió reír ni tampoco se conmovió en ningún momento, ni las citas le parecieron tan inteligentes como quizás sonaban en el guion, llegamos al final, casi al final, y a la decisión sobre el destino de la sala. Entonces, irrumpe un largo epílogo, mayormente documental, que pasa revista atinadísima a lo que ha sido el cine entre nosotros, y las colas interminables en el Festival, y tantos rostros o presencias de quienes confirieron intención, profundidad y belleza al cine cubano, hasta la cita final a Tiempos modernos, y a su tema musical Smile, y uno se sorprende sonriendo entre lágrimas (sí, yo también a pesar de todo lo escrito anteriormente).

Porque Neurótica anónima nunca se hizo para cambiar la historia del cine cubano, y todos (yo incluido en primera fila) celebramos el hecho de que exista, así simple e imperfectamente, aunque nunca llegue al nivel de Por primera vez, Hasta cierto punto, o El elefante y la bicicleta en cuanto a su experiencia de mostrar al cine dentro del cine. Porque la película, al menos en su trecho epilogal —desde la cara perpleja de Mirta, esta vez desconcertada, alerta, y sin neurosis ante el cine clausurado— te enreda con su nostalgia agradecida, y coloca tu mirada en un momento de nuestro pasado cuya evocación siempre tendrá la mayor utilidad. Si es que queremos entender cómo será el futuro.

Un elenco de lujo hizo de Neurótica anónima una película que no pasa desapercibida.

 

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